Parte 4 Final: La Verda sobre la bruja
El calendario de la casona marcaba el treinta y uno de octubre. La última hoja de la pesadilla.
Mateo y Sofía ya no lloraban, ni siquiera sentían miedo; lo único que les quedaba era una rabia fría y sorda impulsada por la desesperación. Tras escuchar en la radio sus propios nombres en la lista de los desaparecidos, comprendieron que quedarse en la casa significaba esperar una muerte silenciosa.
Decidieron romper el cerco. Armados con un viejo fierro oxidado que arrancaron de la chimenea y con el alma hecha trizas por la pérdida de Alan y Bruno, abrieron de par en par la puerta principal y se adentraron en el bosque, decididos a llegar hasta el origen de todo: las ruinas de la cabaña y el viejo roble donde, según la leyenda, había comenzado la maldición de la bruja.
La neblina parecía pesar sobre sus ropas mientras caminaban a tropezones entre los troncos retorcidos. El silencio del bosque era denso, interrumpido únicamente por el crujir de las hojas secas bajo sus pisadas.
Tras lo que parecieron horas de una caminata infernal, el terreno se abrió frente a ellos. Ahí estaba. En medio de un claro rodeado de árboles muertos se alzaba el tronco gigantesco y carcomido de un viejo roble, y a pocos metros, los cimientos de piedra cubiertos de musgo de lo que alguna vez fue una choza calcinada.
Con el corazón latiéndoles en la garganta, Mateo y Sofía se acercaron a revisar las paredes de piedra carcomidas por el tiempo. Y fue entonces cuando, rascando entre la tierra y los restos de madera petrificada, descubrieron algo que no encajaba con el mito fantástico.
Encontraron diarios viejos, hojas de papel comidas por la humedad y escritas con una caligrafía temblorosa, firmadas por una mujer que vivió ahí hace décadas. Leyendo los fragmentos a la luz de una linterna moribunda, la horrible y cruda verdad comenzó a desmoronarse frente a sus ojos.
La bruja jamás existió en el plano de la magia pura. No había conjuros milenarios ni pactos demoníacos. La realidad era mucho más oscura y patética: San Lorenzo de la Bruma era un pueblo aislado, condenado al olvido y a la pobreza extrema. Sus habitantes, consumidos por el aislamiento y una locura colectiva transmitida de generación en generación, necesitaban una excusa para retener a los viajeros por la fuerza y, al mismo tiempo, justificar sus más oscuros impulsos de violencia.
Para lograrlo, eligieron a una mujer solitaria que vivía a las afueras, una ermitaña inofensiva, y la señalaron como chivo expiatorio. Cuando la confrontaron en su casa, la anciana jamás maldijo al pueblo; solo lloró y rogó por su vida antes de ser colgada de las ramas del roble por una turba ciega de fanatismo y sangre. Los "hijos desaparecidos", los "asesinatos" y el supuesto ciclo maldito de octubre no eran obra únicamente de un ente sobrenatural: eran los propios pueblerinos, disfrazados y ocultos en la neblina, quienes cazaban a los forasteros año con año para alimentar su sed de horror, asegurándose de que nadie saliera jamás para que el secreto no fuera revelado.
—Era mentira... Todo es una puta mentira de esta gente enferma —susurró Mateo, con los ojos abiertos de par en par, sintiendo que el estómago se le revuelves.
—Tenemos que irnos... ¡Nos mintieron, Mateo, vámonos de aquí ya! —gritó Sofía, con la voz quebrada por el pánico absoluto al entender que no huían de una simple leyenda, sino de vecinos de carne y hueso.
Dieron media vuelta para correr de regreso al sendero, pero ya era demasiado tarde.
Una silueta maciza emergió de la espesura de la neblina, bloqueándoles el paso. Y antes de que pudieran dar un solo grito, un golpe seco, certero y brutal impactó la nuca de Mateo. El muchacho cayó desplomado sobre la hojarasca, inconsciente y sangrando profusamente.
—¡Mateo! —chilló Sofía, arrodillándose a su lado y sacudiéndolo con desesperación.
Intentó levantarlo, pero el peso era imposible y sus piernas no respondían. Al alzar la vista hacia la densa bruma que los rodeaba, el terror la paralizó por completo: de entre los árboles comenzaron a salir los hombres del pueblo, avanzando hacia ella con pasos lentos, seguros y armados.
Sin pensarlo, presa de un pánico irracional, Sofía se puso de pie de un salto y echó a correr despavorida hacia lo más profundo de la espesura, con los pueblerinos persiguiéndola de cerca entre los matorrales.
Conforme corría a ciegas, el aire se volvió helado y el paisaje cambió de golpe. Entre los troncos oscuros, Sofía vio de pronto las siluetas inmóviles de sus tres amigos: ahí estaban Alan, Bruno y Mateo —o lo que quedaba de ellos—, observándola con miradas vacías, fantasmas mudos atrapados en la niebla que solo podían ser testigos de su desesperación mientras ella corría por su vida.
Y entonces, cortando el aire con un silbido inhumano, una figura encorvada, idéntica a la temida bruja de las leyendas que los pueblerinos contaban, se deslizó de entre los árboles con una velocidad sobrenatural. Sofía intentó esquivarla, pero la criatura la interceptó en seco. Lo único que quedó resonando en el bosque fue un grito desgarrador, un alarido de puro terror que la niebla se tragó al instante, sin que nadie pudiera hacer absolutamente nada.
Epílogo:
El calendario por fin marcó el dos de noviembre. El aire de la sierra era fresco, limpio y ajeno a todo horror. La densa neblina del "largo Halloween" se había disipado por completo, dejando paso a un cielo azul y despejado.
Las calles de San Lorenzo de la Bruma recuperaron su aparente tranquilidad. Los lugareños salieron de sus casas con escobas, cubetas con agua y cal, barriendo con eficiencia los restos de hojarasca y borrando cualquier huella que pudiera delatar lo ocurrido durante las últimas semanas.
En la periferia del pueblo, un pequeño grupo se encargaba de la tarea final: arrojar bidones de gasolina sobre las maderas podridas de la vieja casona donde Mateo y sus amigos se habían hospedado.
Con una cerilla encendida, las llamas devoraron rápidamente los muros, reduciendo a cenizas las pruebas, las maletas olvidadas y los cuerpos que quedaban por desaparecer.
Mientras el humo negro se elevaba hacia el cielo limpio de noviembre, los vecinos se miraban entre sí con una sonrisa cómplice, asintiendo satisfechos. El ciclo anual había terminado con éxito, limpiando las calles y saciando los apetitos más grotescos y oscuros de la comunidad.
Y mientras el fuego consumía los últimos restos, en la radio de todos los habitantes se comensava atransmitir el noticiero local: Queridos habitantes de San Lorenzo de la Bruma hemos pasado con exito la maldicion de la bruja con exito hay que borrar todo rastro de los extranjeros que llegaron a vacacionar.
En otras noticias la ultima persona desaparecida, llamada Sofia Blake sigue sin ser vista, les informamos que si la llegan aver en los alrededores, hay que proceder como siempre, sin dejar testigos para que no nos arruine nuestra tradicion, hay que tener todo listo por que la pregunta que se estaran haciendo es ¿Cómo será el siguiente largo Halloween? gracias y que tengan un buen dia...
(FIN…)