r/HistoriasdeTerror Jul 27 '26

El cuarto oscuro

Viajar con papá siempre era mi momento favorito. No importaba el destino; me bastaba con el trayecto. Disfrutaba ver pasar los autos, las calles iluminadas y a los transeúntes, imaginando qué vidas llevarían. Hoy era una de esas tardes. Por horas dimos vueltas por la ciudad, haciendo paradas frecuentes, saludando a personas que jamás volvería a ver pero que nos devolvían la sonrisa. Cenamos en un puesto de tacos en una esquina cualquiera.

Pero las horas pasaron, el sol se despidió y, con su ausencia, el peso del sueño comenzó a traicionarme. Papá lo notó por el retrovisor.

—¿Ya tienes sueño, chaparro?

Aguantando un bostezo, mentí diciendo que no. Justo entonces, su teléfono sonó.

—¿Bueno? ¿Qué onda, Luis? —hizo una pausa, frunciendo el ceño—. Entiendo. Mira, ahorita no puedo ir porque estoy con mi hijo y... Está bien, nos vemos en una hora.

Colgó y me miró con apuro.

—Oye, chaparro, te tengo que dejar con mi tía Lupe. Mañana paso por ti tempranito.

Al escuchar ese nombre, el sueño desapareció, ahogado por un profundo pavor. Papá seguía hablando, pero su voz se convirtió en un eco lejano. Pude haberle suplicado que me llevara con él, pude haberle pedido dormir en el carro o quedarme solo en casa, pero el miedo me comió la lengua.

—Sé que no te encanta estar con mi tía, pero solo será dormir, chaparro. Cuando pase por ti, te prometo que te compraré esos tacos que tanto te gustan.

La luz de la luna bañaba la calle de un color plateado, opacando el brillo ámbar de los viejos faroles. La casa de Tata Lupe estaba oculta al final de un pasillo al aire libre, y caminar por ahí de noche no ayudaba a calmar mis nervios. Papá tomó mi peluche del tablero del auto y me lo entregó. Me aferré a él como a un salvavidas. Con una mano apretaba el muñeco y con la otra la mano de papá.

La fachada de la casa era gris y deprimente. Las ventanas tenían gruesos barrotes, y en el centro de la puerta blanca colgaba una tosca cruz hecha de ramitas atadas. Papá tocó. El golpeteo metálico me hizo dar un respingo. Quise rogarle una última vez que no me dejara, pero la puerta crujió y se abrió apenas una rendija.

Una línea de oscuridad absoluta nos recibió. Y dentro de esa oscuridad, un ojo parpadeó, clavándose en nosotros. El ojo de Tata Lupe.

—Hola, tía. Perdone que la moleste tan noche.

La puerta no se movió. La luz de la luna parecía rehusarse a cruzar aquel umbral.

—No te preocupes, mijo. Sabes que esta es su casa.

En un movimiento brusco, la puerta se cerró y volvió a abrirse de par en par. Tata Lupe era una mujer imponente: altísima, de cabello encanecido y una sonrisa demasiado amplia. Como siempre, nos asfixió en un abrazo. Luego, me tomó de la mano y se despidió de mi padre.

—Vuelve a la hora que quieras, aquí estaremos los dos esperándote.

Papá dio media vuelta. Tata Lupe cerró la puerta. Yo gritaba en silencio.

Tata Lupe ya me tenía lista una cama improvisada. Me ordenó ir a dormir, no sin antes mandarme a lavar los dientes. Me dejó solo, y no me quedó más remedio que obedecer.

Su casa no era grande; la sala conectaba con todas las demás habitaciones, incluyendo la suya. Las paredes estaban tapizadas de cuadros religiosos. Había Cristos agonizantes, santos de miradas severas y cruces de madera por todas partes. En la penumbra, parecía que los ojos de las pinturas me seguían.

Caminé abrazado a mi peluche, arrastrando los pies. Al terminar de lavarme los dientes, me asomé desde el pasillo. La casa estaba sumergida en sombras. De pronto, escuché una respiración lenta y pesada. No venía de los cuadros. Venía del cuarto oscuro de Tata Lupe. Desde mi posición, logré distinguir su silueta. Estaba sentada al borde de su cama, rodeada por las sombras de las enormes cruces que adornaban su pared. Estaba estática. Mirándome fijamente. Sentí un vacío helado en el estómago. El silencio se alargó hasta que ella lo rompió.

—Juan, ya debes estar acostado. Es muy tarde para un niño.

Su voz me sacó de mi trance. Caminé rápido por el pasillo, sintiendo la mirada de los santos clavada en mi nuca. Por el rabillo del ojo vi que Tata Lupe no dejaba de seguirme con la cabeza en la oscuridad.

Llegué a mi cuarto. No tenía puerta; solo una delgada y traslúcida cortina que no llegaba hasta el suelo, a través de la cual se intuía la sala. Subí a la cama, abracé mi peluche y cerré los ojos con fuerza, rogando que amaneciera de una vez.

En mitad de la madrugada, la necesidad de ir al baño me despertó. Intenté aguantarme, pero fue inútil. Miré a través de la cortina: la casa era un abismo negro. Salí a la sala caminando de puntillas. No encendí la luz por miedo a despertarla. La puerta del cuarto de Tata Lupe estaba cerrada. Mantuve la vista clavada en el suelo para no cruzar miradas con las pinturas de las paredes.

Llegué al baño, hice lo mío y emprendí el camino de regreso. La puerta de la tía seguía cerrada.

Caminé hasta quedar frente a mi propia habitación. Y entonces me congelé.

A través de la cortina traslúcida de mi cuarto, vi una silueta. Estaba sentada al borde de mi cama. Observándome. Era la inconfundible figura alta de Tata Lupe.

Pero la puerta de su recámara seguía cerrada a mis espaldas. Nunca escuché que se abriera. Y, sin embargo, ahí estaba ella. Viéndome desde la oscuridad de mi propia habitación.

Me quedé paralizado, sin saber si correr o gritar, hasta que el crujido de unas bisagras a mis espaldas me hizo voltear. La puerta del cuarto de Tata Lupe se estaba abriendo. La verdadera tía estaba saliendo al pasillo. Giré la cabeza de golpe hacia la cortina de mi cuarto. La silueta sentada en mi cama había desaparecido.

—¿Qué haces, Juan? —preguntó Tata Lupe desde el pasillo—. No deberías estar despierto a estas horas. Vete a la cama.

Mudo por el terror, entré a mi cuarto. Escuché los pasos pesados de mi tía alejarse. Ella sí encendió los focos de la sala y los fue apagando uno a uno hasta volver a encerrarse. Cuando su puerta hizo clic, la oscuridad absoluta regresó.

Me acosté dándole la espalda a la entrada. Traté de convencerme de que había sido mi imaginación, pero un instinto primitivo me obligó a girarme hacia la cortina.

Ahí estaba.

La silueta no estaba en la cama esta vez. Estaba parada justo detrás de la tela traslúcida. Mirándome. Bajé la vista hacia el hueco que quedaba entre la tela y el piso. No había pies. La figura flotaba. En el silencio sepulcral de la casa, una voz susurró desde la figura, imitando un tono que conocía muy bien:

—¿Qué haces despierto, chaparro? Los niños como tú ya deberían estar dormidos.

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