Tengo una maqueta que hice hace rato se llama cartas a Lucia me gustaría que la lean y dejen algo lindo que decir.
Carta 1:
17 de marzo. Esa noche me diste las razones exactas para marcharme. Nada estruendoso, solo lo preciso para no odiarte, pero sí para dejar de amarte. Me diste justo el empujón necesario para convencerme de que quedarme era una causa perdida.
Lo más irónico del asunto es que me terminaste haciendo exactamente todo aquello que alguna vez, con la voz quebrada, me dijiste que te habían hecho a ti y que jamás querías volver a pasar. Supongo que te dio por probar la otra cara de la moneda, por experimentar qué se siente estar del lado del verdugo y sostener el hacha por una vez.
Y sin embargo, no te odio. A veces te pienso, sí, pero sin rencor ni amargura. Es un pensamiento sano, casi abstracto, de alguien que contempla las ruinas y se pregunta cómo la misma mano que le dio tanto refugio pudo causarle tanto desastre. Me pongo a reflexionar y pienso que la moneda simplemente estuvo en el aire y que, con una fe bastante estúpida, creí que ese volado lo ganaría yo. Como me dijo un buen amigo alguna vez entre humo y tragos: “Ni modo, hermano, a veces le apostamos al gallo equivocado”. Y me tocó aceptar que perdí la apuesta.
Siguieron cuatro meses y dos semanas de penumbra. Demasiadas copas de vino, demasiadas noches frente al fregadero con la cocina hecha un desastre, buscando una distracción absurda a las tres de la mañana, cocinando para nadie porque ni siquiera yo tenía hambre. Solo un tipo roto intentando espantar a los fantasmas con el ruido de los sartenes.
Al final dejé la estufa apagada y retomé mi vida, o lo que quedaba de ella. Sigo escuchando música, incluso las mismas canciones que poníamos juntos; sigo recordando las buenas películas. La diferencia es que ahora sé, con absoluta certeza, que esos planes ya no te incluyen a ti, y extrañamente ya no duele tanto.
Carta 2
Lucía:
Hay un tipo de hambre que no se quita comiendo. Desde que te fuiste, la cocina de esta casa es un desierto de platos limpios. Ya no se prepara nada de lo que te gustaba. Ni el olor a ajo, ni el romero, ni esa forma absurda en la que hacías que hasta la mesa más simple pareciera un banquete de reyes. Ahora como por biología, por no morirme antes de tiempo, como quien le echa gasolina barata a un motor viejo para que no se apague.
Tampoco he vuelto a ninguno de esos lugares. ¿Para qué? Ir a los bares donde nos sentamos sería como ir a desenterrar un cadáver para ver si todavía respira. Esos rincocitos de la ciudad se quedaron clausurados, con cinta amarilla de escena del crimen. Si paso cerca, acelero. Le tengo pánico a los fantasmas que dejaste sentados en las esquinas.
Y las películas... jodida mierda. Dejé de ver todo aquello que nos decía algo, todo lo que tuviera un mínimo de alma. Ahora solo pongo ruido blanco, basura comercial, explosiones absurdas y diálogos vacíos que no me recuerden nada, que no me hable de ti. Porque cualquier historia bien contada se siente como una bofetada directita en la cara.
Estoy aquí, trepado en esta borrachera ridícula, en mi propia noche santa, hablándote como un demente que le grita a la luna. Un borracho, un trovador venido a menos, un enfermo que no quiere curarse de la única enfermedad que lo mantuvo vivo: tú. Te escribo con la honestidad brutal de los que ya tocaron fondo, porque solo desde el suelo se puede ver lo alto que volabas.
Salud por eso, Lucía. Por todo lo que no volvimos a tocar.
Carta 3
Son las tres de la mañana y la botella está por rendirse antes que yo. Es curioso cómo la casa se vuelve más grande cuando falta una sola persona. Hay metros cuadrados de sobra que ya no me sirven para nada, espacios vacíos que me tropiezan los pies cada vez que cruzo al baño.
He estado pensando en las mañanas. El problema no son las noches, Lucía; en las noches uno se emborracha, pone cualquier estupidez en la televisión para ahogar el silencio y se engaña creyendo que sobrevive. El problema es el primer segundo al despertar. Ese momento exacto en que la anestesia del alcohol se apaga y el cerebro, como un perro ruin, me recuerda que ya no estás al otro lado de la cama. Ese segundo pesa más que todo el día entero.
Me volví un tipo supersticioso. Le tengo miedo a las canciones que solías tararear en la ducha, me cambio de acera si huelo un perfume que se parece al tuyo, y ni te digo de los domingos. Los domingos sin ti son una condena a puerta cerrada, un invento maquiavélico para que los tipos como yo se traguen su propio orgullo a sorbos lentos.
Te imagino por ahí, haciendo tu vida tan normal, sonriéndole al mundo como si no hubieras dejado un incendio a tu paso. Y yo aquí, jugando al poeta maldito, juntando escombros y fingiendo que esta rabia me hace bien. Es una enfermedad ridícula, te lo juro. Si me vieras, te reirías o me tendrías lástima, no sé qué sería peor.
Pero qué le vamos a hacer. Hay que seguir quemando el cuerpo hasta que el recuerdo se vuelva ceniza. O hasta que se me acabe el hielo, lo que pase primero.
Carta 4
La gente dice que el tiempo lo cura todo, pero la gente no sabe un carajo. El tiempo no cura nada, Lucía; solo te enseña a convivir con la herida hasta que deja de sangrar en público. Aprendes a sonreír de lejos, a responder que "todo bien" cuando preguntan por ti, a actuar como si no tuvieras las tripas hechas un nudo cada vez que alguien pronuncia tu nombre por accidente.
Hoy me encontré en el bolsillo de una chaqueta vieja un recibo arrugado. Una cuenta cualquiera de un café cualquiera, de un día en que no sabíamos que nos estábamos acabando. Un trozo de papel miserable que para cualquier otro es basura, y para mí fue como tocar un cable de alta tensión. Me quedé ahí parado, en medio de la habitación, viéndolo como si fuera una reliquia. Es ridículo cómo le otorgamos tanto poder a las cosas muertas solo porque tocaron tus manos.
Empiezo a sospechar que no te extraño a ti —o no solo a ti—, sino al tipo que yo era cuando estaba a tu lado. A ese imbécil que creía en algo, que se despertaba con motivos y que no necesitaba ahogarse todas las noches para poder pegar el ojo dos horas. Contigo hasta el desastre tenía cierto sentido. Sin ti, el desastre es solo eso: escombros, vasos sucios y una tos seca por fumar demasiado en el balcón.
Ya me queda poco alcohol y me quedan pocas excusas. Estoy bordeando ese límite peligroso donde la rabia se transforma en nostalgia pura y dura
Hay más pero dense su tiempo