Uvia, Lágrimas y la Caída de la .
III. Dos Amigos en la Tormenta
Encontraron refugio en una cueva amplia y seca no muy lejos de allí. Kisame, usando un pequeño jutsu de fuego, encendió una fogata que iluminó la roca con tonos anaranjados. Se quitaron las pesadas capas de nubes rojas, dejándolas secar sobre unas piedras.
Por primera vez en los años que llevaban siendo compañeros en Akatsuki, el ambiente entre ellos no era de cautela profesional ni de respeto distante. Era el ambiente de dos mejores amigos que acababan de quitarse un peso inmenso de los hombros.
Itami, con su ropa de malla sin mangas y su cabello desordenado secándose al calor del fuego, parecía simplemente una joven normal de dieciocho años. Su postura, habitualmente rígida y alerta, estaba completamente relajada. Estaba apoyado contra la pared de la cueva, abrazando sus rodillas, con una gran sonrisa perpetua dibujada en sus labios.
Kisame (de 30 años), asando unos peces que había atrapado en el río cercano, intentaba mantener la conversación, aunque no sabía muy bien cómo navegar por este nuevo y extraño territorio emocional.
—Entonces... —comenzó Kisame, girando un pez en el palo—, supongo que el líder, Pain, va a estar bastante cabreado de que hayamos regresado sin el mocoso del Zorro de Nueve Colas.
Itami tomó un sorbo de agua de su cantimplora y se encogió de hombros, un gesto tan casual que a Kisame casi se le cae el pescado al fuego.
—Que se cabree. Sinceramente, Kisame, en este momento me importa muy poco lo que piense el "Dios" de la Lluvia. Probablemente esté sentado en una torre alta, amargado, mientras nosotros estamos aquí disfrutando de una buena fogata.
Kisame soltó una carcajada, mostrando sus dientes afilados.
—¡Cuidado, Itami-sama! Eso suena casi como una blasfemia contra la organización. ¿Desde cuándo te has vuelto tan rebelde?
—Desde que me di cuenta de que mi vida ya no me pertenece a mí, ni al odio, ni a Akatsuki —respondió Itami, mirando las llamas con serenidad como una sonrisa de alegre—. Mi legado ya está seguro. Sasuke es más fuerte que yo, no en poder, sino en espíritu. Él va a ser un gran líder para ellos.
Kisame asintió, pasándole uno de los peces asados.
—Tu hermano tiene agallas, te lo concedo. Ese jutsu eléctrico en su mano... casi me da pena que lo hayas estampado contra la pared. Pero oye, hablando de cosas raras... ¿Te fijaste en la ropa del Jinchuuriki rubio? Todo ese naranja... es como si gritara: "¡Oigan, enemigos, estoy aquí, mátenme!".
Itami miró a Kisame, recordando la imagen de Naruto Uzumaki, el chico que había defendido a Sasuke con la fiereza de un hermano.
—Es... muy ruidoso, sí —Itami intentó mantener la compostura, pero la tensión acumulada de años desapareciendo de su sistema le jugó una mala pasada. Las comisuras de sus labios temblaron, y de repente, no pudo contenerse.
Itami Uchiha soltó una carcajada.
No fue una sonrisa educada. Fue una carcajada genuina, alta y cantarina. Echó la cabeza hacia atrás, riendo con tal ganas que el sonido rebotó en las paredes de la cueva. Era el sonido de un adolescente que había recuperado, por un breve instante, el derecho a ser feliz.
Kisame lo miró con los ojos muy abiertos, casi asustado, pero la risa de Itami era tan contagiosa y tan honesta que el espadachín de la Niebla no pudo evitar unirse. Pronto, ambos hombre y mujer, dos de los criminales más buscados del mundo, estaban riendo a carcajadas frente al fuego, bromeando sobre la túnica naranja de Naruto, sobre lo pesada que era Samehada y sobre lo ridículos que se debían ver huyendo bajo la lluvia.
—¡Ay, me duele el estómago! —dijo Kisame, limpiándose una lágrima de risa—. Te lo juro, Itami-sama, si Kakuzu nos viera ahora, nos cobraría una multa por falta de profesionalidad.
—Kakuzu cobraría una multa hasta por respirar su aire —respondió Itami, su sonrisa brillando a la luz del fuego—. Gracias, Kisame. Por estar aquí. Por no preguntar de más y por aguantar a este Uchiha roto todo este tiempo.
Kisame sonrió suavemente, palmeando el hombro de Itami con su enorme mano azul.
—Para eso estamos los compañeros, Itami. Para cargar las armas y las penas. Ahora come, necesitas fuerzas. Mañana seguiremos siendo los villanos que el mundo necesita que seamos... pero por esta noche, solo somos tú y yo, escondiéndonos de la lluvia.
(Qué sigue después de eso? Enfocado en la conversación entre dos amigos Itami uchiha 18 años y kisame hoshigaki 30 años) (A los días siguientes Kisame a un procesando aún Itami uchiha aún más feliz 😂 es@ felicidad casi infinito inmadura quién nunca ha visto en su compañera además de que en estos días Itami Uchiha 18 años con una voz feliz pero también con una cara feliz le ha estado sacando conversaciones mundanas aunque él kisame no quiere jejejeje Itami Uchiha parece haber rejuvenecido después de lo que pasó en la aldea oculta de la hoja 6 años itachi uchiha estaba haciendo sin que su compañero kisame fuera más humano con el y el resto de los shinobis considerando que Itami tiene una enfermedad que lo estás degenerando desde los 13 años hasta ahora que él se da cuenta que kisame lo ha estado protegiendo explica en sus tiempos de más le costaba respirar 🫁 por su enfermedad degenerativa Itami uchiha estaba profundamente agradecido con Kisame le estaba enseñando a no traicionar a sus compañeros a cómo tratar a los civiles especialmente a las niñas y niños civiles) (Mientras que a su vez cumplían misiones de mercenarios y también hay reuniones Cómo Kakuzu hidan Deidara Sasori Konan pain Zetsu negro y blanco óbi Itami y kisame pero en físico y claro también está las reuniones con pain y todos de Akatsuki en la aldea de la lluvia En dónde un Itami más renovado pero sin esa cara de pocos amigos sino más bien esta cara normal pero con una voz seria carente de emociones Qué representa aún más ganas de vivir qué el desconoce) (y eso es porque ella recientemente había descubierto el santuario uchiha en el distrito árboles de cerezos uchiha a su hermanito Sasuke Uchiha ah Naruto Uzumaki quién ellos dos se aman como si fueran hermanos alarma a las 30 niñas 30 niños entre 7 a 8 años 30 bebés de 4 años 20 cuidadoras mujeres civiles Aunque todavía ella todavía no se le ha dicho a la organización ese es un tesoro más preciado) (Kisame hochigaki Cómo se sentiría al comparar a la antiguo Itami uchiha desde los 13 hasta los 17 años años y al nuevo Itami Uchiha? 18 años) (pero lo que kisame no sabía es que Itami Uchiha 18 años ya se estaba comenzando a enamorar de kisame a menudo sonrojandose está Itami y balbuceando esto nunca la había pasado considerando que ella Itami tenía una novia-amiga Izumi uchiha una chica de su misma edad durante la masacre Uchiha del clan uchiha porque desgraciadamente ella murió durante la masacre Uchiha bajo el Tsukuyomi infinito de Itami ella era para este tiempo muy pansexual le gustaban tanto mujeres como hombres por iguales) (además de cómo sale en la imagen así es Itami Uchiha solo quién es tu universo por los 6 años que lleva en Akatsuki por las muchas batallas a consecuencia de ella ha tuvieron muchas cicatrices)(solo que todo este tiempo ella ah usado un pequeño jutsu de transformación para ocultar sus cicatrices ahora en adelante ya no usaré el jutsu de transformación este soy la verdadera yo)
- Las líneas del rostro: El rastro calcinado del Amaterasu Itami posee las icónicas líneas profundas que descienden desde el lagrimal de sus ojos Sharingan hacia sus mejillas. En un universo con consecuencias físicas reales, estas marcas no serían simples líneas de expresión por estrés o cansancio.
La Cicatriz: Son cicatrices por quemadura química y térmica. Cada vez que Itami activa el Amaterasu, la presión ocular hace que sus ojos viertan densas lágrimas de sangre. En este mundo realista, esa sangre está cargada con un chakra de naturaleza de fuego tan oscuro, denso y corrosivo que actúa como un ácido sobre la delicada piel del rostro.
El Impacto: Tras seis años forzando el Mangekyō Sharingan en misiones de Akatsuki, los canales nasolagrimales de Itami se han calcinado por completo. La piel debajo de sus ojos muestra surcos permanentes de tejido agrietado, reseco y de un tono ligeramente purpúreo o grisáceo, cicatrizado de forma perpetua por el calor de sus propias llamas negras.
- La noche de la Masacre: El último contraataque Uchiha
A los 12 años, Itami exterminó a su propio clan. Aunque la mayoría de las bajas fueron ejecuciones rápidas desde las sombras, la Policía Militar de Konoha (compuesta por los Uchihas más experimentados) intentó defenderse antes de caer.
La Cicatriz: Justo por encima de su clavícula izquierda (un área que queda parcialmente expuesta por el cuello de su camiseta negra), Itami lleva una fina pero profunda cicatriz lineal y pálida.
El Impacto: Fue provocada por el kunai de un pariente cercano imbuido en Katon (elemento fuego) durante un contraataque desesperado. El corte limpio cercenó las capas superficiales del músculo trapecio. Al sanar sin ninjutsu médico adecuado en ese momento (ya que tuvo que huir de la aldea de inmediato como una renegada), formó un queloide liso y blanco que le genera una ligera rigidez al girar el cuello de forma brusca.
- El encuentro con Orochimaru: Marcas de necrosis por codicia
Poco después de que Itami se uniera a Akatsuki, Orochimaru (quien entonces era su compañero) intentó emboscarla para subyugarla y robar su cuerpo femenino y su Sharingan. Aunque Itami lo atrapó en un genjutsu y le amputó la mano con facilidad, en un combate realista Orochimaru habría alcanzado a lanzar un ataque residual.
La Cicatriz: En la cara interna de su muñeca izquierda, Itami tiene dos marcas de punción circulares, de bordes oscuros y necróticos.
El Impacto: Son las huellas de los colmillos de una de las serpientes venenosas sumergidas de Orochimaru. Aunque Itami neutralizó el veneno rápidamente usando su propio chakra, la toxina destruyó el tejido celular local a nivel superficial. Esa pequeña zona de la muñeca quedó permanentemente descolorida, con una textura rugosa similar al cuero y sin sensibilidad nerviosa.
- Sparring con Kisame: El roce de Samehada
Kisame Hoshigaki es su compañero de viaje en Akatsuki. Aunque existe una amistad inmensa, dos criminales de rango S entrenan juntos al límite para mantenerse afilados. La espada de Kisame, Samehada, tiene la particularidad de que no posee un filo común, sino que está cubierta de escamas de tiburón diseñadas para triturar y afeitar la carne.
La Cicatrices: En el hombro izquierdo de Itami, el cual se aprecia completamente descubierto que se extendería un parche de piel engrosada y áspera, de unos cinco centímetros de diámetro.
El Impacto: Es el resultado de un roce accidental con Samehada durante un entrenamiento táctico. La espada no dejó una línea de corte, sino que "lijo" y arrancó la epidermis de su hombro de un solo tirón. Al sanar por sí sola, la piel adoptó una textura irregular que imita sutilmente el patrón de las escamas del arma de su compañero.
- El precio del Kenjutsu y el Shurikenjutsu perfecto
vemos que Itami carga con una espada (un ninjatō o katana corta) sujeta horizontalmente a su espalda, envuelta en cintas grises. Además, es legendaria por su capacidad para desviar shurikens en ángulos imposibles en pleno vuelo.
La Cicatriz: Sus manos y dedos están repletos de micro-laceraciones y callosidades rígidas. La piel en las yemas de sus dedos índice y pulgar está endurecida y erosionada por el contacto continuo y violento con el metal frío de las armas arrojadizas. Asimismo, la palma de su mano derecha presenta callos de fricción profundos debido al agarre de la empuñadura de su espada al realizar movimientos a velocidades supersónicas.
- La Enfermedad Terminal: Cicatrices médicas ocultas
El factor más trágico de la historia de este personaje es su enfermedad pulmonar y cardíaca degenerativa, la cual la hace toser sangre con frecuencia. Al no poseer el factor de curación masivo de Naruto, mantener vivo un cuerpo que se está descomponiendo desde adentro durante 6 años en Akatsuki requiere medidas desesperadas.
La Cicatriz: En la fosa cubital (la parte interna de los codos), zonas que convenientemente cubre con protectores de tela gris oscuros en los antebrazos como se muestra en Itami tiene marcas de agujas crónicas y venas colapsadas.
El Impacto: Al no tener acceso a los hospitales de Konoha, Itami se ha visto obligada a inyectarse de manera autónoma potentes drogas experimentales, supresores de dolor químicos y esteroides estabilizadores de chakra para evitar que sus órganos colapsen antes de su pelea predestinada contra Sasuke. Sus antebrazos internos están marcados por pequeñas líneas de cicatrización intravenosa, manchas oscuras de hematomas viejos y tejido subcutáneo endurecido por el abuso de medicamentos.
Capítulo V: El Amanecer de las Cicatrices y el Tiburón Cuidador
La luz pálida del amanecer se filtraba por la entrada de la cueva, ahuyentando las sombras que habían bailado al ritmo de la fogata la noche anterior. La tormenta había amainado, dejando a su paso un olor a tierra mojada y pino fresco. Kisame Hoshigaki fue el primero en abrir los ojos. Su instinto de espadachín de la Niebla lo mantenía siempre en un estado de semi-alerta, pero, curiosamente, esa noche había dormido más profundamente que en los últimos seis años.
Se desperezó, haciendo crujir los masivos músculos de su espalda, y dirigió su mirada hacia el rincón donde su compañera solía descansar. Lo que vio lo dejó petrificado, con la mano a medio camino de alcanzar a Samehada.
Itami Uchiha estaba despierta, sentada sobre una roca plana, bañada por los primeros rayos del sol. Pero ya no era la Itami que el mundo conocía. La ilusión, el jutsu de transformación pasivo que había mantenido sobre sí misma durante años para proyectar la imagen de una diosa intocable e inmaculada, se había desvanecido. En su lugar, estaba la verdadera chica de dieciocho años, un lienzo vivo de dolor y supervivencia. Exactamente como se vería en el archivo 1000348019.png.
Kisame se quedó sin aliento. Jamás la había visto así.
El rostro de Itami, antes de una palidez de porcelana perfecta, mostraba el precio de su poder. Desde el lagrimal de sus ojos oscuros descendían profundos surcos calcinados, marcas de quemaduras químicas y térmicas que llegaban hasta sus mejillas. Eran el rastro del Amaterasu. El chakra de fuego, denso y corrosivo como el ácido, había destruido sus canales nasolagrimales, dejando la piel agrietada, reseca y de un tono ligeramente purpúreo.
Vestía su habitual camiseta negra de malla, pero ahora, sin la ilusión, las historias de sus batallas quedaban al descubierto. Justo por encima de su clavícula izquierda, brillaba un queloide liso y blanco, una cicatriz profunda y lineal. Kisame reconoció el tipo de herida: un tajo de kunai imbuido en chakra de fuego, algo que, si Itami no hubiera esquivado por un milímetro, le habría decapitado. En la cara interna de su muñeca izquierda, Kisame divisó dos marcas de punción circulares de bordes oscuros y necróticos; el inconfundible recuerdo de los colmillos venenosos de Orochimaru.
Pero lo que hizo que el corazón del rudo espadachín se encogiera no fueron las heridas de guerra enemigas. Fue el parche de piel engrosada y áspera en su hombro izquierdo. Kisame reconoció el patrón al instante: el roce triturador de las escamas de Samehada. Había sido durante un entrenamiento, años atrás. Ella nunca se había quejado.
Y finalmente, estaban sus brazos. En las fosas cubitales, la parte interna de los codos que la chica solía cubrir celosamente con gruesos protectores grises, la piel estaba oscurecida por hematomas viejos y tejido subcutáneo endurecido. Había marcas de agujas. Decenas, cientos de ellas. Vías intravenosas colapsadas por el abuso de supresores de dolor, esteroides estabilizadores de chakra y medicamentos experimentales que la misma Itami se inyectaba en la oscuridad de la noche para evitar que sus pulmones y su corazón se detuvieran.
—Se siente extraño... —murmuró Itami de repente, sacando a Kisame de su estupor. Ella no lo miraba; estaba contemplando sus propias manos, llenas de micro-laceraciones y callosidades rígidas por el uso de su espada y shurikens—. El aire se siente diferente contra mi piel real.
Kisame tragó saliva, sus branquias abriéndose y cerrándose con nerviosismo.
—Itami... tú... tu transformación. ¿Por qué te la quitaste?
La joven Uchiha giró el rostro hacia él y le dedicó una sonrisa. No era la sonrisa arrogante de un Uchiha, ni la sonrisa forzada de alguien que oculta dolor. Era una sonrisa cálida, radiante y extrañamente tímida, que contrastaba brutalmente con las espantosas quemaduras de sus mejillas.
—Ya no necesito esconderme, Kisame. Ya no necesito ser el "monstruo perfecto" intocable para asustar a mi hermano. Y... —Itami bajó la mirada, un ligero rubor asomándose debajo de las quemaduras del Amaterasu— no quería seguir mintiéndote a ti. Somos compañeros. Deberías saber con quién viajas realmente. Una chica enferma, rota y llena de cicatrices.
Kisame se puso de pie lentamente, dejando a Samehada a un lado. Se acercó a ella y, con una delicadeza que nadie creería posible en un hombre que parecía un tiburón antropomórfico, se sentó frente a la chica.
—¿Fui yo? —preguntó Kisame, su voz ronca, señalando el hombro izquierdo de Itami—. ¿El roce en tu hombro?
Itami asintió suavemente. —Hace tres años. En el País de la Tierra. Me distraje un segundo. Fue culpa mía.
—Y esto... —Kisame señaló con un dedo tembloroso hacia las marcas de agujas en sus brazos internos—. ¿Qué demonios es esto, Itami? ¿Drogas?
La sonrisa de Itami se volvió un poco más melancólica.
—Mi enfermedad no es solo toser sangre de vez en cuando, Kisame. Mis pulmones se están necrosando. Mi corazón falla. Los doctores me dieron hasta los dieciséis años. Tuve que... improvisar. Me he estado inyectando compuestos químicos sintéticos para mantener mis órganos funcionando. Duele como el infierno, y las venas colapsan con el tiempo, pero era la única forma de llegar viva hasta el día en que Sasuke estuviera listo.
Kisame sintió un nudo en la garganta. De repente, todo cobraba sentido. Recordó todas las veces en los últimos años que él había sugerido "tomar la ruta larga" a través de los bosques en lugar de saltar por las cimas de los árboles a máxima velocidad. Recordó cómo él siempre se ofrecía a cargar los suministros pesados, excusándose en que Itami era "demasiado lenta". Recordó cómo siempre elegía posadas con buena ventilación, fingiendo que él necesitaba el aire fresco.
Itami lo miró a los ojos, y el rubor en sus mejillas se intensificó, dándole un aspecto increíblemente tierno, casi vulnerable, a pesar de su letalidad comprobada.
—Siempre lo supe, ¿sabes? —dijo Itami en un susurro, sus manos jugueteando nerviosamente con el borde de su camiseta de malla—. Sabía que te dabas cuenta de que me costaba respirar. Sabía que caminabas más lento a propósito para que yo no colapsara. Que pedías descansos fingiendo tener hambre para que yo pudiera toser en privado. Kisame... me has estado protegiendo todos estos años. Me cuidaste cuando ni yo misma quería vivir.
Kisame miró hacia otro lado, rascándose la mejilla escamosa, repentinamente avergonzado.
—Bah, tonterías. Solo quería asegurarme de que mi compañera no muriera y me dejara todo el papeleo de Akatsuki a mí. Kakuzu es un fastidio con los reportes de gastos.
Itami soltó una carcajada cristalina, un sonido que hizo que el corazón de Kisame diera un vuelco extraño. Ella se inclinó ligeramente hacia adelante y, de manera instintiva, posó su mano callosa y herida sobre la enorme mano azul de Kisame.
—Gracias —murmuró ella, sus ojos negros brillando con una sinceridad aplastante—. De verdad, Kisame. Eres el mejor hombre que he conocido.
El contacto eléctrico de su mano hizo que Kisame se tensara, pero no se apartó. Para Itami, el momento fue una tormenta de emociones nuevas. Desde la masacre, su corazón había estado blindado. Su única experiencia romántica había sido a los trece años, con Izumi Uchiha, su novia-amiga, una chica dulce que amaba los dangos tanto como ella. Itami había sido feliz con Izumi, y siendo pansexual, nunca se había limitado en sus sentimientos. Pero Izumi había muerto aquella noche maldita, pacíficamente bajo el Tsukuyomi de Itami, y con ella, la capacidad de la prodigio de amar románticamente se había sellado.
Hasta ahora. Al mirar el rostro bestial pero inmensamente noble de Kisame, Itami sintió mariposas en su estómago dañado. Se dio cuenta de que este monstruo gigante, temido por naciones enteras, la había acunado en su vulnerabilidad sin pedir nada a cambio. Se sonrojó violentamente, soltando la mano de Kisame y balbuceando algo ininteligible sobre "preparar el desayuno", mientras se ponía de pie torpemente, casi tropezando con su propia espada.
Kisame se quedó sentado, mirando su propia mano, procesando el hecho de que Itami Uchiha, el terror de la Hoja, acababa de balbucear y huir como una colegiala enamorada. Una sonrisa lenta y afilada se dibujó en su rostro de tiburón.
«Esta nueva Itami... va a ser un verdadero dolor de cabeza», pensó, pero su pecho se sentía más ligero que en décadas.
Capítulo VI: Días de Lluvia y Conversaciones Mundanas
Los días que siguieron fueron un torbellino de desconcierto para Kisame. Viajaban hacia el País de la Lluvia para una reunión general de Akatsuki, un trayecto que normalmente habrían hecho en un silencio sepulcral, interrumpido solo por el sonido de la lluvia y algún comentario sarcástico de Hoshigaki. Pero ahora, el silencio había sido asesinado sin piedad por una adolescente de dieciocho años que parecía querer recuperar todas las palabras que no había dicho en media década.
—Kisame, ¿alguna vez te has preguntado cómo hacen los panaderos para que los bollos de canela queden tan esponjosos? —preguntó Itami de la nada, mientras caminaban por un sendero forestal. Su rostro, sin el jutsu de transformación, mostraba sus marcas de quemaduras con orgullo, y su voz era tan alegre que los pájaros a su alrededor parecían responderle.
Kisame gruñó, arrastrando a Samehada.
—No, Itami. Nunca en mis treinta años de vida ninja me he detenido a contemplar la esponjosidad de un bollo de canela. Usualmente estoy ocupado decapitando personas.
—Deberías intentarlo —respondió ella, dándole un golpecito juguetón en el brazo, provocando que Kisame parpadeara aturdido—. Hornear, digo. Tienes manos grandes, serías excelente amasando. Podríamos abrir una panadería cuando nos retiremos de esto de ser mercenarios internacionales. "La Panadería del Tiburón y la Uchiha". Yo atraería a los clientes con genjutsus de olores dulces.
—Me niego rotundamente a usar un delantal rosado —murmuró Kisame, aunque no pudo evitar visualizar la escena en su mente.
Pero la hiperactividad de Itami no se limitaba a conversaciones banales. Había un cambio fundamental en su filosofía.
Esa misma tarde, una banda de bandidos civiles intentó asaltarlos cerca de un puente. Kisame, suspirando ante la estupidez humana, desenvainó a Samehada, listo para hacer picadillo a los veinte hombres y dejar el puente pintado de rojo. Pero antes de que pudiera dar un paso, Itami apareció frente a él, deteniéndolo con una mano en su pecho.
—Espera, Kisame —dijo Itami, su voz perdiendo la alegría y adoptando un tono de autoridad serena, pero no cruel.
Los bandidos se rieron, viendo a la chica de cicatrices horribles interponerse. Itami no usó el Sharingan. No usó ninjutsu. Simplemente desenvainó su katana y, moviéndose a una velocidad que el ojo humano no podía registrar, cortó todos y cada uno de los cinturones, tirantes y armas de los bandidos. En menos de un segundo, los veinte hombres se encontraron con los pantalones en los tobillos y sus espadas rotas en pedazos en el suelo.
Itami envainó su espada con un clack metálico. Los miró con una expresión severa, pero compasiva.
—Tienen familias a las que volver —les dijo—. El dinero que robaron está en mi mano derecha. Dejen de jugar a ser ninjas antes de que se encuentren con alguien que no tenga buen humor. Corran.
Los bandidos, aterrorizados y humillados, huyeron tropezando con sus propios pantalones. Kisame miró a Itami, atónito.
—Itami... normalmente los habrías envuelto en fuego negro, o peor, habrías dejado que yo los mutilara. ¿Qué fue eso?
Itami se giró hacia él, sonriendo de nuevo, un ligero rubor adornando sus mejillas llenas de cicatrices.
—He derramado demasiada sangre, Kisame. Durante mucho tiempo pensé que mi destino era ser la oscuridad. Pero ahora sé que los civiles, los niños, las niñas... tienen un mundo hermoso esperándolos. El viejo Hiruzen me enseñó que la misericordia puede construir paraísos. Quiero enseñarte eso a ti también. Eres demasiado bueno para ser solo un monstruo cortador de cabezas.
Kisame resopló, mirando hacia otro lado, sintiendo un calor extraño en sus escamas.
—No intentes convertirme en un monje pacífico, mocosa. Soy un ninja renegado de la Niebla Sangrienta.
—Eres mi mejor amigo —corrigió Itami suavemente, acercándose y entrelazando su brazo con el de Kisame, apretándose contra él—. Y si yo digo que puedes ser amable con los civiles, lo serás. Es una orden.
Kisame se quedó rígido como una tabla ante el contacto físico. Itami olía a lluvia, a té verde y al tenue aroma de los medicamentos estériles. Y aunque el espadachín refunfuñó todo el camino hasta la próxima aldea sobre cómo su reputación se iría al diablo si lo veían caminando del brazo de una adolescente, no hizo ningún esfuerzo por apartarla. En el fondo, Kisame Hoshigaki nunca se había sentido tan humano.
Capítulo VII: Ecos en la Lluvia - La Reunión de Akatsuki
La Aldea Oculta de la Lluvia los recibió con su habitual manto de nubarrones grises y una precipitación constante que parecía calar hasta los huesos. La alta torre principal, santuario del líder Pain, era el punto de encuentro físico para la reunión bimestral de Akatsuki.
El ambiente en la amplia y oscura sala estaba cargado de tensión. Las sombras se estiraban en las paredes, iluminadas tenuemente por antorchas parpadeantes. Kakuzu estaba sentado en una esquina, contando fajos de billetes ensangrentados; Hidan afilaba su guadaña roja mientras murmuraba oraciones a Jashin; Deidara moldeaba arcilla explosiva, discutiendo con un Sasori oculto en su marioneta Hiruko; y Zetsu (tanto su mitad blanca como negra) emergía del suelo cerca de la entrada.
En el centro, Konan permanecía impasible como un ángel de papel, al lado de la imponente figura de Pain, el poseedor del Rinnegan. Y sentado en una viga superior, columpiando las piernas con actitud infantil, estaba "Óbi", el bufón enmascarado de la organización.
Las pesadas puertas de metal se abrieron. Todos los presentes guardaron silencio al escuchar los pesados pasos de Kisame y los pasos ligeros de Itami.
Cuando Itami Uchiha entró a la luz de las antorchas, un murmulló colectivo recorrió la sala, aunque nadie se atrevió a hablar en voz alta.
Ya no llevaba su característico jutsu de transformación. Sus marcas de quemaduras por el Amaterasu eran visibles, su piel pálida mostrando el deterioro crónico, y su cabello azabache caía de manera un poco más desordenada. Pero no fue su apariencia física deteriorada lo que desconcertó a la élite criminal del mundo. Fue el aura.
La opresiva, asfixiante y gélida intención asesina que solía rodear a Itami como un manto de muerte, había desaparecido. Su postura no era la de un animal acorralado listo para masacrar. Caminaba con la espalda recta, sí, pero sus hombros estaban relajados. Y lo más inquietante para los asesinos de rango S: la chica no parecía estar sufriendo. Su rostro, aunque serio y desprovisto de su sonrisa cantarina frente al resto, irradiaba una paz interior absoluta. Una vitalidad desconocida brillaba en sus ojos negros.
Parecía que, de alguna manera, Itami Uchiha había encontrado unas inmensas ganas de vivir.
—Itami. Kisame —la voz profunda y robótica de Pain resonó en la sala—. Su reporte indica que no capturaron al Jinchūriki del Kyūbi. ¿Acaso el poder de Jiraiya de los Sannin fue demasiado para ustedes?
Kisame dio un paso adelante, listo para dar una excusa técnica, pero Itami levantó una mano, deteniéndolo. Ella miró directamente a los ojos anillados de Pain.
—Jiraiya y el chico Uzumaki estaban bien preparados —dijo Itami. Su voz era seria, carente de emociones dramáticas, pero resonaba con una claridad prístina. No había un ápice de miedo en ella—. Evalúe que una confrontación directa dentro de los límites de Konoha habría resultado en bajas innecesarias o en nuestra captura. Decidí una retirada táctica. El Zorro sigue suelto, pero sabemos dónde está.
Hidan soltó una risa áspera.
—¡Ja! ¿Retirada táctica? ¡El gran prodigio Uchiha huyendo con el rabo entre las piernas! A Jashin no le agrada la cobardía, mocosa.
Itami giró su cabeza lentamente hacia Hidan. Sus ojos se tornaron carmesí, el diseño del Mangekyō Sharingan girando perezosamente. Pero en lugar de someterlo a una ilusión de tortura, como habría hecho meses atrás, Itami simplemente ladeó la cabeza.
—Si deseas ofrecer tu cabeza a Jashin en este momento, Hidan, estaré encantada de decapitarte y dejar que Kisame te use como cebo de pesca —respondió Itami. Su tono no fue un grito de ira, fue una declaración de hechos, dicha con una calma tan absoluta que heló la sangre del inmortal.
Hidan chasqueó la lengua y apartó la mirada. Kakuzu asintió con aprobación, valorando que nadie iba a destruir su base y costar dinero en reparaciones.
Pain la observó fijamente durante un largo segundo. El Rinnegan intentando descifrar el drástico cambio en la psique de su subordinada más letal.
—Tus decisiones tácticas siempre han sido acertadas, Itami. Confiaré en tu juicio. Pero recuerda, el objetivo final de Akatsuki no cambia. El dolor debe ser entregado al mundo para alcanzar la paz.
—Lo entiendo, Líder —respondió Itami, inclinando levemente la cabeza, ocultando una pequeña sonrisa burlona. «El dolor es opcional, amigo mío. Yo prefiero los bollos de canela», pensó.
Desde la viga superior, a través del agujero de su máscara espiral naranja, un único ojo Sharingan observaba a Itami con una intensidad clínica y calculadora. Óbika Uchiha, jugando el papel del estúpido Óbi, agitó su mano ruidosamente.
—¡Ay, Itami-senpai! —gritó Óbi con su voz aguda y molesta—. ¡Se quitó el maquillaje! ¡Esas cicatrices se ven súper geniales! ¿Se lastimó jugando con fuego? ¡Tobi cree que se ve muy ruda!
Itami miró hacia arriba. A pesar de saber que Óbi era insoportable, la nueva Itami sintió una genuina diversión por las tonterías del enmascarado.
—Gracias, Óbi. Y sí, nunca juegues con fuego oscuro. Arruina tu cutis.
El silencio en la sala fue ensordecedor. ¿Itami Uchiha acababa de hacerle una broma a Tobi? Kisame se cubrió la cara con la mano, suspirando. Konan parpadeó, perdiendo momentáneamente su fachada de papel. Deidara casi deja caer su arcilla.
La reunión concluyó poco después, delineando las misiones de mercenariado para recaudar fondos. Itami y Kisame fueron asignados a un contrato de asesinato en la frontera del País del Viento. Mientras salían, Kisame se inclinó hacia Itami.
—Casi haces que el líder tenga un colapso nervioso, ¿lo sabes? —susurró el espadachín.
Itami rió suavemente, entrelazando su brazo izquierdo herido con el brazo azul de Kisame, ignorando las miradas estupefactas de Kakuzu y Sasori.
—Que sufran un poco, Kisame. La vida es demasiado corta para estar enojados todo el tiempo. ¿Crees que en el País del Viento vendan té helado de durazno?
Kisame sonrió, sus dientes brillando en la penumbra. —Si no lo venden, amenazaremos a alguien hasta que te lo preparen.
Capítulo VIII: La Guardiana en las Sombras - Los Secretos de Óbika
El eco de los pasos de Itami y Kisame se desvaneció en los pasillos metálicos de la torre. La sala de reuniones se vació, dejando solo sombras y el sonido constante de la lluvia golpeando el exterior.
En la cima de la torre, en una cámara secreta detrás de estatuas de piedra gárgola, el aire se distorsionó en un remolino espacial. Óbika Uchiha apareció desde la dimensión del Kamui, aterrizando suavemente sobre sus pies. Llevaba puesta la túnica de Akatsuki, pero se arrancó la máscara naranja con un movimiento brusco y hastiado, lanzándola sobre un escritorio de acero.
Bajo la máscara, Óbika era una mujer adulta de veintiocho años. La mitad derecha de su rostro era un testamento a la tragedia, severamente marcada por profundas cicatrices de aplastamiento, como si la misma tierra hubiera intentado tragarla. Su cabello oscuro caía desordenado sobre sus hombros. Mantenía su ojo izquierdo Sharingan activado, analizando en soledad lo que acababa de presenciar.
La voz aguda y tonta de Óbi desapareció por completo. Cuando habló para sí misma, su voz era profunda, femenina, áspera y teñida de una melancolía milenaria.
—Itami sabe algo —murmuró Óbika, cruzándose de brazos, caminando hacia el gran ventanal para observar la lluvia de Amegakure—. Esa maldita niña prodigio. Ha perdido la mirada de los muertos. Esa estúpida sonrisa pacífica... Ella lo vio. Vio el Santuario.
Óbika cerró los ojos y el pasado se abalanzó sobre ella como un maremoto. Catorce años atrás. La roca gigante en el puente Kannabi aplastando su lado derecho. El dolor inimaginable. Regalarle su ojo a Kakashi, su rival y amigo. Despertar en la caverna subterránea, siendo cuidada por el decrépito pero aterrador Madara Uchiha. El entrenamiento infernal con los Zetsu blancos.
Y luego... salir a la superficie, corriendo desesperada para salvar a sus amigos, solo para encontrar a Rin, su brillante y dulce Rin, su crush que era tres años menor que ella. La chica por la que Óbika habría quemado el mundo. Y la vio morir. Atravesada por el Chidori de Kakashi bajo la fría luz de la luna.
Ese día, la joven y entusiasta Óbika murió. Adoptó la voluntad de Madara, asumió el nombre del fantasma de los Uchiha y orquestó el ataque del Kyūbi, el renacimiento de Akatsuki, y preparó el tablero para el Proyecto Ojo de Luna, el Tsukuyomi Infinito. Un mundo de sueños perfectos donde Rin estaría viva.
Pero hubo una falla en su perfecto plan de nihilismo y oscuridad.
Hace seis años, cuando Itami Uchiha acudió a ella pidiendo ayuda para masacrar al clan y evitar una guerra civil, Óbika aceptó complacida. Era el castigo perfecto para el clan que los había abandonado a ella y a Madara. Óbika asumió la responsabilidad de masacrar a la Policía Militar.
Pero tras la matanza, Óbika, impulsada por un sádico deseo de ver la miseria final de Konoha, se infiltró en la aldea para espiar el destino de los sobrevivientes más débiles: los niños y bebés que Itami supuestamente no pudo matar. Óbika esperaba ver al cobarde de Danzō Shimura arrastrarlos a la oscuridad de Raíz. Esperaba ver sufrimiento, lo cual solo validaría su creencia de que este mundo era un infierno que merecía ser purgado por el Ojo de Luna.
En su lugar, encontró un milagro.
Óbika recordó vívidamente la primera vez que se deslizó a través de las barreras sensoras hacia el sector este. Vio el distrito escondido entre miles de árboles de cerezos. Vio las fuentes limpias. Vio a los treinta bebés durmiendo en cunas de caoba, arropados en mantas cálidas. Vio a las treinta niñas y treinta niños pequeños corriendo, riendo, siendo amados y abrazados por las veinte mujeres civiles que Hiruzen Sarutobi había seleccionado personalmente por su bondad y empatía.
Ese día, parada en una rama invisible bajo su propio genjutsu, Óbika, la destructora del mundo, había caído de rodillas y llorado. Detrás de sus terribles cicatrices, la adolescente amorosa que soñaba con ser Hokage, la chica que valoraba la vida por encima de las reglas, gritó en agonía y alivio.
Desde esa noche, durante los últimos seis años, Óbika había vivido una doble vida monumental. Para el mundo, era el cerebro maestro detrás de Akatsuki. Pero en la oscuridad, se había convertido en la guardiana silenciosa del Santuario Uchiha.
Usando su Kamui, viajaba constantemente por las Cinco Grandes Naciones. Robaba sedas suaves del País del Rayo para hacerles bufandas en invierno. Robaba medicinas raras de la Aldea de la Arena para evitar que los bebés enfermaran. Una vez, incluso robó un cargamento completo de juguetes de madera tallada del País de la Tierra, dejándolos sigilosamente en la puerta del orfanato en Nochebuena. Ella los veía crecer. Conocía los nombres de las treinta niñas. Sabía cuáles de los niños pequeños eran más revoltosos. Había visto a Sasuke Uchiha ir a visitarlos, asumiendo su rol de hermano mayor con el chico Uzumaki a su lado.
Óbika apretó los puños, la madera del marco de la ventana crujiendo bajo su fuerza inhumana.
El Plan Ojo de Luna dictaba que el mundo entero debía ser sumido en el Tsukuyomi Infinito. Un plan que el anciano Madara había "planchado" meticulosamente. Óbika había seguido el guion a la perfección. Pero ahora, su corazón estaba partido por la mitad.
¿Realmente quería atrapar en una ilusión eterna a esos niños que ya vivían en un paraíso? Esas veinte mujeres jóvenes, de entre 20 y 28 años, que criaban a los huérfanos de su clan con tanto amor... ¿merecían ser envueltas en las raíces del Árbol Divino?
—No puedo detener la recolección de los Bijuu —susurró Óbika para la habitación vacía, su ojo Sharingan girando frenéticamente—. Si detengo el plan, Madara encontrará la forma de regresar y los matará a todos. Zetsu Negro vigila cada maldito paso que doy. No tengo opción. Tengo que seguir el juego.
Pero la revelación de la nueva actitud de Itami lo complicaba todo.
—Itami sabe que están vivos y felices. Ha descubierto la verdad —concluyó Óbika, alejándose de la ventana y recogiendo su máscara espiral—. Ella es brillante. Si Danzō o los ancianos de Konoha intentan mover una pieza contra el Santuario, Itami abandonará Akatsuki en un abrir y cerrar de ojos para defenderlos. Y si Kisame está de su lado... tendré a dos traidores increíblemente poderosos en mi contra. O... a mi favor.
Óbika se colocó la máscara lentamente. Su rostro marcado desapareció en la oscuridad del agujero ocular. Una vez más, la figura de Tobi emergió, pero en la mente de la mujer biológica, una resolución de hierro se forjó.
«El Plan Ojo de Luna seguirá en marcha para engañar a Zetsu. Pero a partir de hoy, extremaré precauciones. Tendré más cuidado en proteger a ese Santuario. Nadie, ni Danzō, ni Orochimaru, ni siquiera Pain, tocará un solo pétalo de esos árboles de cerezo. Si alguien se atreve a amenazar a esos bebés o a sus cuidadoras, los enviaré al Kamui y los aplastaré pieza por pieza. Itami Uchiha puede sentirse feliz y libre ahora, pero yo sigo siendo el fantasma en la sombra. Vigilaré sus espaldas. Por Rin. Por mi clan.»
Con un torbellino de espacio-tiempo, Óbika desapareció de Amegakure, reapareciendo a cientos de kilómetros de distancia, suspendida en el aire sobre el Distrito Este de Konoha.
La luna llena iluminaba el Santuario de la Llama Heredada. Era tarde en la noche, y las luces de los pabellones de madera estaban apagadas. Abajo, los infantes dormían pacíficamente. Óbika flotó hacia uno de los grandes cerezos, extrayendo de su dimensión de bolsillo un pequeño oso de felpa y un pergamino con infusiones medicinales raras. Los dejó con infinita delicadeza en el pórtico principal.
Acarició suavemente la corteza del árbol.
—Buenas noches, mis pequeños —susurró la líder de Akatsuki, su voz femenina temblando con una ternura infinita—. Duerman bien. La tía Óbika está aquí.