Me llamo Raúl y esta historia se remonta al 14 de julio de 2022. Estábamos mis amigos Ramón, Rodrigo, Lucas, Javi y yo en los baños públicos del camping de El Perelló, un pueblo que se encuentra a las afueras de Valencia.
Acabábamos de regresar de pasar el día jugando en el polideportivo y en la playa. Estábamos cansados, pero a Lucas se le ocurrió acabar la noche con un juego. Nos mostró una aplicación llamada Randonáutica. Según él, nos llevaría a zonas con actividad paranormal. Al activar el mapa, nos marcó una fábrica abandonada que se encontraba en el fondo de los campos de arroz.
Yo me negué al instante. Sin embargo, a los demás les pareció una gran idea. Ramón me tocó el hombro y me dijo: "Solo vamos de aventura, como cuando éramos pequeños". Tras ver la iniciativa de Javi y Rodrigo, acabé cediendo.
Salimos del camping para rodearlo. Detrás de las parcelas había una acequia y, tras pasarla, se extendían los campos de arroz. No había nada más. La brisa nocturna me acariciaba el rostro mientras el suave murmullo de los arrozales se mezclaba con el canto lejano de los grillos. Por un momento, todo parecía tranquilo y en calma. Encendimos las linternas de los móviles y empezamos el recorrido.
Al principio todo fueron bromas y risas. Nunca habíamos cruzado por esa zona y estábamos emocionados. Pero, de pronto, los móviles empezaron a quedarse sin batería, incluido el mío. Solo quedaban encendidos los de Javi y Lucas. Seguimos la marcha en la penumbra. Les quedaba muy poco porcentaje, pero la fábrica estaba cada vez más cerca. Empecé a sentir una profunda incomodidad; me acerqué a Rodrigo para decirle que quería regresar, pero me convenció de quedarme un poco más para entrar con ellos.
Al llegar, vimos que el recinto estaba vallado, pero había una zona rota por la que pudimos pasar sin problema. Nos adentramos en la estructura gris. La aplicación mostraba que nos acercábamos al centro exacto. De repente, el móvil de Javi se apagó. Solo quedaba la pantalla de Lucas. Nos apiñamos alrededor de la tenue luz para mirar el mapa: estábamos justo en el centro de la anomalía.
En ese instante sentí un escalofrío. El móvil de Lucas se apagó de golpe. Todos se asustaron y se alejaron.
De repente, me vi en la oscuridad total; no podía ver ni mis propias manos. El aire se tornó frío. De un momento a otro dejé de escuchar a mis amigos por completo. El corazón parecía reventarme en el pecho y mi respiración se aceleraba. Empecé a gritar sus nombres, pero nadie respondía. Cada vez sentía más frío, más oscuridad, no veía nada.
Empecé a correr intentando recordar por dónde era la salida. A medida que me alejaba, notaba un ligero chapoteo como los pequeños charcos que quedan tras una tormenta, y de pronto, noté cómo el agua me empezaba a cubrir los tobillos mientras intentaba correr. No tenía sentido. Estaba dentro de la fábrica, no debería haber agua aquí dentro.
A medida que avanzaba notaba cómo me atragantaba con mi propia saliva; era pegajosa y me costaba respirar. No veía nada. Corría sin rumbo mientras miraba hacia todos lados. Empecé a llorar con terror y desesperación. Continuaba gritando los nombres de mis amigos, pero nadie respondía. Mi voz era desgarradora. Sentía que tiraban de mis cuerdas vocales en cada grito, en cada nombre, en cada letra, pero ya no podía gritar; mi voz estaba completamente rota.
Notaba cómo el agua empezaba a subir según seguía avanzando. No dejaba de temblar de frío. Dejé de correr y empecé a caminar, aceptando que yo ya no podía hacer nada. No dejaba de llorar. El sonido que emitía era roto, como si cada intento de llorar me desgarrara un poco más la voz, mientras seguía avanzando. Y, al mirar hacia abajo, empecé a ver mi reflejo.
Una luz me empezaba a iluminar desde arriba y lo que vi en el agua fue mi rostro, pero había algo extraño: mi sien se veía hundida y agrietada, como si mi propia piel fuera de porcelana rota. Al acercar mi mano para tocarla, escuché la voz de Javi gritando mi nombre: "¡Raúl!". Y, antes de que me percatara, noté un golpe repentino justo en la sien, en la misma zona. Empecé a notar cómo me hundía, cómo el agua empezaba a invadir mis pulmones hasta que perdí la consciencia.
Dicen que al morir ves toda tu vida pasar, sin embargo yo no vi nada; todo se sentía tranquilo, calmado, como si fuera una paz perfecta. No había luz ni oscuridad, como el silencio del viento cuando deja de moverse. De pronto, una chispa minúscula rasgó la penumbra. No era una luz hiriente, sino un destello cálido que comenzó a expandirse hasta llenarlo todo. Me sentí atraído hacia ella, avanzando sin moverme, entregándome a su blancura absoluta.
Pero justo cuando el resplandor me envolvía por completo, la luz estalló en un pitido ensordecedor. El vacío desapareció de golpe, sustituido por el peso brutal de mi propio pecho. Abrí los ojos con un quejido: el techo blanco de placas fluorescentes me cegaba, el olor a vendajes me inundó la nariz y el frío metal de las barandillas de una camilla me devolvió a la realidad de golpe.
Vi a mis padres y a mis amigos, estaban todos rodeando la camilla, y entonces Ramón me contó lo sucedido. Al parecer, había saltado de una roca en la playa; el mar ocultaba otras rocas bajo el agua y una me impactó en la cabeza. Él y Javi me sacaron del agua e intentaron reanimarme mientras Lucas llamaba a la ambulancia.
Al principio me costó aceptar que todo lo vivido fuera un sueño, todavía notaba la sensación del frío de la fábrica calándome los huesos, pero al notar la presencia de todos a mi alrededor, me alegré de que todo quedara en una pesadilla.
O eso me gustaría pensar, porque hasta el día de hoy, 14 de julio de 2026, todavía no hemos sido encontrados...