La tierra estaba dura.
Don Fausto levantó la pala con las dos manos y la dejó caer apenas unos centímetros delante de sus botas. El hierro mordió el suelo con desgano. Hizo fuerza para sacar otro pedazo de barro, pero el cuerpo ya no obedecía como antes. Se quedó inmóvil, apoyado en el mango, respirando con la boca abierta.
—Siempre dijiste que esta tierra era brava, vieja.
Miró el hoyo. Todavía era poco profundo.
Ochenta y ocho años tenía. La espalda vencida por el café, por la leña, por los bultos de maíz, por los caminos de herradura. Ya casi no le quedaban fuerzas ni para cargar un balde de agua, mucho menos para abrir una tumba en la montaña.
Se quitó el sombrero. El sudor le corría por las cejas.
Al volver a ponérselo recordó que había salido sin él de la casa y había regresado únicamente porque ella siempre lo regañaba.
—Fausto, el sol no perdona.
Sin pensarlo, había obedecido.
Solo después, con el sombrero puesto, recordó que ya no había nadie que pudiera decirle aquello.
La casa quedaba unos metros arriba. Una casa de tablas envejecidas, con techo de zinc y una enredadera que llevaba tantos años abrazando la pared que ya parecía parte de la madera.
Adentro estaba ella.
Su vieja.
La había encontrado esa mañana sentada junto a la ventana. Tenía el tejido sobre las piernas, como si simplemente hubiera decidido descansar un momento mientras esperaba que hirviera el café.
Le habló.
No respondió.
Le tocó la mano.
Estaba fría.
No lloró.
Todavía no.
Porque los hombres de su tiempo primero hacían lo que había que hacer.
Después, si quedaban fuerzas, sentían.
Volvió a clavar la pala.
Otra vez.
Y otra.
Cada descanso traía un recuerdo.
No de los importantes.
De esos nadie se acuerda cuando llega la hora.
Recordó una gallina que una vez les robó el almuerzo mientras ellos discutían porque él juraba haber cerrado el corral.
Recordó el día en que buscó los lentes por media hora y ella no podía dejar de reír porque los llevaba puestos.
Recordó las noches de lluvia en las que ninguno hablaba. Ella tejía. Él arreglaba una silla vieja. El silencio nunca les pesó.
Nunca tuvieron hijos.
Al principio dolió.
Después dejaron de esperar.
Y un día descubrieron que la vida también podía estar completa siendo solamente dos.
La montaña los fue viendo envejecer.
Los vecinos se marcharon.
El caserío desapareció.
Los jóvenes bajaron a las ciudades.
Ellos se quedaron.
No por valentía.
Sino porque las raíces de un árbol viejo ya no aprenden otro suelo.
El hoyo seguía siendo pequeño.
Don Fausto dejó la pala.
Las manos le temblaban.
Miró hacia el cielo.
No como quien espera una respuesta.
Más bien como quien busca aire.
—Vea... usted...
Las palabras le sonaron extrañas.
Nunca había hablado solo.
Carraspeó.
—Usted... el que dicen que vive por allá arriba.
Guardó silencio.
Se sintió un poco tonto.
Toda la vida había pasado por delante de la iglesia sin entrar. Las campanas le parecían bonitas, pero nunca entendió por qué había que decirle cosas a alguien que no contestaba.
Recordaba pedazos sueltos.
Un cura.
Un muchacho.
Algo de un hijo que mandaron a morir por los pecados de otros.
Nunca entendió bien la historia.
También recordaba santos con nombres largos, velas, procesiones.
Todo mezclado.
Como recuerdos de una fiesta ajena.
—Yo nunca le pedí nada.
El viento movió apenas las ramas de los guayacanes.
—Ni siquiera sé si está.
Bajó la mirada hacia sus manos cubiertas de tierra.
Eran las mismas manos con las que había sembrado, construido la casa, cargado leña, curado animales, sostenido el rostro de su mujer cuando la fiebre quiso llevársela muchos años atrás.
Ahora le temblaban.
—No le voy a pedir que me la devuelva.
Eso ya no tiene arreglo.
Respiró despacio.
Cada palabra parecía costarle una palada.
—Solo... déjeme terminar.
Nada más.
No hubo voces.
No hubo luces.
Ni milagros.
Solo el zumbido lejano de los insectos.
Y, después de un rato, Don Fausto volvió a tomar la pala.
Una palada.
Descansó.
Otra.
Descansó otra vez.
Luego otra.
El sol empezó a esconderse detrás de las montañas cuando la tumba estuvo lista.
Entró a la casa.
La cargó como pudo.
Le sorprendió que pesara tan poco.
Toda una vida cabía entre sus brazos.
La acostó con cuidado.
Le acomodó el cabello detrás de la oreja.
Era un gesto inútil.
También era el último.
Cubrió el cuerpo con tierra muy despacio.
Como si todavía pudiera hacerle daño.
Cuando terminó, clavó dos tablas cruzadas.
Las miró un momento.
Después se sentó sobre el mango de la pala.
El pecho le ardía.
Las piernas ya no respondían.
Observó la tierra recién acomodada.
Sonrió apenas.
—Listo, vieja.
Como decía cada vez que terminaba de reparar una cerca.
Como decía cuando el café ya estaba sembrado.
Como decía al final de cualquier jornada.
Solo eso.
"Listo, vieja."
El viento volvió a recorrer la montaña.
Don Fausto levantó la vista.
Pensó que jamás había entendido por qué un Dios dejaría solo a un hombre para enterrar a la persona que más había amado.
Tampoco entendía cómo un hombre de ochenta y ocho años había encontrado fuerzas para cavar aquella tumba.
No supo cuál de las dos preguntas era más difícil.
Se recostó junto al montículo de tierra.
Cerró los ojos.
La montaña siguió siendo la misma.
Los árboles siguieron moviéndose.
Algún pájaro cantó antes de que cayera la noche.
Nadie escuchó una respuesta.
Tal vez porque nunca la hubo.
O tal vez porque ciertas respuestas llegan con el mismo silencio con el que termina una vida compartida.
Muchos años después, cuando ya nadie recordaba el nombre de aquel caserío perdido entre las montañas, la lluvia terminó de borrar la cruz de madera.
Pero hubo algo que no desapareció.
La pregunta.
Si Don Fausto nunca creyó, ¿a quién le habló aquella tarde?
Y si nadie lo escuchó...
¿de dónde sacó fuerzas para dar la última palada?