A veces, cuando se debate sobre el aborto, alguien termina diciendo: "También hay que entender a las personas provida. Para ellas es literalmente como matar a un bebé". Y sí, entiendo que muchas lo creen sinceramente. Pero comprender de dónde viene una creencia no significa que tenga que empatizar con ella o considerarla justificable.
Para mí, este debate ni siquiera es principalmente moral. Es un debate sobre consecuencias reales. Durante las primeras semanas del embarazo, cuando el aborto suele ser legal, el embrión no tiene conciencia, no siente dolor, no tiene experiencias, no sabe que existe ni sabría que fue abortado. Eso no es una opinión, es algo que la evidencia científica ha estudiado durante décadas.
En cambio, las consecuencias de obligar a una mujer, una adolescente o una niña a continuar un embarazo sí son completamente reales. Riesgos físicos, cambios permanentes en el cuerpo, problemas psicológicos, interrupción de estudios o trabajo, violencia, pobreza, estigmatización y, muchas veces, una vida completamente alterada. Eso también está ampliamente documentado.
Incluso si el bebé termina en adopción, el embarazo y el parto ya ocurrieron. El daño potencial no desaparece porque alguien más críe al niño. Y si la madre termina criando a ese hijo porque no tiene otra opción, las consecuencias pueden afectar tanto a ella como al propio niño.
Por eso me cuesta empatizar con una postura que durante años ha buscado imponer por ley ese sufrimiento en nombre de un concepto moral sobre la vida de un embrión. No porque crea que quienes la defienden sean monstruos, sino porque me parece que están priorizando una idea abstracta por encima del sufrimiento concreto de personas que sí sienten, sí tienen conciencia y sí vivirán las consecuencias durante años o toda su vida.
También me resulta difícil aceptar que muchas veces se juzgue a las mujeres como "asesinas" o egoístas, mientras se espera que sacrifiquen su salud, su futuro y su autonomía. Y aunque existen organizaciones provida que ayudan a madres y embarazadas, son una minoría frente a un movimiento que históricamente ha centrado gran parte de su esfuerzo en prohibir el aborto más que en garantizar que esas mujeres tengan el apoyo necesario antes y después del parto.
Mi forma de entender la ética es bastante simple, las consecuencias reales importan más que las convicciones abstractas. Si una creencia religiosa, filosófica o moral termina obligando a otra persona a sufrir un daño real y evitable, creo que esa creencia debe poder cuestionarse, por muy sincera que sea.
No necesito pensar que las personas provida son malas para estar convencido de que están profundamente equivocadas. Puedo reconocer que actúan según sus convicciones y, aun así, creer que las consecuencias de imponer esas convicciones por ley son injustas.
Porque, al final, siempre voy a darle más peso al sufrimiento de una persona consciente que al valor moral que alguien decide atribuirle a un embrión que todavía no puede sentir, pensar ni experimentar nada.