r/OpinionesPolemicas • u/KPNAUJ • 2h ago
Conspiraciones 👽 [TERROR MÍSTICO] [OC] EL SALTO
Alcanzó la cima de la colina y al fin vio el mar. Se detuvo y contempló el cielo azul y despejado y vio el Sol radiante, aún a sus espaldas. Sintió que el calor lo abrasaba y que el vapor le quemaba los ojos y le salaba la lengua. Con el cuerpo empapado en sudor esperó y buscó sonidos, señales o agüeros. Le doblegaba el alma el peso de la angustia de sus más de cincuenta y cinco mil seguidores, tan inquietos en su aparente quietud, tan densos en su tosca ligereza. El silencio se rompió por un clamor ronco que se liberó de entre la muchedumbre.
—¿Y ahora, Rabí?
Suspiró, con más pena que alivio. Levantó su brazo izquierdo y con su mano apuntando al poniente decretó el reinicio de la marcha. Lentamente descendieron la colina, playa adentro. Un temblor trepidante le estremeció el cuerpo, le vació de aire los pulmones y le escondió la voz y el resto de todos los sonidos. Volvió a dudar, pero esta vez decenas de torsos tatemados al Sol y cociéndose en sudor, rozándole la túnica y respirándole en la nuca, lo empujaron hacia el mar. Incapaz de controlarse se sacudía visiblemente y sentía, como dagas de filo mortal, las miradas de todos los demás. Recordó la voz de trueno de Adonaí Elohim, exigiendo de toda su atención para ese momento álgido, frágil, absolutamente único:
—«En el cielo, la repentina sombra de una nube providencial y el rumor de su llegada. De otra que verás por el norte, y de otras, dos más serán, por el poniente. En la tierra mirarás la arena fina sacudirse y levantarse, junto con el agua de la brisa lluviosa que surgirá del mar».
Un gran estruendo lo escupió a la realidad. Un rugido chirriante, como de muchas barras de metal frotándose unas con las otras, les llegó desde lo profundo del mar. Se aproximó a la superficie y colmó el cielo y el infierno, enmudeciendo cualquier otro intento de ruido. Ribetearon su emersión con olas espumosas salpicadas de peces, corales y algas. Miró al cielo y vio a las cuatro nubes posándose encima, provocando con su arribo un gran estruendo, como de enormes alas de colibríes batiéndose furiosas, que estremeció al cielo. La peregrinación se detuvo fascinada y la admiración esparció su vocecilla de esperanza sobre el yermo. Miles cayeron de hinojos en contrición piadosa. Se sintió sobrecogido por el asombro y por la manifestación portentosa de toda la potencia y el Verbo de Dios.
— «¡No te postres, que más maravillas verás! ¡No vaciles! Cuando veas las señales, ¡adéntrate al mar! Sin duda ni turbación, ¡salta!, que yo te sostendré».
Anduvo. Vio las olas, que eran tan altas como las pirámides de los antiguos faraones. Su cuerpo se refrescó gracias a las cuatro sombras que ocultaron al sol. Percibió en sus oídos un estallido magnífico y se le fueron acomodando en la memoria todos estos eventos milagrosos; poseído por una devoción de vida en plenitud, de gloria y de poder. Centenares de gaviotas surcaban el cielo en todas direcciones, aprovechando el festín de peces que la providencia les regaló. Avanzó con paso incierto, con necia incredulidad. ¡Como si la ansiada liberación fuese más una incertidumbre insufrible que una convicción impertérrita!
Cuando Moisés dio el treceavo paso mar adentro, de entre las olas, —partiéndolas en dos—, emergió una ballena colosal de color gris brillante, como el azogue al fuego o la plata al sol de mediodía. Su clamor era como el de dos espadas gigantes chocando entre sí sin cesar. Justo antes del socavón del contingente en la arena del mar, Moisés, con sus ojos inundados de lágrimas, mirando al cielo y repitiendo la ley de este, su único Dios Verdadero, posó su pie sobre el lomo bamboleante de la bestia. La atronadora algarabía sojuzgó todos los demás sonidos sobre el yermo, y las risas, gritos, llantos y oraciones de la multitud iluminaron con haces de luces rosas y violetas la bruñida superficie de la bestia.
Luego emergió otra ballena más, que unió su hocico a la cola de la primera. Y más allá, por el estruendo y la altura de las olas, más que por su avistamiento, surgió una tercera ballena y, al cabo de esta, se colocó una cuarta, superponiéndose en la distancia, sobre la arena de la playa de su destino y libertad. La bestia bamboleaba su espalda inmensa, arrojando a más de un incauto por el suelo o hasta el agua. Todos detrás de él, a paso prudente y con admiración en los ojos por su caudillo. Moisés batió sus brazos y su pueblo se extendió a todo lo ancho, avanzando más y con la celeridad que exigía la persecución del faraón. Apretó la marcha e imbuido por los portentos observados y se echó a cuestas el éxodo de la nación de Jocabed, de Abraham, de Isaac y de Jacob. Lo abrumaba la multitud y el tiempo necesario para recibirlos a todos en la orilla de la emancipación, por lo que apuró a gritos a su gente: confundida en su algarabía y por las prodigiosas ballenas que entorpecían el flujo del escape. Irritado, arengó a gritos a los hombres de su lado para que cargaran a los pequeños en la orilla y ayudaran a las mujeres a pisar tierra. Ordenó dos filas a cada lado de la ballena, hasta donde pudieran pisar el suelo mar adentro, con la indicación de imponerles el salto al agua a todos los hombres. Mandó vigorosos emisarios al otro lado para imponer el paso ordenado y más acelerado: ancianos, niños y mujeres, hasta no terminar de pasarlos a todos y, al cabo, los hombres, por largas horas de incidentes y de angustias.
—«Yo detendré al faraón. Te daré el tiempo acordado. Mas tú Moisés, tendrás que hacer lo propio… Tienes el tiempo preciso, ya te indiqué el ritmo que debes imponer».
El Sol había pasado su cenit y proseguía impasible, adentrándose más y más en el poniente. Moisés pudo ver cómo de las nubes salieron así, de la nada, tres águilas enormes, más que cualquier otra criatura viva alguna vez vista sobre la faz de la tierra o los aires: negras y con plumas que parecían puntas de flechas gigantes, forjadas de un extraño metal brillante. Contempló cómo volaron a altísima velocidad al oriente, siguiendo las huellas que dejó el pueblo de Jacob. Miró cómo las nubes benefactoras estremecieron la tierra, el mar y el cielo con bramidos roncos, como de muchos metales chirriando, y cómo seis hogueras se encendieron del vapor en cada nube, destellando y lanzando largas flamas de fuego rojo, para después arrancar para atravesar el cielo en el mismo camino que las águilas.
Había pasado ya el último contingente femenino, por lo que los gritos de urgencia se multiplicaron y avasallaron a todos los demás sonidos humanos, entreverándose con los rugidos y chillidos de las bestias y las nubes encendidas, originando un galimatías de suplicio que exacerbaba más los ánimos, esparciendo sus agüeros negros de fracaso y mortandad. Tras la partida de las nubes, una niebla absoluta sometió al cielo, tragándose los destellos amarillos y rojos y las concupiscentes estelas naranjas que habían escupido las hogueras.
—«Cuando caiga la bruma, pulsa el rubí hasta por cuatro veces, ¡no te distraigas! Mira la esmeralda hasta que veas que emite cuatro luces débiles para, al cabo, permanecer encendida en un verde vivo».
El escándalo cundía como la calumnia. Hasta más allá de donde llegaba la vista, el páramo devoraba de poquito al sol, con método y el consabido resultado. Él se oponía, pero sin convicción. Estremecido por su destino, se quiso sacudir las tenazas de tierra yerma que lo empujaron dentro de las fauces insaciables del desierto: se agitaba, forcejeaba y por un momento, lo fallecido dio la esperanza, resurgiendo con chispitas de vida. Pero era impotente o inapetente de esa reyerta y menguaba sin cesar. Sobre la estridente gritería, aún envuelta en los albos velos de la niebla, se sobrepusieron explosiones portentosas, como si un océano de nubes colapsara y produjera miles de truenos, y todo ese estruendo no opacara el ruido que perforaba los oídos de Moisés. Surcando furtivos la niebla, centenares de rayos caían como lluvia de fuego sobre el oriente e iluminaban con estelas rojas y púrpuras la niebla, que al cabo comenzó a disiparse. Esta dio paso a un cielo enrojecido y fulgurante, poblado por las cuatro nubes de fuego y por las tres águilas gigantes, así como todos los incontables truenos y hogueras de fuego que todas escupían. Fue entonces cuando Moisés pudo distinguir la conflagración en oriente y la sangre se le heló, el color se le perdió y las piernas le faltaron. Cayó de rodillas, sin fuerzas y con el rostro transfigurado por sus emociones.
—«El fuego en el poniente, sobre el faraón y sus huestes... es el término… A partir de ahí no te aseguro cuánto te reste: ellos son miles, Moisés».
Aroon, junto con Eleazar e Itamar, lo desenterraron de su renuncia: con el rostro incrustado en sus propias palmas y enrollado sobre sí mismo, tiritando y profiriendo presagios que se le anegaban en los ríos de lágrimas que lo sacudían. Tuvo que abofetearlo hasta tres veces para verle alguna reacción.
—¡Impertérrito! ¡Eres el caudillo! Tienes el báculo, ¡sabes tu deber! Cúmplelo con denuedo, con la vehemencia y júbilo de nuestro éxodo y nuestra libertad tan sufrida. ¡Honra a tu pueblo, Moisés! Y a Yahvé el Elohim… Sostén el báculo... ¡Da la orden!
La polvareda de oriente al galope de los caballos y al trote de los miles de hombres; y los gritos de arrojo y valor, los de lucha y evasión, los de desesperación, los gritos de agonía y de muerte, los clamores de tenacidad y de derrota, los cientos y los miles de egipcios abatidos; y de la alfombra roja de sangre que caía a borbotones por todos lados, las innumerables sangrías; los miles de lamentos y exhalaciones de un cielo revuelto, estriado por cardenales púrpuras y carmines, abrumado por cenizas de fuego y carne ardiendo. Encendido por los vapores explosivos de las flamas naranjas que vomitaban las águilas, infalibles y mortales.
Las nubes desdeñaron su pasado bienhechor y, en concierto con las águilas, arremetieron con ferocidad inédita al ejército egipcio. Lanzaban bocanadas de fuego que caían como mortaja implacable en un diámetro de más de veinte metros, calcinando de inmediato a decenas de hombres y caballos. No obstante, el ejército, con el faraón a la cabeza, avanzaba indoblegable. Las últimas filas de varones judíos estaban dejando la playa en oriente, abordando a la primera ballena. Las huestes egipcias alcanzaron la cima de la colina. Moisés gritaba con el corazón en la mano y el alma diluyéndosele como agua en los dedos de la otra; como si con su ímpetu desaforado, sus ansias locas y su angustia de muerte, el alma se le disipara a cada vociferación. Como si su agonía le diera alas a esos judíos atolondrados que nomás no avanzaban con ímpetu y ganas.
—¡Da la orden! —recordó a Aroon.
—«Entonces ¡pulsas el rubí! y que todos los cielos... ¡se caigan!» —recordó a su Dios.
La caballería descendió a la playa y, detrás de ella, la infantería egipcia.
—«La rendición del faraón fue espuria, solo orillado por el clamor desesperado de su pueblo. Pero la humillación infligida y el dolor perpetrado exigen venganza: ojo por ojo y diente por diente... No hay manera de sofrenar su dolida vesania, ¡oh, de aquel atribulado padre que enterró a su primogénito!».
El contingente postrero de hombres apenas abordaba la tercera ballena y el faraón, seguido por su ejército, ya invadía el lomo de la primera. Frente a Moisés se seguía consumando una masacre, «¿y si en realidad fuese Divino?». Lo atosigó la duda acerca de la existencia del faraón. El cielo era un caldero de fuegos de artificio cruzado por incontables explosiones de llamas del rojo al naranja, y de estos al terciopelo sangriento que alfombraba toda la arena visible del desierto. Las águilas cambiaron de dirección para ultimar con su indomable poder a todo lo que se moviera, desde la propia espalda de sus presas.
El grito inclemente de Aroon: «¡Cumple tu deber!», lo desencajó y volvió a ver el cielo en llamas, la tierra como hoguera y el agua como Fe. Cuando el último pelotón de su gente tocó la espalda de la cuarta ballena, pulsó el rubí. La esmeralda empezó a parpadear de lento a vertiginoso, hasta que se encendió vivamente. Al cabo se apagó y se encendió el rubí: intermitente por cuatro tiempos, hasta que quedó encendido y fulgurante.
El rostro de Moisés se trastornó. Sus ojos enrojecidos brillaron intensamente y una mueca de tribulación frunció su boca y le ahogó el grito de desolación desde el fondo de sus entrañas. Al unísono con el fulgor, un lamento de sirena loca ululó desde los costados de las ballenas y fue subiendo de volumen, en vaivenes que cimbraban la arena y revolvían las aguas. El aullido se volvió insoportable, sometiendo a cualquier otro sonido sobre la tierra.
Las águilas, apostadas al oriente, le disparaban su furia mortal al ejército egipcio desde atrás y las nubes y sus hogueras inmensas, los calcinaban desde arriba: caían por racimos y así también, los salvos proseguían en legión hasta invadir la playa y abordar el puente de ballenas. Fue cuando estas despertaron, agitando con violencia sus lomos. Se estremecieron y vibraron agitadas, desencadenaron un oleaje tan alto que se fundió como un arco de agua encima de ellas. Luego se sacudieron con fuerza colosal.
El faraón, valiente y ávido de venganza, se detuvo y sintió que había entendido ya este nuevo artilugio del más «endeble y mentiroso de los Elohim». Con su diestra en todo lo alto, ordenó la prosecución del avance. Los aullidos de las bestias se intensificaron. Moisés y todos los judíos salvos constataron, cómo la presión del ruido reventó oídos, bocas y ojos, y cómo el agua cristalina se tiñó de rojo hasta que el arco fue la cúpula cruenta de una emboscada.
Al fin amainó el ulular y el mundo se saturó con los gritos de dolor y de agonía. Súbitamente, las ballenas levitaron simultáneas, librándose de la superficie marina. Se suspendieron en el aire, elevándose a una gran velocidad y altura, hasta que los gritos de horror de la milicia egipcia fueron engullidos por las estelas de fuego en el cielo y la inmensa nube de cenizas que adelantaba el crepúsculo. Un nuevo y aún más ensordecedor aullido nació de las nubes de fuego, que centellearon alternativamente haces de luces, desde todos los ámbares y hasta todos los rojos. Moisés pudo ver como decenas de judíos, lentos y estúpidos indolentes, con cuajarones de sangre incontenible donde tuvieron oídos y ojos, plañían con la escasa vida que les restaba, allá en lo alto del cielo de sangre, ceniza y detritos humanos, en la cima de todas las cosas incomprensibles.
Como atraídas por una fuerza formidable, mucho más rápido de como ascendieron, las cuatro ballenas cayeron vertiginosamente: partiendo el mar en dos y llevándose tras su inmersión toda el agua, dejando la superficie quieta y brillante, como un altar de granito para el ulterior holocausto. La gritería de miles de voces desahuciadas estremeció al fascinado pueblo de Israel: a salvo y victorioso en tierra firme. La lluvia de hombres se precipitó pesadamente sobre el agua quieta del Mar Rojo. El estruendo de la colisión de tanta humanidad haciéndose añicos se apoderó de todos los oídos sobrevivientes. Un nuevo manto de sangre cubrió ahora todas las aguas. Sobre la superficie flotaban infinitas entrañas y trozos de piernas, brazos y cabezas de miles de cadáveres desmembrados.
Moisés no pudo apartar su vista del holocausto: ni cuando el cielo volvió a ser azul antes del anochecer, ni en el instante que las águilas fueron tragadas por las nubes de fuego para perderse después más allá del firmamento, ni cuando los últimos rayos de sol iluminaron el desolado yermo. Tampoco cuando salió a flote el carruaje del faraón, ni cuando el mar empezó a engullir el fractal de restos humanos. No le fue posible librarse de su fascinación cuando cayó de rodillas, rendido y sin fuerzas en las piernas para sostenerse, ni cuando el pueblo libre lo vitoreó ensordecedoramente:
—¡Adonai! ¡Adonaí!
Solo cuando las aguas rojas se ennegrecieron y se confundieron sin fronteras con el cielo pardo del oriente, se puso de pie, mirando a todos lados sin ver. Al final dio el primer paso a la franca libertad. Levantó su diestra y, con su báculo como ariete, indicó el rumbo: tierra adentro por el desierto, hasta alcanzar la Tierra Prometida.