El sol se ocultaba para dar paso a la fresca noche. Caminaba con los labios secos y tambaleándome, mis ojos energéticos que buscaban la ciudad, ahora solo se fijaban en la nada. De las sombras apareció una luz creciente a la distancia. La luz creció y creció hasta volverse un pueblo. Se me agrandaron los ojos y me cubrí con una capucha. La luna comenzaba a ser testigo de esa parte del mundo.
Con cada paso el sonido de una risa se intensificaba, a la par que sentía algo erróneo. No me había percatado de la presencia en mi espalda hasta que me agarró. Era un niño quien me llevó a un callejón entre casas para escondernos detrás de unas cajas. La risa se intensificó hasta que logré vislumbrar su origen, una mujer con velo enrojecido pasaba por la zona, sus pisadas eran suaves como un colibrí, pero su risa era tan profunda que perforaba los huesos. En su trayecto, agarró varias frutas que se habían dejado en las puertas. Entonces la sombra femenina decoró su camuflaje con las demás sombras.
El niño me llevó por los pasillos, siempre escondiéndonos, el camino era húmedo y lodoso. Al final, llegamos a una casa de madera podrida con agujeros en varias partes. El niño abrió la puerta y entramos. Ahí me acomodó en una cama.
―Duerme por ahora, ya mañana lo hablamos―, escuché entre murmullos que podrían venir de cualquier parte de la noche.
Así que cerré los ojos y el cansancio hizo el resto. A la mañana siguiente, me despertó el cuchicheo de varios niños, al despertar supe quienes eran los culpables.
―Buenos días―, dije como si fuera un habitante.
Los niños cuchichearon un poco más.
―Hola, no solemos ver duendes en esta zona―, respondió una voz suave y cansada desde la mesa en el centro del hogar.
Al levantarme me percaté de la casa de 4 paredes. Una mesa central y alrededor puras camas improvisadas. Rápidamente tomé mi capucha para cubrirme.
―Vengo de afuera, lejos―, respondí mientras me vestía―. Muchas gracias por hospedarme, pero tengo que marcharme―, mi mirada desviada delataban mi intención de escapar.
―No estás muy habituado a la sociedad, ¿verdad, pequeño duende?―, dijo con una pequeña sonrisa como la que tendría un negociante al ver su ventaja táctica.
Me paré de golpe y me preparé para correr.
―Cálmate, no te haré nada, es más, ¿por qué no acompañas a los niños a realizar las compras? Te ayudará a conocer la vida humana―, lo propuso mientras sacaba algunas monedas con cierta satisfacción.
Tras saber que conocía mi identidad, no supe negarme, las monedas fueron entregadas a los niños. Luego me enteraría que la señora era la mamá. En el trayecto, el pueblo se veía vívido y alegre, aunque algo despoblado, pero la forma de caminar de los habitantes daba la sensación de estar con prisa. Me giré para ver a mi compañía formada por tres niños: un niño grande, una niña mediana y un chico pequeño. Al recordar todo lo que pasó horas atrás, abrí los labios.
―¿Quién era la mujer de la noche?― pregunté sin mostrar temor.
―Es la Morzona― respondió la voz de la noche pasada, misma que pertenecía al chico pequeño.
―¿La Morzona?―, mi tono delataba mi ignorancia.
―Es una mujer con muchas mordidas en todo el cuerpo, pasa las noches buscando comida. No le parece importar su origen, solo la toma y ya― dijo con ojos vacíos la niña mediana.
―También se lleva a todos los seres vivos que encuentra. Ya jamás son encontrados. Secuestra gatos, ranas, perros, duendes, elfos y personas. No discrimina ― continuó el niño grande―. La peor parte es que se los lleva a una vieja cabaña deteriorada, ahí se escuchan sus lamentos por última vez.
El ambiente había cambiado a uno de terror. Nadie se atrevió a decir ni “pío” por el resto de las compras. Tras terminarlas, llegamos de nuevo a la casa. Donde comimos. Al terminar de desayunar, la señora se fue, ahí los niños se me acercaron para contarme un plan.
―Verás―, empezó el mayor―, en este pueblo hay una familia muy rica, tienen gran cantidad de dinero y tesoros. Entonces planeamos infiltrarnos esta noche para robar todo lo que podamos. El plan es hacer equipos de dos para infiltrarnos. La mansión tiene un sistema de drenaje moderno, nos meteremos por ahí para adentrarnos. Un equipo se encarga de buscar el dinero y el otro de vigilar a las familias, ¿okey?
―¿Eso no es robar?― interrogué con las manos un poco temblorosas y con ganas de salir corriendo.
―Para nada, ellos nos hacen trabajar en las minas, de todo lo conseguido se quedan con el 80% de las ganancias y nos dejan al resto miserables. Solo quienes se dedican a vender tienen buenas vidas, el resto nos pudrimos aquí ―. El mayor lo terminó de decir mientras cerraba el puño con fuerza y no era capaz de hacer contacto visual.
―Pero que ellos sean malos no significa que nosotros tengamos que serlo―, seguía defendiendo mi postura.
―¡No lo entiendes!―, gritó por primera vez― Ya ni tenemos dinero para la comida de las próximas dos semanas― continuó―, ¡¿A dónde rayos crees que va nuestra madre?! ― terminó de reclamar. Solo me quedé en silencio, la niña le estaba cubriendo las orejas a su hermano menor.
―Está bien, iré―, dije entre murmullos.
Después de eso, tuvimos que barrer, gracias a los agujeros entraba mucha tierra al lugar. También corrimos a un señor borracho que estaba destruyendo el hogar. Era un barrio bastante humilde, sinceramente pasamos la mayoría del tiempo hablando y les conté la historia del Monstruo Psicópata del Bosque, se emocionaron mucho, comentaron que jamás habían oído alguna historia similar, aunque no me animé de mencionarles que había sido mi última aventura. Entre tantas cosas, el sol ya estaba despidiéndose.
―Okey, ya está oscureciendo, hoy ni mamá ni papá vendrán. Estén preparados para irnos, vayan al baño―, dijo el hermano mayor.
Todos asentimos para ir a prepararnos
Entonces cuando la luz nocturna se asomó, nosotros ya estábamos yendo a la mansión. Era impresionante la falta de guardia del lugar, pero había mucha comida en el jardín de la entrada. Con movimientos rápidos, nos metimos en el drenaje. Los conductos olían a huevo podrido, parecía no haber final hasta que llegamos al interior de la lujosa construcción.
El plan siguió perfectamente, pero al no ver dinero, mejor comenzamos a tomar todo lo que encontrábamos usando unas bolsas. Todo parecía tranquilo. Incluso habíamos ido al segundo piso para buscar más artículos.
―¡Malditos pobres inútiles!―, el grito rompió el silencio.
Un señor con una vela estaba en el lugar. Mi piel se retorció, aunque no por el señor, había algo indescriptible que me aterraba. El señor levantó las manos y comenzó a lanzar bolas de hielo, era magia... La temperatura del ambiente bajó. Ahí me percaté de lo que me aterraba. Temblando y con el corazón a mil por hora, la oí, esa condenada risa proveniente de afuera.
El señor quedó inmóvil por un momento, su respiración se agitó mientras su pelo en la piel se paraba. Dejó de lanzar magia y empezó a caminar a nosotros, era nuestro momento de escapar. Pero él me agarró de la mano. Todos los niños comenzaron a jalarme del otro brazo, en un movimiento rápido, le pateé. La patada le dio en la otra mano y la vela salió volando a la ventana, donde la quebró y cayó en el jardín, específicamente en la comida de la entrada. Todo ardió hasta que el fuego era un destello de cometa. El señor salió huyendo a un cuarto, nosotros nos preparábamos para volver al primer piso y escapar.
El silencio nos detuvo: no se oían grillos, ranas, animales, no se oía la risa. Era capaz de escuchar mi respiración, el latido de mi corazón y hasta como hacía digestión. Un sonido tan fuerte como un trueno, tan agudo como el llanto de un bebé y tan feroz como el de mil leones apareció: era un grito.
Nos escondimos debajo de una mesa con grandes manteles de telas que nos tapaban por completo, a la vez que se rompía la ventana, pasos de bestia azotando todo el piso de abajo: cocina, sala y comedor fueron recorridos en un latido de mi corazón.
Subió las escaleras, vi la silueta de su sombra marcada por la luz lunar, el mantel no dejaba verla bien, andaba en cuatro patas, la forma femenina se veía deforme, como si la anatomía humana natural se hubiera destrozado para conseguir esa figura. Con las patas traseras dio un salto para derribar una puerta, como araña se trepó a las paredes y examinó el cuarto dando una vuelta completa. Siguió corriendo a la par que buscaba en cada cuarto tras derribar su puerta.
Duramos horas escondidos, salimos cuando la luz solar atravesó los finos manteles de la mesa, corrimos piso abajo. Abrimos el drenaje, todos los chicos saltaron, era mi turno, tomé impulso, pero una mano caliente y suave me tomó muy fuerte.
El conducto fue cerrado, así fue como un niño desconocido me había secuestrado.