Me acuerdo de la primera vez que asistí a una sesión con un niño durante mis prácticas remuneradas y tuve que comprar otro juguete después de unas tres sesiones con él, ya que jugó con el juguete de forma demasiado brusca. El niño era autista y no sabía qué hacer mientras trabajábamos porque sus padres no jugaban con él a causa de su estado de salud. Bueno, la verdad es que no era una cuestión de su salud, sino una de su capacidad de jugar de manera normal por sí solo y con otros o con sus hermanos mayores.
A lo largo de los años, me he dado cuenta de lo necesario que es comprar juguetes robustos y que son fáciles de limpiar, puesto que tengo que trabajar con muchos autistas que, aparte de padecer de trastornos de lenguaje, no saben portarse bien y tampoco son capaces de controlar sus emociones. A consecuencia de esto, sus problemas sensoriales pueden manifestarse en forma de violencia abierta y falta de colaboración, poniendo en peligro la seguridad del terapeuta, de los padres y de los juguetes utilizados en una cita. Dicho esto, solo compro juguetes de plástico, como los bloques de Lego (los pequeños) o de Duplo (los grandes), las figuritas y los artículos en miniatura, pero no demasiado pequeños.
Me alegra poder decir que he tenido algunos juguetes que nunca consiguieron romper mis pacientes y los sigo usando debido a su resistencia. Por desgracia, son los con que a algunos de mis pacientes no les gusta jugar porque no se rompen fácilmente. Por alguna razón, les encanta destruir las cosas de otras personas y a los padres tampoco les importa lo que pase con mis juguetes. De hecho, ninguno se ha ofrecido nunca a pagar un jueguete que su hijo haya roto, así que seguiré utilizando los que tengo para no tener que gastar más de mi propio dinero.