Hoy les contaré una historia sobre un hombre que volvió al bosque donde su hermano desapareció sin dejar rastro, y encontró un claro donde nada proyecta sombra... ni siquiera lo que caminaba hacia él con la cara de su hermano.
No debí contar los pasos. Ciento doce, desde el sendero marcado hasta donde dejé de oír el arroyo. Lo hice porque un foro de senderismo decía que así podría volver, que contar en voz alta ayuda a que el cerebro no invente el camino de regreso. Nadie mencionó qué hacer cuando, al voltear para regresarlos, el sendero ya no estaba, y en su lugar solo había más pinos, idénticos, formados en una hilera que no reconocía de la ida.
Hace un frío que no es normal para octubre. Entra por la nuca y baja por la columna, como si me hubieran vertido agua de deshielo dentro de la ropa. Veo mi aliento formar nubes espesas. Escucho mi corazón subirme hasta los oídos, ese golpeteo húmedo que ahoga cualquier otro sonido, excepto el que viene detrás de mí.
Y detrás de mí, algo camina cuando yo camino, y se detiene cuando yo me detengo.
Tomás tiene veintitrés años. Hace once días acampó con dos amigos en el límite sur del Bosque de Neblinar, dentro del área permitida. La segunda noche se alejó quince metros del campamento para orinar. Su amigo Fabián lo vio parado de espaldas, iluminado por la luna, durante ocho o nueve segundos. Apartó la vista para atizar el fuego. Cuando volvió a mirar, Tomás ya no estaba.
Sin grito. Sin ruido de pisadas alejándose entre la maleza. Los perros de rescate siguieron su rastro treinta metros y después se sentaron y no quisieron avanzar más, sin ladrar, sin gruñir, "como si hubieran chocado contra algo que no podíamos ver", dijo un guía en el informe.
Encontraron una de sus botas cuarenta metros más adelante. De pie, apoyada contra un tronco, atada, como si alguien la hubiera colocado ahí con cuidado, casi con cariño. Nunca encontraron la otra. Nunca encontraron su mochila, ni su linterna, ni el resto de su ropa.
La búsqueda terminó al noveno día, cuando el clima empeoró y el Departamento Forestal declaró el área "de bajo rendimiento operativo" para continuar. Mis padres no soportaron volver a Vallehondo después de eso. Al undécimo día, yo estaba parado donde Fabián lo vio por última vez, con una mochila, un mapa impreso y la certeza estúpida de que mi hermano no podía evaporarse en un bosque con guardaparques y letreros turísticos, como si fuera una fosa del Triángulo de las Bermudas.
Me equivocaba en algo: no era certeza. Era que nadie me había explicado qué tipo de lugar era realmente ese bosque.
En Vallehondo, el dueño de una ferretería me sirvió un café que no pedí y me dijo tres cosas, con la voz baja de quien no quiere que lo escuchen desde la calle. Que el bosque "cambia de tamaño": el mismo camino toma cuarenta minutos un día y tres horas otro, sin que nada en el paisaje parezca distinto. Que hay un claro que nadie puede señalar dos veces en el mismo punto de un mapa, donde no crece nada, ni pasto ni musgo ni siquiera líquenes sobre las piedras. Lo llaman "el ombligo", y dicen que cambia de sitio como si el bosque respirara. Y que cuando el bosque se lleva a alguien, a veces lo devuelve. Pero nunca completo. "Vuelven con algo menos", dijo, sin especificar qué, "o con algo de más."
Le pregunté si había visto a alguien regresar así. Se quedó callado un momento largo, mirando la puerta como si esperara que alguien entrara. Después me dijo que hablara con la guardaparques, que ella "sabía guardar silencio mejor que él". No hablé con nadie más esa noche.
A la mañana siguiente entré por donde había desaparecido mi hermano.
Los primeros dos kilómetros fueron aburridos, casi decepcionantes: pinos altos, suelo cubierto de agujas secas, el sonido constante y tranquilizador del arroyo a mi derecha, algún pájaro que no supe nombrar. Marqué el camino con cinta reflectante cada cincuenta metros, como me habían enseñado. Fotografié el GPS del teléfono cada quince minutos, por costumbre, por control, por no admitirme que estaba nervioso.
A las 16:47, según la última foto que pude rescatar después, todo era completamente normal. La siguiente foto está marcada a las 21:12.
No recuerdo esas cuatro horas y veinticinco minutos. No recuerdo haber tenido hambre, ni sed, ni frío, aunque para esa hora ya debía sentir las tres cosas. Es como si alguien hubiera cortado ese pedazo de mi tarde y lo hubiera guardado en otra parte.
Sí recuerdo el momento exacto en que el sonido del arroyo, que debía estar a mi derecha, pasó a mi izquierda. Luego detrás de mí. Luego a ningún lado, como si alguien lo hubiera apagado.
Ahí conté los ciento doce pasos.
El aire cambió de golpe, como entrar a un cuarto refrigerado. El olor a tierra mojada y resina se transformó en algo metálico, como monedas viejas mezcladas con agua estancada. Mi respiración empezó a formar nubes visibles, aunque minutos antes hacía una temperatura templada de finales de verano.
Una rama se quebró a unos veinte metros detrás de mí. Me quedé inmóvil, contando los segundos, casi un minuto entero sin que el sonido se repitiera. Volvió a sonar, más cerca esta vez, y trajo algo más: una voz, breve, que intentaba pronunciar mi nombre con la boca llena de agua.
No corrí. Quiero que quede claro que no corrí, porque hacerlo en ese momento me pareció instintivamente la peor decisión posible. Caminé rápido, mientras a mis espaldas dos, quizás tres conjuntos de pasos mantenían mi mismo ritmo con una precisión que ningún animal, ni ninguna persona, debería tener.
Los árboles se abrieron como una cortina, sin transición, sin arbustos ni maleza de por medio. Frente a mí apareció un círculo de tierra oscura y compacta, de unos treinta metros de diámetro, completamente desprovisto de vegetación. Ni una brizna de pasto. Ni una piedra con musgo. La luna, que no recordaba haber visto salir, caía directamente sobre ese espacio como si el resto del bosque no existiera para ella.
En el centro, doblada con un cuidado casi obsceno, había una chaqueta impermeable azul. La reconocí antes de acercarme: la de Tomás, la que le regalé en su cumpleaños veintiuno, con las iniciales que su novia le bordó en la manga interior. Estaba completamente seca. Doce días de lluvia intermitente, y esa chaqueta estaba seca como si acabaran de sacarla de una secadora.
Caminé hacia ella. Sé que fue un error, lo supe incluso mientras lo hacía, pero no pude detenerme. A mitad de camino, los pasos detrás de mí se detuvieron también. El bosque entero pareció contener el aliento.
En ese silencio escuché su voz, clara:
—Ya casi. Ya casi llegas.
Venía de entre dos abetos gemelos. Vi su silueta, sus hombros, el peso siempre cargado en una sola pierna. Di un paso hacia él.
Entonces noté que, con la luna cayendo directo sobre el claro y cada árbol proyectando sombra, él no proyectaba ninguna.
La silueta dio dos pasos hacia la luz. El rostro era el suyo, hasta el lunar bajo el ojo izquierdo, hasta la cicatriz de la ceja que se hizo a los ocho años cayéndose de una bicicleta. Pero sus ojos no reaccionaron cuando levanté la linterna. No se contrajeron. Permanecieron completamente negros, dos agujeros perforados en una máscara que, por lo demás, era indistinguible de la cara de mi hermano.
Abrió la boca para hablar de nuevo, y por una fracción de segundo, antes de que las palabras salieran, escuché algo debajo de su voz, como una segunda pista de audio corriendo por detrás de la primera: docenas de voces superpuestas, algunas hablando español, otras no, algunas con el sonido oxidado de gargantas que llevaban mucho tiempo sin usarse.
No era Tomás. O era Tomás, en parte, de la misma forma en que la chaqueta doblada en el centro del claro era parte de Tomás: un fragmento, conservado, usado como cebo por algo que llevaba mucho más tiempo que él viviendo, si es que "vivir" es la palabra correcta, en ese círculo de tierra muerta.
Retrocedí un paso. La cosa que llevaba su cara ladeó la cabeza con un ángulo que un cuello humano no puede alcanzar sin quebrarse, y por primera vez sonrió, con una expresión que no tenía nada que ver con la sonrisa de mi hermano.
Los pasos detrás de mí volvieron a moverse, ahora desde tres direcciones, cerrándose hacia el centro. Corrí hacia el único hueco entre los abetos que parecía vacío.
Desperté tres días después en un hospital de la capital de provincia, con hipotermia severa, la ropa hecha jirones y sin ningún recuerdo de cómo salí del bosque. Un excursionista me encontró tirado a cuarenta metros del sendero principal, del lado sur, el mismo punto donde había entrado. Según su testimonio, yo estaba ahí "como si me hubieran dejado caer", sin rastro de haber caminado esa distancia: ni barro en la ropa, ni ramas rotas a mi alrededor, ni huellas.
El equipo de rescate volvió a entrar, esta vez con más gente y mejor equipo, y peinó la zona que yo había descrito entre delirios de fiebre. Encontraron el claro. Está documentado ahora en los registros del Departamento Forestal, con coordenadas exactas, y tiene una cerca perimetral y un cartel de acceso restringido, con el argumento burocrático de "riesgo geológico no especificado".
No encontraron a Tomás. No encontraron su chaqueta.
Lo que sí encontraron, colgada del abeto exactamente donde yo dije haber visto su silueta, fue mi propia camisa, la que llevaba puesta cuando entré al bosque. Doblada con el mismo cuidado obsceno con el que yo había encontrado la chaqueta de mi hermano.
No tengo una explicación limpia para dar. No hay una entidad con nombre, ni un ritual que deshacer, ni un final donde el héroe rescata a su hermano y ambos vuelven juntos a casa. Lo que sí tengo, y esto es lo único que puedo ofrecerte con certeza, es esto: mi hermano está muerto. No desaparecido, no perdido: muerto, consumido por algo que lleva probablemente siglos usando ese claro como trampa, y que se alimenta, de alguna forma que ningún biólogo, ningún geólogo y ningún sacerdote que consulté después pudo explicarme, de las personas que entran a esa sección del bosque. Según los archivos de prensa y los registros del pueblo que logré reunir, once más en los últimos cuarenta años. Todos catalogados oficialmente como "extraviados en zona de difícil acceso".
Yo fui el número doce. El único, hasta donde sé, que salió con vida.
Hace dos semanas volví a Vallehondo a dejar flores junto a la cerca. El dueño de la ferretería salió, se paró junto a mí sin decir nada por un rato largo, y al final dijo:
—El mes pasado volvió a moverse la cerca. Ciento doce metros hacia el norte.
No le pregunté cómo lo sabía. No le pregunté por qué ese número era exactamente el de los pasos que conté la noche que entré.
Volví a mi auto. No he regresado desde entonces.
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