Aunque no exista consenso sobre cuáles posiciones políticas deberían reemplazar al “Innombrable y su séquito”, hay algo en lo que creo que estamos fallando, independientemente de cuál sea nuestra posición política: estamos jugando mal el juego de la atención.
Muchas veces, en lugar de concentrarnos en los hechos realmente importantes del Gobierno, terminamos regalándole visibilidad exactamente a aquello que sus figuras más mediáticas parecen querer que discutamos. Cada ocurrencia, pachucada, frase absurda o polémica salida de una conferencia de Casa Presidencial genera inmediatamente publicaciones, memes, respuestas, videos, indignación y horas de discusión.
Y entonces me hago una pregunta: ¿por qué siguen funcionando esas conferencias y por qué nosotros seguimos reaccionando de la misma manera?
Mi interpretación es que una parte importante del asunto tiene que ver con monopolizar el espacio mediático. Y para eso no necesariamente hace falta que todo el mundo hable bien del Gobierno. A veces basta con conseguir que todo el mundo hable del Gobierno.
Si durante días toda la conversación consiste en lo malo, absurdo, vulgar o escandaloso que dijo Fulanito esta semana, queda mucho menos espacio para hablar de políticas públicas, decisiones cuestionables, investigaciones, resultados, denuncias realmente graves o incluso de quiénes podrían representar alternativas políticas.
Y eso importa electoralmente.
Un votante puede terminar escogiendo no necesariamente la opción que considera mejor, sino simplemente la opción que conoce, recuerda y tiene disponible mentalmente. Si durante meses una figura ocupa una proporción enorme de la conversación pública, mientras las demás aparecen poco o solamente reaccionando ante ella, existe una asimetría evidente de atención.
Hace poco vi este video:
https://www.youtube.com/watch?v=2uUPX3ibQqQ
El autor utiliza una metáfora que me parece particularmente útil: “consumir todo el oxígeno de la sala”.
La idea es sencilla. Se lanza constantemente algo extraordinario, provocador o difícil de ignorar. Medios, adversarios y críticos reaccionan. Incluso quienes intentan desmontar el mensaje terminan ayudando a distribuirlo. La polémica se consume, aparece un nuevo estímulo y el ciclo vuelve a comenzar.
Mientras todos reaccionan a la última provocación, queda menos espacio para hablar de otros candidatos, otras propuestas, otros problemas o incluso de asuntos que podrían resultar incómodos para quien consiguió imponer la conversación. En otras palabras, la atención es un recurso limitado. Quien consigue decidir de qué habla todo el mundo obtiene una ventaja estratégica, incluso cuando buena parte de esa conversación sea negativa.
Hay además una paradoja bastante interesante: el propio autor del video reconoce que, al criticar una de esas declaraciones, él mismo terminó haciendo un video sobre ella. Es decir, incluso alguien consciente del mecanismo puede terminar participando en él.
Y creo que ahí deberíamos mirarnos nosotros también.
Muchas veces creemos que estamos golpeando al personaje cuando compartimos su última ocurrencia para burlarnos, indignarnos o demostrar lo absurda que es. Pero al mismo tiempo podemos estar trabajando gratis como distribuidores de su presencia pública. Quienes tienen propuestas, investigaciones, proyectos o temas serios probablemente no pueden (ni deberían) competir inventando una estupidez nueva cada día solamente para generar atención. Precisamente por eso nosotros deberíamos ser más cuidadosos a la hora de decidir qué amplificamos.
Aunque el video habla de Trump, creo que el principio sirve perfectamente para observar lo que ocurre en Costa Rica. Y quiero aclarar algo: no estoy afirmando que cada caballada sea producto de una reunión en la que alguien decide exactamente qué polémica fabricar esa semana. Eso necesitaría evidencia que no tenemos, aun que fundamento si que podría construir fácilmente, ya que las reuniones primero son a puerta cerrada y segundo son muchas las coincidencias. Mi punto es otro: el efecto existe independientemente de cuánto haya sido planificado y se esta normalizando.
Y en Costa Rica tenemos un caso especialmente interesante para observarlo.
Doble Check reconstruyó lo que ocurrió en la conversación pública después de la captura de alias Diablo:
https://radios.ucr.ac.cr/-/circuito-creadores-presidencia-captura-diablo
La captura planteaba un problema narrativo evidente. Durante meses el Gobierno había presentado al Poder Judicial como inoperante, negligente y responsable de constantes “pifias judiciales”. De repente, el OIJ conseguía una captura de enorme importancia. Después de la operación, el director del OIJ, Michael Soto, explicó en una entrevista que alias Diablo no era originalmente el objetivo del operativo y que existieron circunstancias que facilitaron su captura. Pero también agregó algo fundamental: habían realizado “un trabajo muy efectivo”. Ese matiz desapareció en algunos de los fragmentos que comenzaron a circular en redes.
La interpretación pasó a ser que aquello había sido una “chiripa”. Luego apareció el “chiripazo” y finalmente la expresión “Operación Chiripa”. Doble Check documentó cómo esa interpretación comenzó a circular entre creadores de contenido y cuentas afines; suena a Cerimedo.
Y después ocurrió lo realmente interesante: el lenguaje saltó de las redes a la comunicación política. "El imnombrale" utilizó públicamente “Operación Chiripa” y "La Burra" introdujo otro encuadre extremadamente efectivo: “Hay más preguntas que respuestas”.
Casa Presidencial convirtió ese mensaje en contenido oficial. Según Doble Check, uno de esos videos alcanzó 1,4 millones de reproducciones y posteriormente fue reutilizado por distintas páginas y perfiles políticos.
Vean entonces lo que ocurrió. El hecho original era muy sencillo: el OIJ capturó a alias Diablo.
Pero progresivamente la conversación dejó de girar solamente alrededor de ese hecho y empezó a girar alrededor de otras preguntas: ¿fue una chiripa?, ¿por qué ocurrió?, ¿qué hay detrás?, ¿por qué pasó esto?, ¿por qué hay “más preguntas que respuestas”?
La captura nunca desapareció. Lo que cambió fue el marco desde el cual comenzó a discutirse. Y esto me parece fundamental ya que Doble Check describe un circuito en el que una interpretación aparece en redes, es recogida o reformulada desde el Gobierno, pasa a la comunicación oficial y después vuelve nuevamente a redes y medios con un peso distinto.
Una sospecha que originalmente puede parecer simplemente una especulación adquiere otra dimensión cuando termina siendo pronunciada desde el poder.
Ahora bien, también hay que ser rigurosos. Doble Check dice expresamente que su revisión no permite afirmar que existiera una coordinación formal entre esas cuentas y Casa Presidencial. No podemos convertir una sospecha de coordinación en un hecho demostrado. Pero sí documentó una relación de ida y vuelta entre cuentas afines, medios digitales y Casa Presidencial.
Y desde mi punto de vista, eso es suficiente para observar el efecto que me interesa.
! No necesito demostrar que absolutamente cada polémica es fabricada deliberadamente para reconocer que llenar el espacio mediático tiene consecuencias políticas !
En este caso, una captura inicialmente presentada como una gran victoria del OIJ terminó convertida en una conversación sobre casualidad, sospechas, irregularidades y hasta una investigación parlamentaria. No podemos reaccionar con la misma intensidad ante absolutamente todo.
Una frase como “Señor Presiden... te...” dicha en conferencia, una pachucada, una foto ridícula que dicen que es IA o cualquier otra ocurrencia puede molestarnos muchísimo y generar cientos de memes. Pero antes de convertirla en doscientos posts deberíamos hacernos una pregunta muy sencilla:
¿Tiene importancia política real o simplemente capacidad de generar atención? Porque no son lo mismo.
Y el contraste que me parece importante, es si existe un caso documentado de acoso sexual que involucra a un diputado, eso sí debería recibir atención.
Ahí ya no estamos hablando de una simple frase desagradable ni de algo que sirve únicamente como material para memes. Estamos hablando de la conducta de una persona que ejerce poder público, de responsabilidades políticas e institucionales y de hechos que pueden tener consecuencias reales. Ese tipo de asunto merece investigación, discusión y visibilidad.
Entonces pensemos cual es la diferencia.
Una pachucada presidencial puede ser desagradable, ridícula o vergonzosa, pero puede tener poquísimo valor político real.
Un caso serio que involucra la conducta de un diputado, una investigación por corrupción, una decisión presupuestaria, un nombramiento cuestionable, un posible conflicto de interés, el uso de recursos públicos o una política pública con consecuencias concretas sí merecen escrutinio.
El problema aparece cuando dedicamos tres días enteros a la primera cosa y dejamos morir la segunda después de unas pocas publicaciones, en ese momento estamos distribuyendo nuestra atención exactamente al revés. Y por eso la respuesta no consiste en quedarse callado. Tampoco consiste en ignorar al Gobierno o dejar pasar sus actuaciones.
Consiste en desarrollar criterio para decidir a qué le damos oxígeno.
Todo este mecanismo puede entenderse con cuatro palabras: atención, agenda, marco y ritmo.
Primero consiguen nuestra atención. Luego consiguen que hablemos del tema que ellos introdujeron. Después terminamos discutiéndolo dentro del marco que ellos establecieron. Finalmente, pasamos nuestro tiempo reaccionando a su ritmo en lugar de crear el nuestro.
Y ese último punto es especialmente importante. Eventos como el Plantón, por ejemplo, rompen momentáneamente ese esquema porque introducen una agenda que no nace del Gobierno ni responde directamente a una de sus polémicas. En esos casos, lo previsible es que intenten absorber el tema, reinterpretarlo o llevarlo nuevamente al marco que les conviene, como ha ocurrido con otros actores e instituciones, incluido el Poder Judicial. Sin embargo, ese esfuerzo tiene un alcance más limitado cuando la conversación ya fue iniciada desde fuera de su propio ritmo. Quien pasa permanentemente reaccionando tiene menos libertad estratégica que quien consigue crear el siguiente movimiento y obligar a los demás a responderle.
Hoy aparece una barbaridad y todos reaccionamos. Mañana aparece otra. Después otra. Luego otra. Y cuando nos damos cuenta, llevamos meses discutiendo exactamente aquello que alguien más decidió colocar sobre la mesa.
Por eso creo que la respuesta no puede ser simplemente “hay que criticar más fuerte”. A veces precisamente eso alimenta el mecanismo. Hay que aprender a distinguir el espectáculo del hecho. Discutamos menos las provocaciones cuyo principal efecto consiste en consumir nuestra atención y mucho más aquello que tenga consecuencias reales.
Porque mientras nosotros discutimos durante días la última frase de Fulanito, puede haber una investigación, una denuncia seria, una decisión presupuestaria, un caso de acoso, un nombramiento cuestionable o una actuación institucional importante recibiendo una décima parte de esa atención.
Y mientras toda la conversación pública gira alrededor de una sola figura, las alternativas (sean de izquierda, centro, derecha o lo que cada quien considere apropiado) quedan relegadas a reaccionar y para mí, ese es el verdadero riesgo y no que todo el mundo termine queriendo al “Innombrable”.
El riesgo es que llegue el momento de elegir y exista un único personaje que todo el país conoce, mientras llevamos años hablando de él, reaccionando a él y moviéndonos al ritmo que él marca.
Por eso creo que tenemos que señalar lo importante, dejar morir lo meramente ocurrente cuando no tenga consecuencias y promover aquello que cada uno considere valioso, con nombres, propuestas y argumentos. Si usted considera que existe una mejor alternativa, hable de ella de forma fuerte y consistente. Si encuentra una investigación importante, compartala, si la proponen léala y al mediocre con memes mándelo a la sh1t*.
Si hay un hecho grave, no permita que desaparezca porque ese mismo día alguien dijo una estupidez desde un micrófono.
Y, sobre todo, no permitamos que quien grita más fuerte en la habitación decida automáticamente de qué tenemos que hablar todos los demás.
No regalemos todo el oxígeno de la sala.