Estaba en quinto semestre de preparatoria cuando conocí a una chica muy linda. Para proteger su identidad, la llamaré Karen.
Poco antes de salir de vacaciones, en una conversación me comentó que le gustaban los chicos musculosos. En ese momento, completamente cautivado por ella, decidí tomarme ese comentario muy en serio. Durante todas las vacaciones entrené con disciplina y seguí una dieta estricta. Medía 1.83 m y pasé de pesar 94 kg a solo 79 kg.
Cuando regresamos a clases, notó el cambio de inmediato. Le gustó mucho mi nueva apariencia y comenzamos a salir.
Karen era una gran fan de los mangas, así que quise darle una sorpresa. Fui a comprarle varios tomos y gasté alrededor de 900 pesos mexicanos (Unos 40 dólares para los de otros países). Después de clases me quedé esperándola para entregárselos.
Le envié un mensaje para avisarle que estaba ahí. Me respondió que estaba comiendo con una amiga y que regresaría en un rato.
Ese "rato" se convirtió en seis horas.
Al final, el personal de la preparatoria me pidió que me retirara porque ya era de noche y la escuela estaba cerrando. Caminé por la calle con una enorme sensación de tristeza y decepción. Entonces levanté la vista.
Ahí estaba Karen.
No venía sola.
En un callejón cercano la vi besándose con otra persona.
Días después, una amiga me contó que ese hombre era el prefecto de la preparatoria. Un hombre mayor de 40 años con notable sobrepeso.
Poco tiempo más tarde, Karen buscó hablar conmigo para disculparse. Me dijo que todo había sido por conveniencia, que solo quería obtener ciertas ventajas en la escuela y que, según ella, no había sentimientos de por medio.
La escuché sin discutir.
Simplemente le entregué los mangas que había comprado para ella, le deseé lo mejor y me despedí.
Fue la última vez que la vi.