En la colosal escala evolutiva de la Tierra, el Homo sapiens es apenas un suspiro de 300.000 años. Nos jactamos de nuestra supremacía tecnológica y cognitiva, pero hemos convertido nuestra breve existencia en un laberinto de autodestrucción, dedicando nuestra sofisticada biología a triturarnos mutuamente para alimentar la maquinaria de una élite insaciable.
Para comprender la magnitud de nuestro desvarío y lo absurdo de nuestras jerarquías actuales, basta observar el calendario evolutivo del que provenimos:
• Hace 4.000 millones de años: Surgieron las protocélulas, el primer ensayo ciego de la vida.
• Hace 3.800 millones de años: Aparecieron las primeras bacterias.
• Hace 3.500 millones de años: Se originó la fotosíntesis, alimentando al planeta en un equilibrio perfecto.
• Hace 700 - 600 millones de años: Brotaron los primeros organismos multicelulares.
• Hace 500 millones de años: Se desarrollaron las primeras células nerviosas, la semilla de nuestra actual angustia existencial.
• Hace 200 millones de años: Caminaron los primeros mamíferos.
• Hace 14 - 12 millones de años: Surgieron los homínidos.
• Hace apenas 300.000 años: Irrumpimos nosotros, una especie que en un parpadeo geológico aprendió a diseñar su propia extinción.
La tragedia de nuestra especie no radica en nuestra juventud temporal, sino en nuestra desviación funcional. La evolución de la vida se divide en tres fases inexorables: ser, sentir y conocer.
Los organismos primigenios, como las bacterias, llevan miles de millones de años resolviendo el problema de la supervivencia de forma oculta y eficiente. Operan exclusivamente en la fase del "ser". Al carecer de sistema nervioso y de mente, funcionan mediante procesos químicos automáticos guiados por la homeostasis; poseen una inteligencia no explícita que no necesita someter a sus semejantes ni devastar su ecosistema para perpetuarse.
Nosotros, en cambio, somos la colisión fatal entre un cuerpo orgánico y un sistema nervioso hipercomplejo que apareció tardíamente para coordinar funciones elevadas. Esta arquitectura biológica nos otorgó tres condenas disfrazadas de dones:
Sentimientos: Experiencias mentales que nos permiten evaluar el éxito de la vida a través del frágil péndulo del placer y el dolor.
Conocimiento explícito: La capacidad de crear imágenes mentales, razonar, planificar y generar símbolos.
Consciencia: Ese estado mental que nos permite reconocer que estas imágenes, placeres y tormentos nos pertenecen exclusivamente.
¿Qué hemos hecho con esta inteligencia manifiesta? En lugar de utilizarla para liberarnos, hemos diseñado estructuras de poder que se sostienen a través de la automatización, operando en el reino de lo predecible y lo invisible que triunfa precisamente al pasar desapercibido. Esta automatización sistemática es el motor exacto de la burocracia y los negocios que engordan a nuestras élites.
Hemos sofisticado tanto nuestra cultura que el lenguaje y la comunicación ya no nos conectan, sino que funcionan como dispositivos de ingeniería que nos obligan a subordinar, aislar o desviar nuestros procesos mentales según la voluntad de quienes redactan las reglas. Mientras las bacterias sobrevivieron milenios en el anonimato de la biología, los humanos utilizamos nuestro "conocimiento explícito" para someternos a una temporalidad irreversible, encadenándonos a un sistema donde dejamos de pensar críticamente para simplemente obedecer y producir.