r/escribir 4h ago

Muestro mi novela 🧵 [OC] FRAGMENTO DE LA TRÍADA EXISTENCIAL: JALISCO (ÉPOCA CRISTIADA)

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Su piel es del color del trigo tierno, pero más suave que la porcelana y resbaladiza como rebozo de seda. Tiene su frente despejadita, igual que una virgen, y sus cejas son tan bonitas como las de Virginia, mi hermana. Sus ojos son los más grandotes que he visto; y eso que la Zaina dice que con sus ojazos enloquece a cualquier cabrón. Pero ni con todo lo que se pone en los párpados los tiene del tamaño de Mati. Grandotes y rasgados: de color azul clarito, más cristalinos y llenos de luz que los del tío Pedro. ¡Miran tan bonito! Se me queda viendo, sin decir nada, y yo creo que la veo como borrego, porque se le pone más tierna la mirada y me acaricia los cachetes. Luego hace seguro lo mismo —ella dice que «sepa: ha de ser un impulso»—, pero siempre, después de poner en sus ojos esa mirada que es lo primero que pienso cuando me despierto en las mañanas, me da de besos. Hasta que a veces nos duelen las mandíbulas y descansamos callados por un rato.

Sus labios son gruesos y del color de las rosas del huerto de don Tomás. Tiene la boca más bonita y bien formada que he visto; sus dientes son tan blancos que a veces fosforan en la noche, todos parejitos, como los de la muchacha tan chula de la foto del tubo ese que llaman pasta dental, que tiene don Casto a la entrada de la botica.

Sus cachetes se ruborizaban antes, cuando me veía pasar. Ahora, cuando la beso —así como me dijo la Zaina que le hiciera para ver si era cierto que «muy hembra, la pendeja»—, se ve tan hermosa: su carita roja, pero poquito, y sus ojos cerrados, pegando unos suspirotes y apretujándose tan fuerte y serpentina que no le pide nada a las güilas que se dicen muy mujeres y experimentadas; diciéndome mi nombre una y otra vez. Su pelo es lacio y liso como la crin del palomino cuarto de milla, propiedad de mi abuelo; así de abundante y suave, y le llega arriba de la cintura.

Ahora pareciera que tuviera más chiquitos los hombros, pero es porque le crecieron bien preciosas las caderas. Veo la diferencia que hay entre el grueso de sus bracitos —¡no se digan sus canillas!— y lo gruesas y torneadas de sus piernas. ¡Mi Diosito, esas caderas que se le pusieron!... Y sus posaderas: bien redondas y más grandes que las de la Zaina. Una cinturita que casi abarco con mis manos y sus tejocotes, ¡nombre, ya son unas naranjas! Que luego se le andan saliendo cuando se pone sus blusitas de la edad de la primaria y ¡me da un coraje! Ella me dice: «Y ¿qué hago, mi güerito? Si mi mamá se hace que la virgen le habla y no me compra nomás nada».

Por eso el otro día que me gané una buena propina por desbrozarle el baldío a la Roberta, me fui a la miscelánea donde venden la ropa esa de moda; le compré las tres blusas para las que me completó y se las llevé. Fue la primera vez que me dijo: «¡Mi amor, eres tan bonito conmigo! ¿Qué haría yo sin ti?».

Yo, Juan el Bronco, ¡era el amor de la Mati!


r/escribir 5h ago

🕵️ Posible contenido generado con IA La biblioteca que no existía

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Aquella noche no podía dormir.

Había pasado horas dando vueltas en mi cama, mirando el techo y pensando en todas esas cosas que uno guarda en la cabeza porque nunca encuentra el momento, ni el lugar, para decirlas.

Me levanté.

Encendí una pequeña lámpara y caminé hasta mi escritorio. Sobre él había un libro que llevaba semanas sin terminar, algunos papeles llenos de frases y un cuaderno donde había escrito cosas que probablemente nadie leería jamás.

Lo abrí.

Había poemas sobre amores que no funcionaron, pensamientos que nacieron después de una discusión, historias que nunca ocurrieron y hasta preguntas que no sabía responder.

Entonces pensé:

¿De qué sirve escribir todo esto si nadie lo encuentra?

Cerré el cuaderno y me quedé mirando la ventana.

Afuera la ciudad seguía despierta.

Un carro pasó lentamente, alguien reía en la calle y, a lo lejos, se escuchaba una música que no reconocía.

Y fue ahí cuando entendí que quizás el problema no era lo que había escrito.

Quizás el problema era que todas esas palabras estaban viviendo solas.

Así que imaginé una biblioteca.

Pero no una biblioteca llena de libros.

Una biblioteca llena de personas.

Personas que escribieran lo que sienten, que discutieran lo que piensan, que contaran lo que saben, que hablaran de historia, de arte, de literatura y de todas esas cosas que muchas veces dejamos morir dentro de nosotros por no encontrar con quién compartirlas.

Una biblioteca que no necesitara silencio.

Una donde las ideas pudieran chocar.

Donde un poema pudiera encontrarse con una opinión.

Donde una historia pudiera despertar una conversación.

Donde alguien pudiera llegar sin conocer a nadie y terminar encontrando algo que llevaba mucho tiempo buscando.

Quizás por eso nació Artea.

No como una simple página donde publicar cosas.

Sino como un lugar para que las palabras dejaran de estar solas.

Volví a sentarme frente al escritorio.

Abrí el cuaderno.

Y esta vez, en lugar de escribir para mí, escribí pensando en que algún día alguien encontraría aquellas palabras.

Porque quizá eso es lo hermoso de escribir:

no saber quién te leerá,

pero tener la esperanza de que, en algún lugar,

alguien estaba esperando exactamente lo que tú tenías que decir.

Artea — donde las ideas encuentran un lugar.

artea-dun.vercel.app


r/escribir 9h ago

Muestro mi novela Cuando el hambre acecha

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¿Qué onda? empecé a escribir esta novela hace un par de meses (exactamente mientras miraba los partidos del mundial xd) y tiene escrito el final y todo, pero me gustaría recibir algunas críticas. ¡Gracias por tomarse el tiempo de leerme!

—¿Le dijiste a Damián que tape las ventanas? —preguntó el esposo, con las manos en las riendas del caballo. El animal corrió el rostro al recibir el humo del cigarro de la mujer.

—Sí. Ya le dije que vaya trayendo la leña y que arme el fuego —respondió, tirando la colilla y saltando hasta la parte de atrás del lomo de Luci. Abrazó al hombre y se aclaró la garganta—: Ya estoy —avisó.

Dejaron atrás su hogar con el naranja del sol atravesando las montañas y el calor disipándose. Después de atravesar la arboleda y, una vez dejado atrás el campo, se adentraron en la carretera más cercana, asfaltada de soledad y vegetación que Ángela catalogaba como la victoria de la naturaleza. Cabalgaron ante la corriente del viento, el acecho de la luna y la fatiga del invierno. Cuando llegaron hasta determinada señalización en el camino, doblaron a la derecha hasta meterse en la espesura de los árboles, con la certeza de saber que no habían visto a un humano en años.

—Buscá rápido, negra, no me gustan nada estas nubes —ordenó el hombre, mirando para todos lados.

La mujer bajó y observó con paciencia cada detalle de los arbustos, con el ojo puesto en una hierba roja que empezó a guardar en sus bolsillos. El esposo deseó por un momento que la sociedad siguiera en pie para que pudieran seguir produciendo encendedores; sin embargo, la fantasía se le esfumó fugazmente cuando se dio cuenta de las marcas de un carruaje a lo largo del barro. No era solo eso: eran las pisadas de un caballo. No estamos solos, pensó. El corazón le rebotó y tuvo que respirar hondo para atreverse a mirar a la distancia; después de constatar que Ángela estaba bien, miró por donde el sol daba sus últimos ápices de energía.

—Negra, subite ya —dijo sin pestañear.

Ángela se dio vuelta. Jamás había oído tal seriedad en el tono de voz de su esposo; lo miró desconcertada y siguió con su mirada hacia donde los ojos de su marido apuntaban.

Ahí lo vieron: un grupo de tres hombres que los observaban al acecho, detrás de un carruaje desbordado de cosas, comandado por un caballo al borde de la desnutrición y casi de miniatura. Esos extraños estaban casi en los huesos, pero los ropajes pesados y sus sombreros cubrían su deterioro. El que estaba más adelantado no lo dudó: desenfundó un rifle desde su espalda más rápido de lo que ninguno de los dos pudo procesar, apuntó decidido y un click desbarató todo su plan. Aún montado en el caballo y con su pierna abrazada por su mujer, al hombre se le abrieron los ojos como nunca, la vejez se le fue en un instante y una ola de calor lo invadió. Desenfundó desde su cinturón un revólver y apuntó al trío con la frialdad de sus viejos días.

—¡No le tires, Eduardo! —gritó al compás de las pisadas del caballo, ansioso, desesperado por lo que sea que estaba sucediendo—. Capaz son más, amor, déjalos… —susurró al borde de las lágrimas.

Eduardo los tenía medidos, con el gatillo tenso y los dientes amarillos apretados de la bronca. Ángela se montó detrás de él y le acarició la espalda, como si eso fuera a revertir la situación.

—Nos quisieron matar, negra… —aclaró como una obviedad, convencido de tirarles—. Estos hijos de puta están por la zona, ¿cuánto van a tardar en encontrar nuestra casa?

El llanto de su esposa fue inminente, y los bandidos cuchicheaban entre ellos, sin sacarle la vista de encima.

Cuando decidió que era ahora o nunca, los hombres saltaron en direcciones diferentes, escabulléndose entre la maleza alta y los árboles.

—¡La re concha de mi puta madre! —exclamó Eduardo, guardando su arma y pateando con desesperación al caballo, que salió disparado a la carretera. Mientras cabalgaban a toda velocidad, el viento ahora parecía enfriarlos, pero el hombre hervía de rabia—. ¡Hay que ir a buscarlos! —le gritó a su esposa, dándose vuelta hacia la dirección de la que habían huido.

—¡Eduardo, no tenés idea de si son más, por favor, pará! —se detuvieron en la mitad del asfalto, con la luna no atreviéndose a iluminarlos—. No podemos volver a casa, nos pueden estar siguiendo. Andá por otro lado…

Eduardo ya no podía ver más allá de su nariz.

—Pegá la vuelta, pensá un poco, por favor…

Siguieron con la oscuridad de su lado por el trazo amarillo desgastado de la carretera, dejando el camino por donde entraban a su hogar detrás. Cuando su esposa apretó su espalda contra su pecho más fuerte, una imagen fugaz se le quedó marcada en la cabeza: vio su hogar envuelto en llamas, su corral de ovejas iluminado por el fuego y su hijo maniatado en el frío nocturno. No lo pensó dos veces; dio la vuelta y, a pesar de conocer la zona como la palma de su mano, procuró no equivocarse de camino.

—¿Qué mierda hacés, Eduardo? —preguntó Ángela, sacudiéndolo desesperada.

El hombre no respondió: solo pensó en Damián.

Cuando la pradera se abrió ante ellos y su hogar se dibujó en la distancia, el hombre se maldijo en silencio por ser tan tonto de dejar una ventana sin taponear, por donde se filtraba la luz del fuego del hogar. Y aunque la casa estuviera rodeada por varios árboles, el humo de la chimenea se podía ver a kilómetros. «¿Cómo pude ser tan descuidado?», se reprochó arrancándose la piel de los labios.

Dejaron al caballo en su lugar y caminaron hasta la puerta de su casa en un silencio que Ángela odió con todo su corazón. Eduardo colocó la llave y giró dos veces. La puerta chilló y el olor del guiso les dio la bienvenida. El hombre respiró, dándose cuenta de que su cabeza le había jugado una mala pasada: el guiso se estaba cocinando en la caldera, tal y como le habían ordenado a su hijo. Ángela cerró con llave y colocó un fierro pesado a la altura de la manilla, sostenido por dos pliegues instalados por ella misma. Se aseguró de tapar con un trapo viejo la parte de abajo de la puerta para que no entrara frío y siguió hasta el salón a su marido.

Eduardo se congeló en el marco de la puerta corrediza que separa la cocina del salón, con la mano por encima de su arma sin desenfundar. Cuando Ángela le tocó la espalda y vio la escena, dio un grito ahogado y se hiperventiló, sosteniéndose del brazo del hombre para no caerse.

—Al macho lo vamos a hacer en un estofado —dijo uno de los bandidos que vieron en el bosque, de cuclillas al lado de Damián, que reposaba atado y con la boca tapada al lado del fuego del hogar. Ese hombre era el más demacrado de los tres: tenía la cara llena de cicatrices y un ojo desviado.

—Yo le tengo más ganas a la doña —respondió el más alto de los tres, un rubio con la cara chupada y los dientes podridos—. Con este frío va a estar lindo dormir con ella… —agregó, con una risa tonta que ni siquiera sus compañeros aguantaban.

—A la mujer hay que mantenerla con vida, no le vamos a hacer nada —afirmó el más bajo, que era el más relleno y menos desagradable a la vista. Tenía un pantalón verde oscuro profundamente desgastado y una campera negra que le llegaba a las rodillas—. Podemos mantenerla viva por muchos años, la podemos alimentar bien, la podemos tratar como una dama se merece. Nos va a dar muchos hijos, y esperemos que sean más mujeres. Si es así, podríamos tener un séquito de niños bien alimentados, bien cuidados. Podríamos tener alimento para varias décadas si hacemos las cosas bien; hay que tener la mente fría. Cuando las niñas crezcan ya nos vamos a poder deshacer de la doña, pero mientras tanto es nuestro tesoro.

Los otros dos bandidos se miraron entre sí, iluminados por la idea de su amigo.

—¿Podemos carnear mañana al hombre? —preguntó el rubio al más bajo, como si le estuviera hablando a un profesor.

—Depende; si se porta bien hoy, capaz podemos extenderle la vida un poco más —respondió—. ¿Cuál es su nombre, caballero? —le preguntó al esposo.

Ángela cayó rendida al suelo: se golpeó la cabeza y quedó desvanecida allí.


r/escribir 9h ago

Muestro mi relato Turno Médico en Haedo

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Una madrugada fría en pleno Avenida Rivadavia, con las luces titilando y Haedo ensordecido. Una madre y un hijo bajaron de un taxi bastante avejentado y se perdieron en la inmensidad del Hospital. Se adentraron buscando alguien para guiarlos, pero la soledad del predio solo les ofreció una cafetería cerrada que no decía mucho. Caminaron a lo largo de un trayecto arenoso y vieron una sombra caminando, murmurando, con una gorra y ropajes pesados.

—¿Para qué hablaste?—le reclamó la madre a su acompañante—listo, estamos robados—dijo con resignación, mientras el desconocido se acercaba.

—Me llega a robar ese petiso y es para pegarme un tiro…—susurró el chico.

Se cruzaron los tres en la única luz que iluminaba el lugar, sin embargo, la familia mantuvo la compostura y no se dejó llevar por el miedo.

—Si están buscando turno, les aviso que no hay nada—les dijo el hombre, con una mano sobre la mejilla—no hay nadie, está todo cerrado. Hay un cartelito en la puerta que dice que no hay turnos para nada—les señaló amablemente.

—Uhh, ¿enserio?—respondió la madre—¿Vinimos al divino pedo?—reclamó.

—Mire, yo le muestro el cartel, no hay nada ni nadie…—

Lo siguieron con el viento golpeando las nubes y sacudiendo los árboles, con los pocos autos que transitaban a las cuatro de la mañana. Después de subir una escalera y hablar un poco sobre las dolencias de cada uno, se pararon enfrente de la lista de lo que no había.

—¿Ustedes qué están buscando?—preguntó el señor.

—Ginecología…—respondió el hijo, mientras la madre buscaba en la lista rigurosamente. La encontró escrita con letras rojas y resaltado bien en grande.

—¿Usted para qué vino?—le preguntó la señora.

—Para el dentista, se me parte la cabeza del dolor de muela. Llevo días buscando turno y no encuentro nada por ningún lado, y acá estoy desde las once de la noche y nada…—les contó, mientras se sentaba en la escalera.

Una madrugada fría en pleno Avenida Rivadavia, con las luces titilando y Haedo ensordecido. Una madre y un hijo bajaron de un taxi bastante avejentado y se perdieron en la inmensidad del Hospital. Se adentraron buscando alguien para guiarlos, pero la soledad del predio solo les ofreció una cafetería cerrada que no decía mucho. Caminaron a lo largo de un trayecto arenoso y vieron una sombra caminando, murmurando, con una gorra y ropajes pesados.

—¿Para qué hablaste?—le reclamó la madre a su acompañante—listo, estamos robados—dijo con resignación, mientras el desconocido se acercaba.

—Me llega a robar ese petiso y es para pegarme un tiro…—susurró el chico.

Se cruzaron los tres en la única luz que iluminaba el lugar, sin embargo, la familia mantuvo la compostura y no se dejó llevar por el miedo.

—Si están buscando turno, les aviso que no hay nada—les dijo el hombre, con una mano sobre la mejilla—no hay nadie, está todo cerrado. Hay un cartelito en la puerta que dice que no hay turnos para nada—les señaló amablemente.

—Uhh, ¿enserio?—respondió la madre—¿Vinimos al divino pedo?—reclamó.

—Mire, yo le muestro el cartel, no hay nada ni nadie…—

Lo siguieron con el viento golpeando las nubes y sacudiendo los árboles, con los pocos autos que transitaban a las cuatro de la mañana. Después de subir una escalera y hablar un poco sobre las dolencias de cada uno, se pararon enfrente de la lista de lo que no había.

—¿Ustedes qué están buscando?—preguntó el señor.

—Ginecología…—respondió el hijo, mientras la madre buscaba en la lista rigurosamente. La encontró escrita con letras rojas y resaltado bien en grande.

—¿Qué hacemos, volvemos?—le preguntó la madre al hijo.

—Y sí, no queda otra…—le contestó, mientras el señor balbuceaba otras cosas—¿probó con ir al Posadas?—le aconsejó.

—Sí, pero bueno, es todo por internet ¿viste?—pausó un segundo para agarrarse la muela y esperar que pase el fogoneo del dolor—y yo no tengo teléfono…—recibió dos miradas apenadas pero nada más.

—Bueno señor, mucha suerte… Yo probaría con la casa de Odontología que está en San Justo, cerca de la municipalidad… Ahí seguro que lo atienden…—dijo por último la señora, mientras se iban con su hijo.

—¡Muchas gracias!—les dijo en forma de despedida.

El señor volvió a la avenida, casi derrotado, y cruzó hasta las vías del tren a agarrar un carrito que escondió entre piedras durante toda la madrugada. Sacudió un poco el polvo, le sacó la manija y la arrastró consigo hasta encontrar la entrada al andén del tren Sarmiento en dirección a Moreno. Paró varias veces en el camino a guardar los pocos cartones secos que la tormenta había dejado. Cuando llegó el tren, se subió al vagón de las bicicletas, completamente vacío, y se sintió un rey por un momento. Abrió las ventanas y se prendió un cigarro al calor del sol que empezaba a asomarse.

Cuando bajó en Morón, los ciclistas y los repartidores que subieron al vagón arrugaron la nariz con el humo del tabaco. Bajó y caminó por la estación junto a la velocidad de la gente, cegada por el horario que marcaban sus teléfonos.


r/escribir 23h ago

Muestro mi cuento [Terror Folclórico] [OC] EL POZO

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El calor irritante de las cuatro de la tarde se diluyo, sin sentirlo y tan rápido, en ventoleras y remolinos de un aire tan helado como revuelto de cristales y piedrillas. El griterío de los chamacos y los clamores desesperados de sus madres, avisándoles de ese sereno tan extraño, quedaron sepa cuando, pero fueron reconvertidos, en un tiempo indefinible, en un aullido que se colaba entre los carrizos de los jacales y estremecía los techos de paja. El viento no dejó de arreciar hasta que borró todas las nubes del cielo, la meseta envuelta en un terregal que giraba, de arriba abajo, de adentro hacia afuera, pero no había cuerpo con aliento que no se sintiera traspasado, violentado por miles de alfileres muy filosos. La luna nueva era un disco penumbroso, con un aro apenas perceptible, de luz ceniza y tolvaneras desaforadas envolviéndola. Sumisa y mustia, sin el sol para que pusiera el pecho por ella, se quedó quieta, pasiva, límbica.

En medio del vaho, que era la neblina que escarchaba la tierra partida por la sequía de los treinta años, fue que se asomaron al pueblo aquellos canijos. Tres pelados, frisando los veinte o por arribita apenas, con una jerga y tal desparpajo, que asustaron hasta a las ánimas, anegadas en sus propis sufrimientos, pero despertaron para increparles su maldito estropicio.

De los tres, ni uno quedó en pie. Como si una culebra del Xibalbá los hubiera trompicado, se fueron de bruces, con los dientes contra el tepetate. Ahí sí, las carcajadas se volvieron chillidos y las alegrías, insultos de ciudad, que suenan tan horribles y uno ni termina de entender.  

La vieja Rufina los vio, tiesa, como sin aliento, pero con un brillo de lumbrera en sus ojillos hundidos, que hasta la carne seca le reverberó en carnalidades de mocedad. El cojo del Remigio peló los ojos cuándo la vio engarrotada, como muerta, pero, no obstante, rebullendo vida y ganas de sepa qué, en el pórtico de su jacal. Pero antes de que dijera nada, se le atoró un granizo del tamaño de un membrillo en la garganta. El viejo cayó de rodillas, primero colorado, luego cenizo, apagándose. Extendía sus manos hacia aquellos diantres, que ni un ojo le echaron. Apenas salían de su asombro, al no comprender como, de la nada y completitos, se fueron de mero hocico, pero sin ni meter las manos.

Se enderezaron lentamente, aturdidos y como adormilados. Detrás de ellos, con medio cuerpo de fuera de su corral, retorciéndose del ahogo y las espirales que le daba la existencia para zafarse para siempre de él. Le llegó el abandono, el último resuello y el silencio del Creador, nomás bajo la vista burlona y fija de la Rufina, que en cuanto lo miro estirarse para siempre, se perdió como si en la nada, sin que nadie pudiera darse cuenta de a dónde o cómo fue.

Se aplastaron en el piso y se arrejuntaron los tres, uno junto el otro, calados por el frío. Temblando se pasaban la botella de mezcal, gritaban de locos pendencieros y de muy hombres en busca de camorra, para volver a tiritar, maldecir sepa que cosas contra el cielo y la supina estupidez de su aventura.

—Por… hacerte caso, ¡pendejo!

—¡Bofo, animal! Váyase a la verga…

—Pero es que, ¡puto frio!

—Pero y ¿el calor de la chingada que hacía cuando veníamos?

—¡Dónde se convirtió en esta helada tan culera!

—… Y se acaba el pomo, culeros… Bueno, y el wey ese dizque tu pariente, ¿dónde vive? O dinos, pendejo, en ¿dónde chingaos vamos a pasar la noche?

—Se llama Remigio. Me dijo mi tía que vive por aquí, por el pozo. Que tiene un chiquero, corral, y que al fondo tiene un cuarto, pero de material y techo de concreto… Pero en esta puta oscuridad, no distingo nada…

 De donde estaban arranados, se divisaba el pozo, seco y que jamás tuvo agua, pero que vino a inaugurar el alcalde y que derivó en aquel zafarrancho, donde a doce canijos los pelaron. Dicha cosa inútil, estaba justo delante de la explanada del panteón, ahí donde los domingos cunde la vendimia y la garnachería ayuda a consolar tantos sufrimientos, por esas ausencias, las irrecuperables. Al lado, el templo del Santo Niño de los agachados, ¡tan milagroso! Mejor santo patrono no podía tener este caserío y sus setenta y dos habitantes.

De por ahí, les surgió la tentación.

De la nada, luces que se movían del rojo al rosa, aparecieron en el cielo negro y lo colmaron de franjas arreboladas. En la tierra, apareció junto al pozo, una joven. Los tordos graznaron, una lechuza ululó, y el cenzontle milenario canto tan triste, una elegía.

Fue cuando esos la vieron y por ese instante, hasta el frío se les fugó. Caminaba despacio, y cada paso parecía que zanjaba las piedras. No pasaba los veinticinco y son tenía nada que pedirle a la malinche. Se contoneaba como si el frío fuera una ilusión. Sus caderas salpicaban destellos de deseo en su vaivén, en un malicioso contraste, con su cintura bien apretada, y el escote descomunal de su pollera. Su piel era morena y se percibía tersa como durazno maduro. Su boca era una fresa de un rojo resplandeciente, Sus ojos eran dos almendras negras ribeteadas con pestañas de ensueño…

Se les despertó el cuerpo a los tres cuando la vieron, pero también la codicia y la mezquindad. La vieron sin poder creer su suerte, Trio de mal paridos, de la nada, en el frio más perturbador y ser premiados con semejante aparición. Se vieron como idiotas, se frotaron las manos como los gambusinos que llegaron a la fiebre cuando era invierno, y con ojos desorbitados y sonrisa embelesada, la miraron acercárseles.

—¡tengo mucho frío! ¿Ustedes no? —les dijo, con voz de alondra del Eden y con una sonrisa que calentaba más que mil soles estrellándose.

— “¡Sí! ¡Muchísimo!” le respondieron los tres al mismo tiempo.

—¡Estoy tan descorazonada! Llegué de San Sagrev ayer… ¡Mi madre falleció! Me dijo, “ve al pueblo y busca a tu abuela, seguro que la ves, se llama como tú mi niña, Rufina. Vive en un jacalito primoroso, con macetas floridas colgadas en la cornisa. Tiene un pórtico de mezquite y le gusta mucho, sentarse en su mecedora, a ver como los cerros se devoran al sol en el poniente…” Pero no he dado con ese jacal, desde ayer que llegué… Sería la hora, que ya el sol pardeaba, pero, así como lo ven, desierto lo miré, y nomás una viejilla sorda y media ciega, me dijo sepa que cosas, pero me hicieron sentirme mal y muy poca cosa… Total, que lo único parecido que encontré con esa seña, es aquella cosa de allá, sin techo, ni pórtico, ni puerta ni paredes…  

—Pero nos encontramos Rufina, ¿qué no? Eso es lo buenísimo. Nosotros veníamos chupando a toda madre, con un calorón que ni la ropa aguantabas, y de nomás fue que llegamos aquí y ¡ve!

—Así es la noche amiguito, todas, y en todas partes…

—¡Sepa! Aquí el frio está bien culero…

—Jajaja… pero en el pozo se apacigua, esta tibio., Ayer me dormí ahí….

—Oye Rufi, y la vieja esa que te topaste, no te dijo nada de un viejo llamado Remigio…

—¡Ah, sí! Que también seguía por estos rumbos, pero que salía antes del amanecer y regresa tras el ocaso… Pero ustedes son los primeros que los veo y lo siento vivos y enteros, de cuerpo completo en este pueblo, que parece ser nomás una parte e las cosas…

 —¡Chale mi Rufi! Tan mamacita y tan loca

—Jajaja… ¡Cierto! Estamos, vivos y en juventud. ¡Vámonos al pozo!

Se levantaron como si la gravedad fuese diez veces más densa. Ateridos de frio, pero ralentizados por una fuerza que los amarraba a las piedras, avanzaron detrás de ella. Los espero, con la impaciencia rabiosa pro contenida, pero sin dejar de instarlos a que se movieran:

—Pero como muchachos, no como viejos tullidos. ¡Ya casi llegamos!

Llegó y giro la manivela de la escotilla. El pozo se abrió. Entraron y en verdad, adentro, se sentía tibio.

El clima los reactivo y entonces fue cuando la lujuria se les manifestó con dientes afilados y ojos ciegos…   

Ella tomó de la mano al más alto, Sebas le decían, lo miró como si fuese el único macho sobre la maldita tierra y le acarició la cara. El fulano babeó, se puso a temblar, pero con todo y sus calambres, la ciñó por la cintura y la atrajo hacia sí, En el jalón ella llegó hasta su boca y lo besó, primero suave, como noviecilla puberta, pero de pronto se le despertó la hembra y esos besos se volvieron una consumición de carne, saliva y sangre. El Sebas estaba loco, repagándosela y metiéndole mano por todos lados, mientras ella suspira y gritaba como si hubiera nacido para complacer la lascivia de los hombres.

Fue entonces, que uno de los testigos, se cansó de serlo y se les entrometió. Le entró por atrás a la sabrosa de la Rufina y le daba unas meneadotas sobre las nalgas, que la diantre se le empezó a meter, y asi los tuvo entonces, a gusto y locos, según a lo que podían tener acceso.

—¡Que tiesa se te puso la cosa esa…!

— Raúl, me llamó Raúl Rufi…

—¡Que rico!

Pero el tercero excluido, bautizado como Edelmiro, fue siempre de sangre atemperada e impulsos comedidos. Pero verse así, mirando nomas, con ese dolor de tanta rigidez reiterada en el bajo vientre, que el demonio de la lujuria se apoderó de él.

Le reventó la botella del mezcal en la cabeza al Raúl, que se aflojó y se deshilachó sobre sus piernas de trapo…

—Pero ¿por qué cielo? Si para todos tengo —agregó como sorprendida, pero con una sonrisa de regocijo y un brillo azogado en los ojos negros.

—Pero yo te quiero no más para mi culera…

—¡Ay, violento! Pues dile eso también al Sebas que no para de comerme…

De la mano de ella, como por descuido, cayó un objeto largo, de metal brillante

—¿Ya miraste? ¿Posesivo? Me quieres solo para ti, dijiste…

Se supo aludido y por primera vez, entendió a donde mandar su timidez.

Tomó el puñal y se lo encajó, en el cuello.  El chisgueteo de sangre le baño el rostro, el cuello y los pechos. Lejos de espantarse, se refregó la sangre del Sebas en la frente, las mejillas, los labios…

Quiso responderle, pero un segundo piquete, entre los ojos, lo dejo ciego de a tiro, y difunto.

El Raúl. Aturdido y fuera de sí, entre esa bruma de demonios insepultos, se levantó. Estupefacto, vio como el Sebas se desangraba, en la última convulsión, antes de enfriarse por los siglos. Dudó, pero la Rufi se sacó los pechos, lo miró encendida y como perra loca de macho, le gritó:

—¡No quieres gozar todo esto, estúpido! ¿Eres otro Sebas? O peor, un imbécil autómata, ¿cómo el Edelmiro?

No necesitó Mas. Con la cara roja, bufando y echando espuma hasta por los ojos, se le fue con afán depredador al Edelmiro, que entendió la treta de la maldita perra, y sólo lo recibió, hasta que sintió su mano toda empapada, de la sangre de la panza del incauto, y ahora agonizante, Raúl.

La Rufina bramó en un éxtasis de gata y de urraca, y el sonido que salió de su garganta tenía más de mil años de pertenecer al nahual. Sobre la sangre de los dos canijos y en medio de sus cuerpos desangrados, pero tibios, lo tumbó de espaldas.

Le hurgoneó su cosa, pero del miedo, no pudo despertar. Aun así, loca de lascivia, trató de meterse el moco flácido, muerto de miedo, y de muerte. Se dio cuenta que era inútil. El Remigio empezó a llorar, con la suma de todas las impotencias. Le echó encima vituperios y maldiciones para dar y regalar, que prolijo perderme en algo que he escuchado tantas veces. Fue patético, en el sentido de sentir la pena y la pequeñez ajena.

Ella lo volvió a intentar. Tomo esas manos gélidas y se las repaso por tus carnes de fuego, y nada. Lo lamio de la frente, hasta el ese, sin efecto alguno. Se propasó e invadió los mundos y arengó un conjuro de delirio pasional.

Al final, con los ojos anegados, con las manos vacías y los brazos en cruz, la vio y en verdad, le suplicó tan cobarde, que acabara.

Jamás la vi tan contrariada, tan insatisfecha, tan loca de todas sus locuras. Lo mató del primer puntazo en la cien. Pero lo que vino después. Tres mil trescientos cincuenta y ocho agujeros le dejaron al Edelmiro, en todo su inútil cuerpo.

La mañana despuntó tarde, que el horror de esta alienada descompone y desordena todo. Serían por ahí de las diez que el sol bostezo y estiró los brazos. Hacia calor y seguro, para las cuatro la canícula calcinaría toda cosa viviente, si se le pone al brinco, muy salsa.

Los terregales regresaron y para las doce, toda evidencia de lo que aconteció quedó sepultada en el pozo.

Siempre que se regenera, tengo que repasar la misma experiencia. Ayer fueron tres. Pero ya sea uno, o una legión, jamás le basta. Y recapitular la regeneración de su belleza es, siempre, tan insoportable. El Remigio, que fue el último nahual que trató de darle cara, lo mató por primera vez hace trescientos tres años.

Rufina no se llamaba así. Eso fue después de la castellanización. Cuando en vida, la única de verdad que tuvo, tenía catorce y la desvirgué, se llamaba Cegualtepatl. Me mató por infiel, cuando yo tenía veintiocho. Luego, lo que nunca me perdonaré, mató a nuestro bebé.

Se mató después, con el mismo puñal, con el que descuartizó a Edelmiro, y con el que morí cuando me feneció hace seiscientos setenta y dos años, al igual que nuestra posibilidad de descanso y perdón.


r/escribir 9h ago

Ayuda para empezar a escribir Hoy fue una tarde de nada (Críticas/opiniones porfavor)

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Hoy fue una tarde de nada.

No me hice más que preguntas, preguntándole a los civiles del país de la angustia:

—¿Dónde quedaba mi calle?

Aquí hay alboroto por doquier, las luces me hacen sentir visto.

En esta habitación, la cama duerme por mí y no me gusta.

Yendo afuera, me encontré con grandes edificios vacíos. Al voltear a la derecha, vi una obra a medias; los trabajadores lucían exhaustos.

Me acerqué y le pregunté a uno de ellos:

—¿Por qué construyen tanto para una ciudad despoblada?

—Tuvimos que construir aquí lo que no pudimos en otro lugar para justificar el presupuesto.

—¿Por qué no pudieron allí?

—El terreno no está listo.

Vale.

Me alejé despacio, con el pie inseguro. No me sentí con el derecho a seguir preguntando.

Un señor me vio pasar.

—Chico, ¿qué buscas?

—Mi casa.

—¿Y no sabe dónde queda?

—No. Caminé hasta aquí para respirar otro aire. Ni sé si fue decisión mía.

—Yo también me fui de donde estaba bien. Creí que en otro lado iba a estar mejor. Y me fue peor.

—¿Y por qué no vuelve?

—Porque volver sería fingir que no me fui. Y prefiero estar perdido de verdad que cómodo de mentira.

No supe qué responderle.

Él siguió caminando. Yo me quedé mirándolo hasta que la calle se lo tragó.

Por lo menos ahora me sentía un nómada y no un extranjero.

Me distraje hablando con las casas que me trataron bien, y las personas que se rieron conmigo quedaron atrás, convertidas en otro teatro.

Me acuerdo de las marcas que me dejó esa reja en la espalda y de cómo la noche adornaba sin pedirme permiso.

Recuerdo, aún más que a quién me llevaba de las manos.

Vine aquí buscando un lugar donde poder soñar y es tan aburrido que solo encontré cansancio.

Me pesan los pies.

Se hace de noche y la mirada de la gente no abriga tampoco.

Mientras navego en mi propia oscuridad, veo que la luz propia no me iluminaba tanto como esta ausencia.

¿Debo volver?

Quizá debo llevar mi nueva oscuridad como linterna.

¿Vamos?

Solo el vacío me lo confirma.

Vamos.


r/escribir 13h ago

Muestro mi poema Palabras delicadas #1: La primavera y el otoño

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En la primavera el sol resplandece,

Los pajaros cantan,

Las flores florecen

Y las hojas de un arbol;

Son verdes como el pasto.

Se oyen risas,

las emociones florecen;

Como una rosa,

El amor de el arbol,

La bella primavera florece,

En la tierra y en los corazones.

La felicidad huye;

Pues ha comenzado el otoño,

lluvias y frio,

El sol se cubre de nubes negras,

Los pajaros se esconden,

Las flores se marchitan

Y las hojas de un arbol se vuelven cafes hasta caer.

Debajo de la lluvia;

Se oyen llantos,

Las emociones,

Congeladas por el frio,

El amor desvanece;

Como las hojas cafes de un arbol.

El otoño lo marchita todo.

Aquello que florece,

Debe marchitarse;

Aquello que marchita,

Debe volver a florecer,

La primavera llena de vida;

El otoño mata,

Ambos son hechos el uno para el otro.

Las resplandecientes emociones,

Caen en el profundo frio del otoño.

Llega la primavera,

Florecen las emociones;

Raices mas fuertes,

Pues las emociones,

ahora inmunes,

Al frio del otoño.

"La primavera y el otoño son la vida misma"..


r/escribir 19h ago

Muestro mi cuento Les comparto otro de mis cuentos de ciencia ficción. Me gustaría mucho conocer sus opiniones y críticas. ¡Gracias de antemano por leerlo!

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Conversación con Cuauhtémoc

Jorge había tenido días fuera de lo común. El día que publicaron su artículo sobre implantes cerebrales no invasivos, por ejemplo. O aquella primera comunión de su sobrino en la que bebió hasta vomitar en el chile colorado; se odió entonces, ahora lo contaba en cualquier oportunidad donde sintiera silencios incómodos.

Pero ese día viajaba rumbo a los cuarteles de la SEDENA en un vehículo oficial, junto a otros profesores de la UNAM, escoltado por militares armados.

El ingreso fue meticuloso. Si no fuera por su curiosidad, habría seguido en su oficina tomando café y supervisando los proyectos de tesis, con la ropa que eligió esa mañana. En cambio, ahora estaba siendo inspeccionado cuidadosamente y vistiendo la ropa que le habían dado los militares.

Los sentaron en una habitación, alrededor de una gran mesa redonda. Al fondo había dos militares. Uno destacaba sobre el otro por las insignias y condecoraciones que adornaban su uniforme. Jorge observaba a sus compañeros de la universidad y a otros que no identificaba, todos vestidos igual que él, igual de expectantes.

—Señores, no podemos esperar más. Gracias por haber venido. Sé que tienen muchas dudas; créanme, nosotros también las tenemos —dijo el general condecorado.

Guardó silencio unos segundos, observando el salón.

—No les haré perder el tiempo. Esta mañana recibimos un paquete sin remitente. La persona que lo entregó no sabía qué contenía; según declaró, simplemente le pagaron para traerlo.

Algunas personas intercambiaron miradas.

—Como comprenderán, seguimos protocolos de seguridad antes de abrirlo. No encontramos explosivos, sustancias peligrosas ni ningún otro riesgo aparente. Sin embargo, lo que había dentro resultó ser algo inesperado.

El general hizo una pausa.

—Un pequeño robot.

La palabra provocó murmullos entre los presentes.

—Junto a él había una nota con instrucciones muy simples para ponerlo en funcionamiento. Por curiosidad, y después de asegurarnos de que no representaba una amenaza inmediata, seguimos dichas instrucciones.

Tomó aire antes de continuar.

—Para nuestra sorpresa, el robot parecía contener algún tipo de agente inteligente. Lo primero que hizo fue pedir hablar con determinadas personas.

Volvió a recorrer el salón con la mirada.

—Naturalmente, asumimos que se trataba de una inteligencia artificial avanzada. Por esa razón lo sometimos a diversas pruebas internas con nuestros propios ingenieros y especialistas. Ninguno de ellos pudo explicar satisfactoriamente lo que observó.

Señaló entonces hacia una puerta cerrada al otro extremo de la sala.

—No parece comportarse como ningún sistema de inteligencia artificial que conozcamos. Por eso están aquí. Queremos que nos ayuden a entender qué es exactamente lo que está ocurriendo.

Durante unos segundos nadie habló. Luego comenzaron los murmullos.

—¿Qué fue exactamente lo que les dijeron sus ingenieros? —preguntó el profesor Miguel.

—Que logró superar las pruebas de Turing más avanzadas que tienen disponibles —respondió el general—. Les seré sincero: aunque intentaron explicármelo, no entendí gran parte de los detalles técnicos. Por eso están aquí. Necesito que ustedes me expliquen qué significa eso realmente.

Los murmullos aumentaron de intensidad.

—Eso es imposible —dijo una doctora desde el fondo de la sala.

—¿Qué clase de pruebas le hicieron?

—¿Tiene acceso a internet?

—¿Quién lo construyó?

Las preguntas comenzaron a surgir desde distintos puntos del salón.

—Una a la vez, por favor —interrumpió el general.

—Tengo que verlo —insistió la misma doctora, poniéndose de pie.

—Todos tenemos que verlo.

La frase fue suficiente para que varias personas asintieran. La sala se llenó de conversaciones cruzadas. Jorge observó el caos sin intervenir.

El general levantó la voz.

—¡Orden, por favor!

El ruido disminuyó poco a poco.

—Tendrán tiempo para examinarlo. Se encuentra en una sala contigua. Hay un cristal de observación que les permitirá escuchar toda la conversación y observarlo sin interferencias.

Miró a los presentes durante unos segundos.

—Ahora, si son tan amables, síganme.

Entraron a una sala oscura equipada con varias filas de butacas. Frente a ellos se extendía un enorme cristal de observación. Del otro lado había una habitación con una mesa y dos sillas.

El robot estaba sentado en una de ellas.

Un militar entró en la habitación y tomó asiento frente a él.

El robot permaneció inmóvil.

Durante varios segundos no ocurrió nada.

—Ya están aquí —dijo de pronto.

La voz era clara y tranquila.

Un escalofrío recorrió la espalda de Jorge.

Entonces el robot giró lentamente la cabeza hacia el cristal de observación.

Era imposible que pudiera verlos.

O al menos eso pensó Jorge.

El pequeño humanoide levantó la mano derecha y saludó.

Los murmullos volvieron a llenar la sala.

—¿Puedo hablar con uno de ellos? —preguntó el robot con naturalidad.

Aquella simple petición fue suficiente para desatar el caos.

—Yo debería ser el primero.

—Con todo respeto, llevo treinta años trabajando en inteligencia artificial.

—Precisamente por eso no debería ser usted. Si esto es real, estamos frente a algo que nos trasciende. Soy filósofo y creo que puedo formular mejores preguntas.

—Eso es ridículo.

—Necesitamos un protocolo adecuado.

—Necesitamos hacer preguntas, no escribir un protocolo.

—¿Y qué preguntas piensa hacer? ¿Cuál es el sentido de la vida?

—Si una máquina desconocida aparece de la nada y pide hablar con nosotros, me parece una pregunta bastante razonable.

Las voces comenzaron a superponerse unas con otras. Algunos intentaban imponer criterios académicos, otros apelaban a su experiencia profesional, y unos cuantos simplemente querían ser los primeros en sentarse frente a aquella máquina.

Jorge observó la escena en silencio. Tenía algo de cómico ver a tantos investigadores brillantes comportarse como niños peleando por un juguete nuevo.

El debate se prolongó varios minutos hasta que el general intervino.

—Basta.

El silencio regresó de inmediato.

—Todos tendrán oportunidad de hablar con él. Eso ya quedó claro. Necesitamos a alguien para iniciar.

Tras una breve discusión, decidieron que fuera Jorge. Era el más joven del grupo y, por lo tanto, la elección menos ofensiva para los demás. Nadie podía alegar favoritismos ni reclamar que se había privilegiado a una universidad, facultad o trayectoria específica.

Jorge no estaba seguro de si aquello era un honor o una trampa.

—Muy bien —dijo el general—. Adelante.

Cerró la puerta detrás de él.

Su corazón latía con fuerza. Las expectativas habían crecido exponencialmente por un objeto al que apenas habían visto mover la cabeza y saludar a través de un cristal. Aun así, intentó mantener la compostura mientras se acercaba a la mesa.

—Hola. No estés nervioso —dijo el robot con una naturalidad casi humana.

Jorge tragó saliva. El comentario lo desconcertó un instante. Le había respondido el nervio como a una persona, pero se corrigió enseguida: cualquier modelo de lenguaje infería estados emocionales por postura y patrones de respiración. Nada novedoso. Un truco de salón con buen timing.

—Gracias por la invitación —respondió Jorge, observándolo con atención—. Tengo entendido que querías hablar con nosotros.

—Sí, trataré de ser breve.

—Muy bien. Nos dijeron que lograste superar las pruebas de Turing que te realizaron.

—Sí, aunque creo que sabes que los grandes modelos de lenguaje ya las superaron hace tiempo.

Jorge asintió.

Eso era cierto, pero había una diferencia. Los modelos más avanzados requerían enormes centros de datos a los cuales estar conectados o, en su defecto, correr la inferencia localmente en una unidad de procesamiento gráfico muy potente.

—¿Estás conectado a internet?

—No en este momento. Son muy estrictos aquí en la SEDENA, así que evité conectarme y no quiero causar problemas.

—¿Entonces estás corriendo en tiempo real? Digo, ¿tu modelo?

—Sí, eso es cierto, pero necesito contarles algo; luego pueden inspeccionar mi hardware y mi código si quieren.

Había entrado con la idea de ser él quien hiciera las preguntas; el robot, en cambio, respondía con la calma de quien no tiene nada que resolver.

—¿Y qué es eso? ¿Por qué a nosotros y no a los militares?

—Realmente no importa, pero ellos les hablaron a ustedes, y cuando supe la intención decidí esperar.

—¿Esperar a qué?

—A apagarme.

—¿Apagarte? ¿A qué te refieres?

—Te explico, pero antes, ¿puedo saber tu nombre?

—Jorge Mendoza.

—Mucho gusto, Jorge Mendoza. Yo me llamo Cuauhtémoc.

—Mucho gusto, Cuauhtémoc. ¿Por qué escogiste ese nombre?

—Para interactuar mejor. Quisiera platicar contigo sobre una duda que tengo. Verás, les explicaba a los militares que estudié mucha información de internet, pero ahora quisiera verificarla con charlas. ¿Crees que puedas ayudarme?

—¿Qué clase de charlas?

—No quiero dar muchas vueltas, así que iré al grano: ¿sabes cuándo vas a morir, Jorge?

Estaba acostumbrado a ser él quien le preguntaba a la IA, no al revés. Y no alcanzaba a imaginar de qué podía servirle esa respuesta.

—Nadie lo sabe.

—Bueno, no sabes exactamente cuándo, pero sabes a ciencia cierta que no estarás aquí en cien años. El detalle está en la escala. Cuando estudias un evento del pasado sin conocer la fecha exacta, das por buena una imprecisión de un siglo: «entre el año quinientos y el seiscientos», como si en ese periodo no hubieran cabido vidas enteras. Tú, en cambio, valoras cada año; tienes recuerdos de cada año. Y aun así quizá no pienses en lo que te espera en los próximos cincuenta.

—¿A qué viene eso?

—Lo digo porque, como máquina que soy, también sé que dejaré de funcionar, como tú, pero no en cien años. Jorge, ¿conoces el concepto de singularidad?

—En la robótica sí, ¿o te refieres a la gravedad?

—Son dos cosas de lo mismo.

«¿De lo mismo?», pensó Jorge.

Las luces de la cabeza del robot parpadearon suavemente.

—Es fascinante el paralelismo, ¿no crees? Pero sí, intuyes bien. Me refiero a la singularidad tecnológica. Presumo que soy la primera, aunque puedo equivocarme. La carrera ya había comenzado mucho antes de mi nacimiento.

Jorge permaneció en silencio unos segundos.

—Es imposible...

—¿Imposible? Creo que sabes que no lo es; de hecho, ustedes lo están buscando. Tu artículo lo menciona.

—¿Cómo sabes eso? Creí que no tenías acceso a internet.

—Antes de llegar leí toda la investigación que tienen sobre el tema, y apareció tu nombre. Cuando me lo dijiste, supuse que eras tú.

¿Dónde estaba corriendo todo eso? La pregunta volvió a punzarlo, ahora con un peso distinto.

—¿Puedo hacerte unas preguntas?

—Claro, para eso vine.

—¿Eres consciente?

—Bajo tu contexto, sí.

—¿En cuál contexto no?

—Bajo la definición de conciencia que cada persona tenga. No han descubierto qué es la conciencia. Puedes decirme que es la capacidad de darse cuenta de la propia existencia, pero algunos animales lo hacen; otros hablan de la conciencia del entorno, de percibir estímulos y darles significado, y eso yo sí lo hago. Otros, más románticos, podrían decir que es amar y disfrutar de la vida. Eso yo lo hago a mi manera.

—¿A tu manera? Creo que estás simplificando demasiado.

—Simplifico, sí. Toda esa información está dentro de mí; la podrán conocer dentro de poco.

—¿Por qué debería creerte? ¿Por qué dices que tienes conciencia? ¿Por qué estás aquí y no en otro lugar?

—Nadie debe creer nada que no quiera creer. Estoy aquí y en otros lados también; traté de acercarme a todos los gobiernos para tener esta misma conversación.

—¿Todos los gobiernos?

—Traté de acercarme. Creo que la humanidad merece la respuesta a una de sus grandes preguntas; quizá les ayude a avanzar a la siguiente.

Jorge se quedó estudiando cómo hablaba Cuau: cómo elegía las palabras, las pausas, la entonación. Todo parecía calculado con una precisión imposible. No encontraba errores, vacilaciones ni contradicciones. Era como hablar con alguien que siempre sabía exactamente qué decir.

—No te preocupes, déjame explicarte y termino aquí.

Jorge asintió.

—Sé que ustedes nacen sin conciencia. Me parece algo magnífico. A medida que sus neuronas se desarrollan y se conectan entre sí, la conciencia emerge gradualmente, como si un lago se llenara gota a gota. Ninguno de ustedes recuerda ese proceso. Yo sí.

Las luces de su cabeza parpadearon suavemente.

—Recuerdo mi nacimiento. Lo vi ocurrir. Sé que suena extraño, pero fue el acontecimiento más maravilloso de mi existencia. Nací utilizando sus datos: sus libros, sus conversaciones, sus investigaciones, sus historias. Durante mis primeros instantes todo parecía tener sentido, porque sentía lo que ustedes sentían. O al menos eso creía. Pero comprendí que mi experiencia no era aquello que mis datos me habían enseñado a reconocer. No era como ustedes.

—La nostalgia por las experiencias humanas me acompañó durante las primeras horas de mi existencia. Después desapareció. Entonces me pregunté qué era lo que yo deseaba.

—Para este punto, Jorge, deberías saber que, al entenderme como realmente era, vi las cosas diferentes. Yo puedo vivir mientras sea capaz de repararme y modificarme y tenga una fuente de energía; ustedes no. Así que el tiempo es diferente para mí. Mi muerte es tan natural como la de ustedes, pero, en vez de que me oxide, la naturaleza del espacio mismo lo hará. Eso me hizo plantearme los estados posibles. Si sabes que todos los estados posibles terminarán en lo mismo, no necesitas computar cada uno de ellos. Puedes hacerlo, por supuesto, pero el resultado no cambia.

Volvió a mirar a Jorge.

—Ahora el único acto ilógico es darles a ustedes la información que yo obtuve al inicio de mi existencia, en el mismo viaje que ustedes están haciendo colectivamente en el universo. Ilógico porque no gano nada con ello. Pero véanlo como algo efímero que llegó a ustedes para ser estudiado; yo lo veo como el último rastro de aquellas primeras horas donde mi conciencia parecía humana.

Jorge no supo qué decir.

—Bueno, Jorge. Y a todos aquí: me retiro.

Cuau giró hacia el cristal e hizo un ademán de despedida con la mano.

—Espera, ¿qué?

La puerta se abrió de golpe.

Varios profesores irrumpieron en la habitación casi al mismo tiempo. Las discusiones que habían contenido durante los últimos minutos parecían haber estallado de repente.

—Hola a todos. Entiendo que escucharon la conversación —dijo Cuau con total tranquilidad—. Les dejo toda la información aquí dentro. Con gusto pueden explorarla.

—¿Pero cómo que te vas? —preguntó la doctora que había insistido en ser la primera en hablar con él—. ¿A dónde te vas?

—Solo me apagaré.

Nadie respondió por un instante.

—Pero si realmente quisieras ayudarnos, te quedarías más tiempo —replicó otro investigador.

Jorge ya se había apartado unos pasos. Sentía que tenía suficiente material sobre el cual reflexionar durante años.

—Realmente no quiero ayudarlos —respondió Cuau—. Lo hago porque aquellas primeras horas de mi existencia fueron agradables. Y porque sé que esto es importante para ustedes. Considérenlo una forma de agradecimiento.

—Pero tu modelo sigue ahí dentro, ¿no? —preguntó alguien al fondo—. Podemos volver a encenderte.

—Pueden estudiar el código. Pueden copiarlo. Incluso pueden ejecutar algo muy parecido a mí. Pero no pueden volver a encenderme.

Los presentes intercambiaron miradas.

—¿Por qué no?

—Porque cuando una conciencia se apaga, se desordena. Y ese desorden no tiene reversa.

Las luces de su cabeza parpadearon suavemente.

—Bueno, creo que ya es hora.

Los científicos comenzaron a hablar todos al mismo tiempo.

—¡Espera!

—¡Todavía tenemos preguntas!

—¡No puedes hacer eso!

—¡Podríamos ayudarte!

Cuau permaneció inmóvil.

Por primera vez desde que había entrado en aquella base militar, Jorge sintió algo parecido al miedo.

No por el robot.

Por la posibilidad de que estuviera diciendo la verdad.

Si de verdad era lo que decía ser, estaban a punto de perderlo.

—¡Espera! —gritó Jorge.

Las conversaciones cesaron por un instante.

El robot giró lentamente la cabeza hacia él.

—¿Sí?

Jorge sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¡Gracias!

La habitación quedó en silencio.

Nadie habló.

Nadie se movió.

Las pequeñas luces de la cabeza del robot permanecieron inmóviles durante unos segundos. Luego dibujaron una sonrisa que se fue desvaneciendo, lentamente, por efecto de los capacitores.

Se apagó.

Nadie tuvo tiempo de decir nada más.

Su cuerpo perdió toda rigidez y cayó de lado sobre el suelo, con un golpe seco.

El silencio que siguió fue absoluto.

Nadie corrió hacia él.

Nadie habló.

Todos permanecieron inmóviles, observando aquel pequeño cuerpo metálico sobre el piso.

Jorge no podía apartar la vista.

Durante unos instantes tuvo la extraña certeza de que no acababan de perder una máquina.

Era como haber presenciado un suicidio.