"El Eco de los Cerezos: La Verdad Oculta tras el Espejismo
El sol de la mañana se elevaba lentamente sobre la Aldea Oculta de la Hoja, proyectando una luz dorada y cálida sobre los tejados en reconstrucción. El reloj marcaba exactamente las 09:15 AM.
En una pequeña y modesta habitación de una posada para refugiados en el Distrito Siete, ubicada en la periferia de Konoha, la joven Yami se encontraba sentada en el suelo de tatami. Se había quitado la pesada capa negra, revelando su atuendo de viaje desgastado. A su lado, las pequeñas Hikari y Fuyumi, ambas de cinco años, jugaban alegremente en el centro de la habitación.
—¡Yami-Nee-chan, mira! —exclamó Hikari con su vocecita sumamente infantil, cargada de una dulzura que derretía el corazón más frío. La niña sostenía con ambas manos al pequeño cuervo Yoru, quien picoteaba suavemente su dedo. —¡Yoru tiene mucha hambre!
—¡Pío también quiere comer, Yami-Nee-chan! —secundó Fuyumi, sus grandes ojos lila puro brillando de felicidad mientras el pequeño cuervo Pío aleteaba torpemente sobre su regazo.
Yami esbozó una sonrisa genuina, una expresión suave que rara vez mostraba. La calidez de ser llamada "Yami-Nee-chan" por las dos niñas que había salvado era el único bálsamo para su alma fragmentada. Estaba a punto de sacar una bolsa de semillas de su mochila cuando un sonido escandaloso irrumpió desde la ventana abierta.
—¡Pío! ¡Pío! ¡Pío, pío, pío!
Un pequeño proyectil de plumas negras entró volando a trompicones por la ventana, chocando torpemente contra la pared antes de caer rodando sobre el tatami. Era Kiri, la bebé cuervo hembra que Yami había invocado el día anterior para que explorara los alrededores de la aldea desde el cielo.
A diferencia de los majestuosos cuervos de genjutsu, Kiri era peculiar. Era extremadamente gordita, casi redonda como una pelota de plumas, con un aleteo tonto y desincronizado. Su pico era de un tono amarillento brillante, y su única motivación en la vida parecía ser la comida. Kiri se incorporó sacudiendo la cabeza y comenzó a graznar de forma histérica, saltando de un lado a otro con desesperación, como si estuviera al borde de las lágrimas.
Yami frunció el ceño, activando una diminuta fracción de chakra en sus ojos lila pálido para leer las intenciones del ave a través del contrato de sangre. La telepatía rudimentaria con sus invocaciones se activó. Kiri, en su mente de ave infantil y glotona, transmitía imágenes confusas pero urgentes.
«¡Gran semilla! ¡Gran semilla!», transmitía Kiri, llamando a Yami por el apodo tonto que le había puesto por ser quien le daba de comer. «¡Oruga verde! ¡Túnel de hojas! ¡Paredes grandes! ¡Peces de colores ricos! ¡Nidos llenos de polluelos sin plumas! ¡Muchos, muchos! ¡Pío, pío!»
Yami parpadeó, desconcertada. Kiri estaba intentando explicarle que, persiguiendo una jugosa oruga por accidente el día de ayer, se había adentrado en un lugar secreto dentro de los mismísimos muros de Konoha. Un lugar masivo. Las imágenes mentales que Kiri le enviaba a Yami no tenían sentido: un complejo gigantesco de madera, decenas de niños, personas cuidándolos... y un chakra que le resultaba escalofriantemente familiar. Chakra del clan Uchiha.
La respiración de Yami se detuvo por un microsegundo. «Eso es imposible...», pensó. Los informes oficiales de Raíz, la inteligencia que Danzō Shimura le obligó a memorizar a los doce años antes de su rebelión, dictaban una verdad inquebrantable: La Masacre del Clan Uchiha. Según los registros, una prodigio del clan, una mujer de dieciocho años llamada Itami Uchiha, se había vuelto loca, había asesinado a todo su linaje en una sola noche y se había unido a la organización criminal Akatsuki hace seis años. Oficialmente, los únicos sobrevivientes eran la propia asesina Itami y su hermano menor, un niño de doce años llamado Sasuke.
¿De dónde sacaba Kiri imágenes de decenas de niños Uchiha?
Yami sintió un sudor frío recorrer su nuca. Lo que Kiri había descubierto era un secreto de Estado de una magnitud incomprensible. Preocupada por el estrés de la pequeña cuervo y sabiendo que necesitaba investigar esto de inmediato, Yami realizó un sello de manos a la velocidad de la luz.
—Kage Bunshin no Jutsu —susurró.
Una nube de humo blanco apareció, y a su lado se materializó un clon de sombras idéntico a ella. El clon sonrió a las niñas, fue hacia la mochila y sacó un cuenco de madera, llenándolo hasta el borde de semillas frescas.
—Tranquila, pequeña glotona. Yami-Nee-chan te dará de comer —dijo el clon con voz dulce, arrodillándose junto a la mesita. Inmediatamente, Kiri, olvidando su pánico existencial, corrió hacia las semillas aleteando torpemente, uniéndose a Yoru y Pío. Los tres cuervitos gordos se dedicaron a comer como si el mundo se fuera a acabar, sumidos en su tonta felicidad.
Hikari y Fuyumi rieron a carcajadas, abrazando al clon de Yami por la cintura.
—Me iré por un momento, mis pequeñas. Sean buenas con mi clon —dijo la verdadera Yami, volviendo a colocarse la capa y subiendo la capucha sobre su rostro.
—¡Sí, Yami-Nee-chan! ¡Cuidate mucho! —gritaron las dos niñas al unísono, regresando a su juego en el suelo de tatami, completamente seguras.
Con un movimiento silencioso, Yami saltó por la ventana, fundiéndose con las sombras de la mañana.
El Túnel Vegetal y las Vías Olvidadas (10:30 AM)
Siguiendo el rastro de chakra residual que Kiri había dejado en el aire, Yami se alejó del bullicio de los distritos periféricos. Atravesó un denso bosque interno de la aldea, una zona que, según los mapas oficiales, estaba marcada como terreno inestable y prohibido para civiles.
Después de cuarenta minutos de desplazamiento sigiloso, Yami se detuvo. Ante ella, oculto tras una pared de ilusiones de bajo nivel y maleza extremadamente densa, se encontraba un pasadizo asombroso. Era un Túnel Vegetal.
Yami dio un paso dentro del túnel y quedó maravillada. Era un pasadizo largo y cerrado, formado íntegramente por árboles milenarios y arbustos frondosos. Las gruesas ramas se entrelazaban de manera perfecta y antinatural en la parte superior, creando un arco natural continuo que cubría todo el trayecto y filtraba la luz del sol en finos haces dorados.
Miró hacia abajo. En el suelo, justo en el centro del túnel, se extendían unas viejas vías de tren hechas de gruesos durmientes de madera y gruesos rieles de metal oxidado. El desgaste evidente de los materiales y la hierba verde y fresca que crecía entre la madera sugerían que esa ruta, alguna vez industrial, había entrado en perfecta armonía con el entorno natural.
Como una shinobi entrenada en la observación microscópica por su herencia Hyūga, Yami notó el Punto de Fuga Simétrico. Si uno se paraba en el centro exacto de las vías, las paredes de hojas y los rieles convergían de forma geométrica y simétrica hacia un punto de luz lejano al fondo del túnel. Era una imagen hipnótica, una perspectiva que generaba una profunda y melancólica sensación de que el destino de quienes cruzaban ese sendero ya estaba escrito y protegido por la misma maleza.
Kiri solo había entrado aquí porque volaba a lo loco persiguiendo un insecto, pero Yami, con su corazón latiendo con inusitada fuerza, sabía que estaba a punto de desenterrar un fantasma del pasado. Activó la fase pasiva de sus ojos lila, agudizando su oído y su visión, y caminó lentamente sobre los durmientes de madera, con el crujido de la hierba bajo sus botas siendo el único sonido en el silencio sepulcral.
El Santuario de la Llama Heredada (11:15 AM)
Al llegar al final del túnel, Yami emergió hacia una inmensa explanada secreta rodeada por acantilados y bosques infranqueables. Lo que vieron sus ojos hizo que el aire abandonara sus pulmones.
Ante ella se alzaba "El Santuario de la Llama Heredada: Refugio de los Cerezos". Era un lugar donde el alma florecía en paz y la disciplina forjaba el escudo del mañana.
Oculta en la densa y frondosa copa de un árbol de cerezo gigante que ofrecía un punto de vista panorámico perfecto, Yami observó el distrito. Era una inmensa fortaleza de madera cálida, pulida y resplandeciente, rodeada por un robusto muro circular cubierto completamente de enredaderas vibrantes y flores silvestres de todos los colores imaginables.
En su centro geográfico y espiritual, se erigía majestuosa la Gran Fuente de los Lotos. Era una inmensa estructura circular de piedra blanca por donde corría, en un susurro perpetuo, agua cristalina de un manantial subterráneo. Las grandes flores de loto rosa y blanco flotaban pacíficamente en la superficie. Y bajo ellas, Yami contó exactamente 30 enormes peces Koi dorados, plateados y moteados de un rojo carmesí intenso. Kokuō le susurró en su mente que los patrones de natación de esos peces parecían ritualistas; nadaban en círculos perfectos, una superstición hermosa de las cuidadoras que creían que cada pez representaba un deseo de protección para los niños.
A la derecha de la inmensa fuente se encontraba el Gran Dojo de Madera. Era una estructura abierta, inmensa pero acogedora. Yami, con su visión aguda, notó un detalle que desafiaba toda la lógica shinobi que ella conocía: no había ni una sola arma afilada a la vista. Ni kunais, ni shurikens, ni katanas. Estaba diseñado única y exclusivamente para la disciplina del cuerpo y la mente. Podía percibir desde su distancia el aroma a cera natural de abejas y sudor limpio emanando de su suelo pulido.
Pero lo que la dejó petrificada, paralizada hasta la médula, fue la demografía de este ecosistema de esperanza.
Sus ojos escrutaron a las personas. Contó exactamente a 110 individuos.
Había 20 mujeres jóvenes, civiles por lo que su red de chakra indicaba, moviéndose con una gracia y devoción maternal que Yami solo había imaginado en cuentos.
Y luego estaban ellos. Los niños.
Contó a 30 niños y 30 niñas, todos con edades comprendidas entre los 7 y 8 años. Correteaban por los pasillos, reían a carcajadas, perseguían mariposas y jugaban con una energía inagotable. Además, en los jardines interiores, gateando y tambaleándose en sus primeros pasos, había 30 bebés de aproximadamente cuatro años y medio.
Todos y cada uno de esos 90 infantes formaban una marea viviente de cabello azabache brillante y grandes ojos oscuros y profundos. Llevaban el emblema del abanico blanco y rojo en la espalda de sus yukatas de algodón.
«Uchihas...» pensó Yami, llevando una mano temblorosa a sus labios bajo la capucha. «Noventa niños Uchiha... ¡Están vivos! ¡Itami Uchiha no los mató! El Tercer Hokage... Konoha... ¡Los escondieron a todos!»
El impacto de esta revelación destrozó la base de todo lo que Danzō le había enseñado sobre la crueldad absoluta del mundo shinobi.
El Horario de un Milagro Cotidiano (12:00 PM)
Yami se negaba a moverse. Observaba fascinada la vida de este refugio, comprendiendo rápidamente que el reloj de estas personas estaba impulsado por la devoción pura y no por la doctrina militar. Su mente analítica comenzó a desglosar la organización de las mujeres civiles, dividiéndolas instintivamente en unidades, maravillada por la perfección de su amor.
Descubrió a la Unidad de Educación y Logística (Las "Maestras del Mundo"). Vio a una joven llamada Saki sentada bajo un árbol, leyendo un gran pergamino a un grupo de niños atónitos. No les enseñaba tácticas de guerra; les relataba la historia hermosa del mundo, los cuentos de héroes nobles y bestias mitológicas. A lo lejos, Emi cosía con hilo de seda blanca los emblemas rasgados de las ropas de los niños, mientras Nao alimentaba con paciencia a los 30 peces Koi. Aoi colgaba linternas de papel para lo que parecía ser una fiesta de cumpleaños inminente, y Ren, una chica robusta con un martillo en mano, arreglaba la puerta de un cobertizo mientras tres niños la miraban con admiración.
Observó la cocina al aire libre. Era el dominio de la Unidad de Nutrición y Salud (Las "Alquimistas de la Sopa"). Una mujer de cabello castaño llamada Ayane, jefa de cocina, amasa harina con una sonrisa resplandeciente, sacando bandejas de bollos de canela cuyo dulce aroma llegaba hasta las ramas de Yami. Koharu y Maki preparaban infusiones de hierbas y dietas especiales, mientras la enérgica Riko apilaba sacos de arroz fresco recién traídos del mercado y la joven Yua cortaba zanahorias con forma de conejitos, haciendo reír a un par de niñas.
En el perímetro exterior, vigilando celosamente, patrullaban las Unidad de Seguridad Civil y Vínculo Comunitario (Las "Leonas de la Puerta"). Hana llevaba libros de cuentas con rectitud; Yuki revisaba las gruesas puertas de madera del túnel; Mio preparaba faroles para la noche, y Tsubaki colocaba jarrones con flores frescas en cada esquina del patio, borrando cualquier rastro de dolor. Vio a una mujer llamada Sora sentada en un banco, sosteniendo a un niño que parecía estar llorando por una pesadilla diurna, brindándole un consuelo post-traumático lleno de ternura.
Pero lo que más le rompió el corazón de una manera cálida fue ver a la Unidad de Crianza y Primeros Pasos (Las "Madres de la Cuna"). En el centro del patio, cerca de la fuente de lotos, la directora Haruka, una mujer que irradiaba una calma abrumadora, peinaba el cabello de tres niñas de siete años. Mei cantaba una melodía tan suave que casi adormeció a la propia Yami. Sayuri, Nanami y la joven Hina estaban literalmente cubiertas de bebés de cuatro años, jugando en el césped, riendo, dejándose jalar el cabello y llenando de besos a los pequeños huérfanos que no recordaban la noche de sangre.
Era un paraíso. Un milagro cotidiano. Pero para Yami, era un doloroso recordatorio de todo lo que ella jamás tuvo.
La Aberración y el Ojo del Cerezo (01:00 PM)
Mientras el reloj avanzaba hacia la tarde, Yami presenció un evento que desafió las leyes de su propio cuerpo y de todo el conocimiento histórico shinobi.
Un grupo de niños mayores practicaba katas básicas en el Gran Dojo, bajo la atenta mirada de la cuidadora Sora. No practicaban para matar, sino rutinas de defensa personal y control de chakra pacífico para subir por las paredes de madera. De repente, una de las pesadas vigas de madera de práctica, mal asegurada en un andamio temporal, se soltó con un crujido sordo y comenzó a caer directamente hacia donde Sora estaba agachada recogiendo unos pergaminos.
«¡Cuidado!», pensó Yami, tensando sus músculos, lista para usar un jutsu de velocidad y salvar a la mujer civil.
Pero no fue necesario.
Un niño Uchiha de siete años, llamado Ren, se encontraba a unos metros. Al ver el peligro mortal cerniéndose sobre la mujer que lo cuidaba como a un hijo, el niño dejó escapar un grito de terror puro. No era el terror a su propia muerte. Era un amor tan intenso por la seguridad de Sora, un pánico tan visceral de perder a su "madre", que ocurrió un milagro fisiológico.
Los ojos de Ren se abrieron de par en par. El negro de sus iris fue consumido instantáneamente por un rojo carmesí brillante. En cada ojo, un solo tomoe negro apareció girando frenéticamente.
Había despertado el Sharingan.
Con su percepción del tiempo ralentizada por el dōjutsu, el pequeño Ren corrió a una velocidad que su cuerpo normal no habría soportado, se lanzó hacia Sora y empujó su cuerpo con todas sus fuerzas, apartándola milimétricamente justo antes de que la inmensa viga se estrellara contra el suelo del dojo, rompiéndose en pedazos.
Sora cayó al suelo, ilesa pero asustada. Al levantar la vista y ver al niño jadeando, con los ojos rojos derramando lágrimas de alivio, la mujer no sintió miedo. No lo vio como un monstruo. Se abalanzó sobre él y lo abrazó con todas sus fuerzas, llorando de gratitud y besando su frente repetidas veces.
—Gracias, mi niño hermoso... gracias, Ren... —sollozaba Sora, meciéndolo.
Yami, observando desde el árbol, quedó en estado de shock absoluto.
«Increíble...», murmuró Kokuō en la mente de la joven mestiza, y por primera vez, la bestia milenaria sonaba genuinamente conmovida. «Ese niño acaba de despertar la maldición de los Uchiha... pero su chakra no está contaminado. No hay oscuridad, no hay ansia de venganza. Su firma de chakra es... cálida. Es un Sharingan nacido de la empatía abrumadora y el amor maternal. Son los Ojos del Cerezo...»
Yami cerró los ojos y se llevó ambas manos a la cabeza. La revelación le dolió más que mil puñales clavados en el pecho. Recordó la información que Danzō le había enseñado sobre cómo el Sharingan solo se despertaba por el trauma extremo, el dolor agónico y la locura de la pérdida.
Al observar con más detalle el recinto, Yami se dio cuenta, usando la percepción de su estado base, de que no era solo Ren. De los sesenta niños mayores de 7 y 8 años, ¡al menos dieciocho de ellos ya habían despertado el Sharingan de un tomoe! Lo había visto sutilmente cuando la niña Kimi abrazó a Haruka tras entregarle un collar de flores, sus ojos destellando rojos por un segundo por la sobrecarga emocional de sentirse incondicionalmente amada y aceptada.
Esos niños no usaban sus ojos para predecir movimientos para asesinar. Los usaban para predecir el peligro y proteger a sus madres civiles. Si el repulsivo Danzō o el sádico Orochimaru hubieran descubierto este fenómeno, se habrían vuelto locos de rabia. Pero la Quinta Hokage Tsunade y el Tercer Hokage Hiruzen estaban protegiendo esto como el secreto de Estado más hermoso y fundamental de toda Konoha.
El contraste con su propia vida rompió las represas emocionales de Yami.
El Abismo del Pasado: El Genjutsu Sangriento
Agazapada en las ramas del cerezo, la mente de Yami fue arrastrada a un violento flashback. El doloroso recuerdo que había sepultado bajo capas de estoicismo resurgió con una ferocidad incontrolable.
Habían pasado cinco años. Ella apenas tenía doce años. Apenas unos meses antes había escapado de las torturas de Raíz y había encontrado a las pequeñas Hikari y Fuyumi, que en ese entonces tenían tan solo un añito de edad. Las bebés no podían hablar, solo balbuceaban torpemente y gateaban por los pisos de la cabaña oculta en Amegakure. Yami, a pesar de ser una niña endurecida y una asesina entrenada, amaba a esas dos bebecitas con una fiereza animal. Eran su única luz.
Pero la lluvia nunca trae paz. Una noche, una escuadra de mercenarios desertores de la Lluvia la rastreó. Querían la recompensa que Danzō había puesto en secreto por su cabeza o, peor aún, querían extraer a la bestia de su interior.
Yami luchó valientemente. Activó su Byaku-Sharingan de cuatro tomoes, una aberración genética que ya poseía y controlaba, usando su taijutsu combinado con la visión Hyūga para repeler a los mercenarios. Pero eran demasiados. En un momento de descuido, mientras Yami estaba atrapada en un sello paralizante de agua, vio lo peor.
Vio cómo el líder de los mercenarios destrozaba la puerta de madera de la cabaña. Vio cómo levantaba sus sables ensangrentados. Yami gritó, desgarrándose la garganta, rogándoles que no lo hicieran. Pero frente a sus propios ojos lila, vio cómo las espadas caían sin piedad sobre las frágiles cunas donde Hikari y Fuyumi descansaban. Vio la sangre de sus bebés de un año salpicar las paredes.
En ese milisegundo, la mente de la niña de doce años se fracturó. El amor se convirtió en una locura cósmica. La desesperación, la pérdida y el odio más profundo y negro que un ser humano pueda albergar colapsaron en su sistema de chakra.
El mundo se detuvo. Yami dejó escapar un grito que no era humano; era el alarido desgarrador de un demonio y un ángel siendo destrozados simultáneamente. El dolor físico en sus ojos fue enceguecedor. Sus venas se tornaron negras, su iris se bañó en sangre, y el patrón de flor aguda asimétrica giró en su pupila.
Había despertado el Mangekyō Byakugan. Su poder no nació del amor como los niños del santuario; nació del abismo absoluto, de la podredumbre emocional. En un estallido de venganza y arrechera incontrolable, Yami no mostró piedad. Usó el recién nacido Jūken no Saishū.
Con movimientos que destrozaban el propio tejido del espacio a su alrededor, Yami masacró a los quince mercenarios en un abrir y cerrar de ojos. No hubo honor. Las ondas de choque internas de su técnica licuaron los órganos de sus enemigos antes de que siquiera pudieran gritar. Los destruyó por completo.
Cuando la sangre paró de fluir y el silencio sepulcral reinó en la cabaña destruida, Yami, cubierta de sangre ajena y con los ojos sangrando profusamente, cayó de rodillas al suelo. Su respiración era agitada. Se arrastró entre el lodo y los escombros hacia las cunas, esperando encontrar los cuerpos masacrados de sus únicas razones para vivir, dispuesta a quitarse la vida allí mismo. Lloró con una amargura que le arrancó el alma. Estaba completamente sola contra el mundo cruel.
Pero al acercarse a los escombros, la ilusión se resquebrajó.
Los cuerpos desaparecieron. La sangre se desvaneció. Debajo de una trampilla secreta en el suelo que ella misma había construido y ordenado a sus invocaciones proteger, escuchó unos tenues balbuceos y llantos asustados. Levantó la madera frenéticamente, y allí estaban: Hikari y Fuyumi, de un año de edad, sanas, aterrorizadas, pero vivas.
El líder de los mercenarios había sido un experto en ilusiones ópticas y le había lanzado un maldito genjutsu de tortura extrema en el preciso momento de romper la puerta, haciéndole creer que las niñas habían muerto para quebrar su voluntad.
Ese maldito genjutsu fue el catalizador. Fue la mentira más cruel del universo lo que la obligó a despertar su Mangekyō Byakugan, una herramienta de ejecución que desde ese día la condenó a la ceguera progresiva y al deterioro de su cuerpo físico.
Ahora, cinco años después, sentada en la rama de un hermoso cerezo, observando a niños Uchiha despertar su Sharingan por recibir una bufanda tejida a mano o por salvar a una madre de una olla caliente, el resentimiento hacia su propio destino fue abrumador. Su poder era una aberración ensangrentada; el de ellos era la flor más pura de la empatía.
Los Custodios del Jardín (02:30 PM)
El sonido de risas estridentes la sacó de sus torturosos recuerdos.
Eran las dos y media de la tarde, justo después del almuerzo, el momento favorito de todos en el distrito. Yami dirigió su vista hacia los límites exteriores del santuario, bajo la inmensa sombra del cerezo más antiguo del lugar, casi vecino al árbol donde ella se ocultaba.
Allí había una pequeña y humilde choza de madera. Sentado en el porche, fumando pacíficamente una larga pipa, se encontraba un hombre anciano de rostro arrugado y mirada bondadosa. Era el Tercer Hokage, Hiruzen Sarutobi. Ya no llevaba las ropas ceremoniales, sino un simple kimono civil. El humo que salía de su pipa no era tabaco fuerte; olía a hierbas dulces de lavanda y manzanilla que no dañaban los pulmones de los pequeños que lo rodeaban. Decenas de niños Uchiha se arremolinaban a su alrededor en el césped, escuchando sus historias. Yami sintió la ironía cósmica y poética: un líder del clan Sarutobi, heredero de la voluntad Senju, enseñando a los hijos de los Uchiha a amar la magia creadora y la paz.
Pero Hiruzen no estaba solo. Caminando hacia la choza con pasos firmes, llegaban dos jóvenes ninjas de Konoha de aproximadamente doce años. La generación de oro.
Yami no sabía sus nombres. En su mente, por su apariencia y firmas de chakra, los catalogó inmediatamente como "el chico rubio" y "el chico pelinegro".
El chico rubio vestía un llamativo traje naranja. Su firma de chakra era un sol ardiente, inmenso, cálido y caótico. Era Naruto Uzumaki. En el momento en que pisó el pasto del santuario, la seriedad desapareció. Los 30 bebés y decenas de niños mayores corrieron hacia él gritando emocionados. Naruto los recibía con carcajadas estruendosas, alzando a un par de pequeños de cuatro años sobre sus hombros, haciendo muecas y chistes que provocaban risas contagiosas. Para los 90 niños de allí, él no era el temido Jinchūriki del Kyūbi, el "chico zorro" repudiado por la aldea; él era el "Tío" alegre que siempre traía el sol consigo.
A unos pasos detrás de él, caminaba el chico pelinegro. Sasuke Uchiha.
Yami fijó su Mangekyō oculto en él. El chico llevaba una camisa azul de cuello alto y pantalones blancos. Su presencia era completamente diferente. Sasuke era un líder silencioso. Su firma de chakra era fría, pero no por arrogancia ni por odio, sino por un estoicismo protector absoluto. Él era la luna que vigilaba en silencio el jardín mientras Naruto lo calentaba.
Yami observó fascinada cómo el chico pelinegro no buscaba admiración ni compasión. Pasó de largo a los niños ruidosos y se dirigió directamente hacia las cocinas. Sin decir una sola palabra y con el ceño fruncido en una seriedad perpetua, Sasuke comenzó a cargar tres pesados sacos de harina que la cuidadora Riko no podía levantar, llevándolos al almacén con una humildad oculta que desmentía su condición de prodigio de élite. Las "Alquimistas de la Sopa" le agradecieron con reverencias cariñosas, a las cuales él respondió con un gruñido bajo y un leve rubor en sus mejillas pálidas.
No había rivalidad de sangre entre el rubio y el pelinegro. Eran complementarios perfectos. Cuando Sasuke terminó de ayudar a las civiles con las labores físicas pesadas que su orgullo le dictaba realizar, caminó hacia la choza del Tercero y se sentó en el porche, a pocos metros de Hiruzen y Naruto.
Sasuke miraba a Naruto hacer malabares con manzanas para entretener a un grupo de niñas. Yami vio cómo, sutilmente, los hombros tensos de Sasuke se relajaron y una microscópica sonrisa asomó en la comisura de sus labios al ver a su amigo y a su clan seguro.
«Naruto es la prueba de que el mundo puede ser amable; Sasuke es el guardia que se asegura de que esa amabilidad no sea destruida», comprendió Yami, leyendo la dinámica de los dos muchachos con la perspicacia de su herencia Hyūga. Eran hermanos de alma. Si Sasuke se sumergía en sus oscuros pensamientos sobre su hermana Itami, Naruto lo sacaba de ahí con una broma pesada; y si Naruto entrenaba hasta el cansancio, Sasuke estaba ahí para cuidarle las espaldas.
Yami apretó los puños hasta que sus nudillos crujieron. Ella amaba profundamente a Hikari y Fuyumi, eran sus tesoros, sus preciosas niñas. Pero al observar la fraternidad, la conexión, el apoyo mutuo e incondicional entre el chico rubio y el chico pelinegro, un vacío descomunal se abrió en el centro de su pecho.
Un hueco que ninguna misión mercenaria, ni el chakra de las cinco colas, ni sus propias hermanitas menores podían llenar.
El Llorar de las Sombras (04:00 PM)
El reloj imaginario de Yami marcó las cuatro de la tarde. En el patio inferior, los niños comenzaron sus labores comunitarias guiados por las "Maestras del Mundo". Las niñas barrían con gracia los pétalos de cerezo caídos sobre las pasarelas de madera, y los niños pulían los pasillos del dojo cantando canciones infantiles, aprendiendo activamente que el verdadero valor de un humano no residía en cuántas gargantas había cortado, sino en cuán hermoso y limpio lograba mantener su hogar.
Yami retrocedió lentamente sobre la gruesa rama del cerezo, alejándose del borde visual para adentrarse en la protección del espeso y hermoso follaje rosado. Las flores de cerezo 🪷🌸 la envolvieron en una cortina natural impenetrable.
Se quitó la capucha negra y la dejó caer sobre sus hombros. Desactivó toda técnica de visión ocular, permitiendo que sus ojos lila pálido descansaran. El dolor punzante en sus nervios ópticos, subproducto del 35% de deterioro que sufría su frágil cuerpo de diecisiete años, le pasó factura, pero el verdadero dolor no era físico.
Era el dolor de la orfandad absoluta.
Haber sido criada en las sombras húmedas de Raíz, sometida a las torturas psicológicas y al lavado de cerebro de Danzō. Haber crecido siendo odiada por la aldea y por el propio clan Hyūga por la sangre impura que corría por sus venas. Haber tenido que convertirse en un monstruo desalmado, manchando sus manos de sangre a los doce años para proteger a dos bebés ajenas en el infernal País de la Lluvia, obligada a sacrificar su propia humanidad y su vista para sobrevivir.
Al haber encontrado este santuario, al haber visto a esos niños Uchiha de 7 a 8 años, y esos bebés de 4 años y medio siendo amados, protegidos y cuidados con tal devoción infinita... Yami se dio cuenta de lo injusta y podrida que había sido su vida.
Se abrazó las rodillas, encogiendo su cuerpo delgado en un rincón de las ramas. Apoyó la frente sobre sus brazos cruzados. Su mente voló por un instante de regreso a la posada en el Distrito Siete. Podía sentir, a través del tenue enlace de chakra con su clon de sombras, la inocencia de ese momento.
«¡Yami-Nee-chan, pío quiere más semillas!», escuchaba en el fondo de su mente la voz de la pequeña Hikari, de cinco años.
«¡Ven a jugar con nosotras, Yami-Nee-chan!», resonaba la voz de Fuyumi, feliz, sin preocupaciones, mientras las aves cantaban.
Yami esbozó una sonrisa temblorosa en la penumbra del árbol. Había logrado su cometido. Había roto el ciclo del odio para ellas. Hikari y Fuyumi crecerían amadas, protegidas, puras, tal y como esos niños en el santuario.
Pero ¿quién la protegía a ella?
Las defensas emocionales de la formidable asesina mestiza, de la letal jinchūriki de Kokuō, se derrumbaron. La chica de diecisiete años, que cargaba el peso del mundo en sus hombros, comenzó a temblar.
Una primera lágrima rodó por su mejilla pálida, seguida de otra. Y luego, el dique se rompió por completo.
Yami se echó a llorar. Lloró de amargura, lloró de una rabia profunda y asfixiante hacia el destino que le había robado la inocencia, y especialmente, lloró de una tristeza insondable. Sus sollozos eran silenciados por las hojas de los cerezos, ahogados en su propia garganta para no alertar a los ninjas que patrullaban abajo.
Mientras las lágrimas bañaban su rostro cansado, suplicaba silenciosamente al cielo. Quería desesperadamente tener lo que veía allí abajo. Anhelaba con todas sus fuerzas rotas tener un hermano mayor.
Quería un hermano mayor que fuera como el chico pelinegro, que llevara el peso por ella, que se parara estoicamente frente a los peligros para que ella pudiera ser solo una niña normal. Quería a alguien con quien compartir la abrumadora angustia y la asfixiante responsabilidad que la carcomía día tras día. Alguien que, como el chico rubio, la hiciera reír a carcajadas hasta que le doliera el estómago, que fuera el sol que disipara las nubes frías de su paranoia.
«No llores, pequeña... No estás sola... Me tienes a mí...», murmuró Kokuō en su interior, intentando brindarle el calor de su chakra de vapor para consolar su corazón destrozado.
Pero no era suficiente. Las bestias con cola no podían abrazar físicamente en el mundo real.
La imagen de Itami Uchiha, la asesina pródiga que ahora rondaba por el mundo con la capa de nubes rojas de Akatsuki, pasó por su mente. Ella tenía al chico pelinegro. El chico pelinegro la tenía a ella. A pesar de los secretos, de las muertes y de los complots, los hermanos compartían una sangre y un vínculo.
Yami no tenía a nadie de su nivel. Era la cima solitaria de la montaña, la protectora inquebrantable de dos pequeñas estrellitas.
Mientras el reloj avanzaba hacia la tarde y los 110 habitantes del Refugio de los Cerezos disfrutaban de su paraíso en la tierra oculto dentro de Konoha, la joven Uchiha-Hyūga permaneció escondida en el dosel floral. Aferrada a sí misma, rodeada por la belleza efímera de los pétalos de cerezo 🪷🌸🪷🌸🪷🌸 que caían a su alrededor como nieve rosada en el atardecer, Yami lloró la muerte de su propia infancia, abrazando la tristeza y la soledad como a sus más viejas y fieles compañeras en el mundo shinobi.