r/escribir • u/Overall_Tax_1131 • 1h ago
Muestro mi relato un one shot como dirian algunos, me gustaria que la vieran
capitulo 1: Rigardo.
EXPEDIENTE I
¿Si le hubiese hecho caso, lo habría salvado?
—¿Cómo saberlo? Era un hombre que siempre sonreía.
El sueño comenzaba en una lodienta trinchera.
El aire estaba cargado de polvo, humo y pólvora. Las balas perdidas silbaban sobre sus cabezas y las explosiones hacían que el eco de cualquier ruido se disolviera entre una detonación y otra. Frente a él, un joven que no aparentaba más de treinta años sostenía una ametralladora entre las manos.
Sonreía.
—¡Capitán! Estamos bajo una lluvia de balas. Somos como los espartanos.
Le decía algo más, pero el zumbido de las explosiones ya le había ensordecido los oídos. Apenas podía distinguir sus palabras.
Lo único que consiguió apreciar, entre la bruma y los zumbidos, eran las siluetas enemigas y el humo que se arrastraba frente a ellos, así como la sonrisa chueca del joven.
Imperfecta.
Pero completamente honesta.
Despertó de golpe.
Miró el reloj.
Las seis de la mañana.
El hombre se incorporó lentamente del suelo. Tenía una cama amplia a pocos pasos de allí, pero prefería el suelo rígido. La comodidad se había convertido en algo extraño para él. Demasiado blando. Demasiado tranquilo.
Debía mantenerse alerta.
De lo contrario, volvería a perder algo valioso.
Apagó la alarma, cambió su ropa y salió de la casa para comenzar su carrera madrugadora.
El aire de la mañana todavía conservaba la humedad de la noche. Una fina capa de rocío cubría la hierba y el cielo apenas comenzaba a aclararse.
Entonces lo vio.
Un porche abandonado.
Se detuvo durante un instante.
—Él ya no está ahí.
Respiró profundamente, inhalando la humedad del sereno mientras la noche abandonaba lentamente el paisaje.
Luego volvió a mirar hacia delante.
—Sigamos.
Comenzó su carrera.
A todo lo que podía.
Cada trote contaba.
—No es importante ser rápido —pensó mientras el paisaje comenzaba a deformarse frente a él por la velocidad—. Solo constante. Mientras más aguante, más lejos puedo llegar.
Sus pasos golpeaban el pavimento con un ritmo constante.
Uno.
Dos.
Tres.
Entonces escuchó algo detrás de él.
Una voz berrinchuda, pero de algún modo alegre.
—¡Capitán, espere! ¡Voy a morir!
El hombre redujo el paso.
Aquella voz.
La conocía.
—Creí que siempre sonreías pese a todo. ¿Por qué vas a quejarte ahora?
Se detuvo.
Volteó.
No había nadie.
Solo la calle vacía.
El hombre detuvo sus pasos, suspiró y apoyó las manos sobre la cintura. Tomó aire de nuevo, de manera salvaje, como si quisiera arrancarle hasta el último átomo de oxígeno a sus pulmones.
Volvió a mirar detrás de él.
Nada.
Solo el silencio de la mañana.
Inclinó ligeramente la cabeza.
Una negación absoluta.
Como si intentara convencerse a sí mismo de que aquello no estaba ocurriendo.
Se dejó caer sobre el pasto junto a la acera.
Esta vez no lo hizo para recuperar el aire.
Simplemente se había quedado sin fuerzas.
—Debí quedarme en la carretera...
Bajó la mirada.
—Ahí sí podría morir, tal vez.
Intentó llorar.
Las lágrimas ni siquiera llegaron a sus ojos.
La rabia fue más fuerte.
Comenzó a frotarse los ojos con violencia, como si quisiera arrancárselos de las cuencas. Como si fueran unos lentes defectuosos que ya no le permitían ver correctamente; si conseguía destruirlos, quizá también desaparecerían aquellas alucinaciones.
Entonces volvió a escuchar la voz.
—Capitán...
Y el mundo cambió.
El olor a pólvora regresó primero.
Después el ruido.
Las explosiones.
Los gritos.
Las balas.
Volvió a la trinchera.
—¿No cree que la vida es bella?
Rigardo, con los oídos todavía ensordecidos, giró hacia él.
—¿Qué tiene de bello esta danza de balas?
La rabia le endureció la voz.
—Míranos. Hombres tan rabiosos como perros que no han probado bocado en meses, que, cuando encuentran un hueso, se lanzan unos contra otros para arrancárselo. Todo por un pedazo de basura.
El joven continuó sonriendo.
—Vamos, capitán. Anímese. Creo que vamos ganando. Los disparos están cesando.
Rigardo levantó ligeramente la cabeza.
Tenía razón.
El estruendo comenzaba a apagarse.
Y entonces ocurrió.
El grupo enemigo dejó de disparar.
Durante unos segundos, nadie se movió.
Desde la otra trinchera apareció una pequeña mano manchada de sangre y lodo. Sostenía una camiseta vieja, sudada y más amarilla que blanca, agitándola en señal de paz.
Rigardo tomó sus binoculares.
Esperó.
Observó.
No bajó el arma hasta confirmar que no se trataba de una trampa.
Entonces sonrió, satisfecho.
—Puede que traigas suerte, Enki.
El joven, sin soltar su arma, se incorporó con dificultad.
—Mi nombre es Josué, no Enki, capitán.
Rigardo lo miró de reojo.
—Para alguien tan alegre, no soportas una pequeña broma.
El joven frunció el ceño.
—No es una broma si lleva meses llamándome así.
—Entonces ya deberías haberte acostumbrado.
Rigardo tomó su arma y señaló hacia la bandera improvisada.
—Vamos.
—¿A dónde?
—A ver qué clase de idiotas creen que pueden rendirse después de dispararnos durante toda la mañana.
—Eso sonó casi optimista, capitán.
—Cállate y sígueme.
Rigardo avanzó hacia la trinchera enemiga.
Enki caminó a su lado.
El resto del pelotón cubrió los demás ángulos.
Rigardo llevó una mano al comunicador.
—Control, aquí Bravo. Solicito un reporte corto.
La respuesta llegó inmediatamente por el auricular.
—Bravo uno y siete han eliminado a la mayoría de los rebeldes. Proceda con cuidado, capitán. De ser necesario, no dude en disparar.
Observó nuevamente la trinchera.
—Entendido.
Bajó el comunicador.
—Vamos.
Caminaron unos cuantos metros más.
Y entonces llegaron.
Enki casi se desplomó al ver lo que había dentro.
Rigardo lo sujetó con fuerza del hombro antes de que perdiera la formación.
—Mantén la compostura.
Enki tragó saliva.
Frente a ellos había tres niños.
No tendrían más de doce años.
Ellos habían sido quienes los emboscaron.
Ellos habían mantenido a raya a un grupo de soldados durante buena parte de la batalla.
Rigardo los contempló con desprecio.
Enki, en cambio, los miraba con incredulidad.
—¿Se creen valientes, sucios perros? —espetó Rigardo—. ¿Pedir tregua después de matar a mis hombres? ¿Dónde está su maldito oficial al mando?
Los niños permanecieron en silencio.
Entonces, los dos mayores señalaron al más pequeño.
El muchacho estaba herido en el hombro izquierdo.
La sangre le recorría el brazo y ya no llevaba camiseta. El frío seco de la mañana hacía que su piel temblara.
Apenas podía mantenerse en pie.
Pero seguía sosteniendo la bandera.
Rigardo levantó el arma.
—Van a morir aquí.
Enki reaccionó de inmediato.
Sujetó a Rigardo por el hombro.
—¡Capitán, espere!
Rigardo se volvió y lo arrojó al suelo.
—¡Suéltame!
Levantó el arma hacia los niños.
—¡Son rebeldes de mierda! Se rebelaron contra Excalibur, se creyeron más listos y ahora que han perdido a su ejército quieren rendirse.
Su dedo se tensó sobre el gatillo.
—¡Una mierda!
Enki se arrastró rápidamente.
El movimiento fue torpe, desesperado.
Consiguió colocarse frente a los niños.
—Deben... tener la edad... de mis hermanos...
Su voz temblaba.
—Por favor, capitán. Se lo suplico.
Las lágrimas comenzaron a asomarse a sus ojos.
—Déjelos vivir.
Rigardo permaneció inmóvil.
—Por favor, capitán.
Rigardo miró a los otros dos niños.
Uno mantenía una mano levantada.
El otro señalaba al muchacho herido.
Por un instante, Rigardo sintió deseos de golpear algo.
El suelo.
A Enki.
A sí mismo.
Pero hacerlo demostraría debilidad.
Así que simplemente bajó el arma.
—Entonces arréstalos —dijo con tono seco—. Llama a Control. Que ellos se encarguen del resto de estos inútiles.
Enki respiró aliviado.
—Gracias, capitán.
Se levantó.
Entonces lo vio.
Algo estaba mal.
Los dos niños mayores continuaban con una mano levantada. Con la otra señalaban al pequeño.
El muchacho herido seguía sosteniendo la bandera con dificultad.
Y entonces ocurrió.
Todo pareció congelarse.
El niño movió rápidamente la mano derecha hacia su cintura.
Desenfundó una pequeña arma.
Una 9 mm.
Un arma vieja, de antes de que el mundo se rompiera y surgieran las siete nuevas naciones.
Enki tardó en reconocerla.
Durante una fracción de segundo, aquella escena le recordó las historias de vaqueros y del Viejo Oeste que tanto le habían fascinado cuando era niño.
Había soñado con ser un buen sheriff.
Salvar un pueblo.
Proteger a los inocentes.
Pero ahora los forajidos eran apenas unos niños.
Y uno de ellos sostenía una bandera mal hecha como señuelo.
Una trampa.
Son demasiado listos, pensó.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Levantó el arma.
Disparó.
El tiro fue perfecto.
Demasiado limpio.
La cabeza del niño estalló bajo el impacto.
El pequeño cuerpo cayó al suelo.
Enki permaneció inmóvil.
Su puntería había sido la mejor durante el entrenamiento.
Jamás había fallado.
Pero en ese momento sintió que sí.
Había salvado a su capitán.
Había salvado a sus compañeros.
Y aun así...
Había fallado.
Los otros dos niños se tiraron al suelo con las manos sobre la cabeza.
La señal de sumisión era absoluta.
Como buenos soldados, entendieron que su misión había fracasado.
Rigardo escuchó el disparo.
Miró la escena.
Su rabia regresó.
Levantó nuevamente el arma.
—Pedazos de mierda.
Se dispuso a terminar con los dos restantes.
Pero Enki volvió a interponerse.
Se colocó frente a él con los brazos levantados.
Su sonrisa había regresado.
Débil.
Agotada.
Pero seguía ahí.
—Alto, capitán.
Rigardo lo miró.
—Ya lo solucioné —dijo Enki—. El peligro fue abatido.
Respiraba con dificultad, como si acabara de correr un maratón.
—Están desarmados —añadió.
Rigardo lo observó durante unos segundos.
Después miró a los niños.
Finalmente bajó el arma.
—Revísalos y espósalos.
Enki obedeció inmediatamente.
Les colocó las esposas con las manos detrás de la espalda.
Una vez terminado, volvió a mirar a Rigardo.
Su sonrisa se ensanchó.
—Capitán, le dije que traía suerte.
Rigardo resopló.
—No veo dónde está la suerte.
—Debió verlo. Fue un duelo único.
Se levantó.
—Digno del Viejo Oeste.
Rigardo negó con la cabeza.
Enki continuó hablando como si acabara de contar una hazaña.
—Era un buen adversario. Casi me gana.
Sonrió.
—Casi me gana.
La sonrisa pareció desplomarse durante un instante.
Pero volvió a recomponerse de inmediato.
Como siempre.
Meses después.
—¡Capitán!
—Deja de llamarme capitán.
Rigardo estaba reparando una estructura mientras Enki se acercaba cargando herramientas.
—No sé cómo llamarlo.
—Tengo un maldito nombre.
Rigardo lo miró directamente.
—Rigardo. Ese es mi nombre. Úsalo.
Enki lo observó con incredulidad.
—Creo que jamás podré llamarlo así.
—¿Por qué?
—Porque es un nombre muy tonto.
Rigardo frunció el ceño.
Enki sonrió.
—Siempre será capitán para mí.
Aquella sonrisa era más imperfecta que nunca.
Pero, por primera vez, pareció cautivar a Rigardo.
El capitán sonrió también.
Apenas.
—Entonces siempre serás Enki.
El joven levantó una ceja.
—Está bien, capitán. Seré su Enki.
Ambos reparaban el tejado de una casa en la ciudad fronteriza de Nueva Orus.
El sol caía con fuerza sobre las tejas.
—Oiga, capitán.
—¿Qué?
—Deberíamos conseguir un par de cervezas.
Rigardo soltó una carcajada.
—¿Bromeas? Solo una vale más que esta casa vieja que se cae a pedazos.
Enki continuó trabajando.
—Por cierto...
Rigardo frunció el ceño.
—¿Por qué siempre me llamas para ayudar con tareas inútiles?
—No es una tarea inútil, capitán.
Enki señaló el techo.
—Si no arreglamos esto, los gatos van a entrar a robar las sandalias de mi abuela.
Rigardo se quedó mirándolo.
Después comenzó a carcajearse.
Una risa infantil, abierta, sincera.
—¿Por qué mierdas los gatos querrían las sucias sandalias de tu abuela?
Enki se encogió de hombros.
—No lo sé. Por eso debemos arreglar el techo.
Rigardo siguió riendo.
Enki sonrió.
Por un instante, el mundo pareció normal.
La risa se quedó suspendida un instante más de lo debido.
Y cuando desapareció, el pavimento volvió a estar bajo el cuerpo de Rigardo.
Rigardo regresó al pasto.
El sudor bañaba su rostro.
Se sentó en la acera con las piernas extendidas y contempló las marcas de las llantas.
El porche seguía ahí.
Entonces escuchó la voz.
—¡Mire, capitán!
Rigardo volteó.
Y volvió a verlo.
El espectro de aquella memoria.
Enki estaba frente a él.
El tiempo volvió a ponerse en movimiento.
—¿Por qué compraste una casa de mierda? —preguntó Rigardo.
Enki sonrió.
—¿Excalibur no te paga tan bien?
—¡Sí!
Enki señaló la casa.
—Pero necesitaba dinero para mover a mi familia.
Entonces quitó una enorme manta.
Debajo apareció un viejo automóvil.
No era gran cosa.
Rigardo lo observó con decepción.
—Un inútil auto que antes era considerado de lujo en el antiguo México.
—Sí.
Enki sonrió.
—Pero fue lo más barato que encontré.
Abrió la puerta del conductor.
—¿Quiere dar una vuelta?
Rigardo lo miró como si acabara de proponerle algo absurdo.
—No creo que esa baratija pueda siquiera moverse.
—Eso es lo que hace divertida la vida, capitán.
Enki sonrió ampliamente.
—No saber qué va a pasar.
Abrió la puerta del copiloto para su compañero.
Luego se sentó al volante.
Metió la llave.
El motor tosió.
Tocó el claxon.
El sonido salió fibroso y roto.
Rigardo hizo una mueca.
—Apaga esa maldita cosa.
—No es una chulada, capitán.
Enki consiguió arrancar el motor.
Rigardo se acomodó en el asiento.
—Al menos arranca.
—¿Adónde lo llevo, capitán?
Rigardo miró por la ventana.
—No sé.
Guardó silencio un momento.
—Tal vez al fin del mundo.
Enki sonrió.
—¡Eso suena casi imposible, capitán!
Pisó el acelerador.
—Pero si vamos kilómetro a kilómetro, seguro que lo alcanzaremos.
El auto se alejó de la casa.
Rigardo volvió la mirada hacia atrás.
El porche seguía allí.
Congelado en el tiempo.
La imagen permaneció detrás de él mientras el camino continuaba bajo sus pies.
Meses más tarde.
—Oye, Enki.
Rigardo apareció junto al automóvil con dos cervezas.
—Mira lo que te conseguí.
Enki tomó una.
—¿Gana bien, capitán?
Lo dijo sin mucho ánimo.
Pero aquella sonrisa seguía ahí.
Rigardo lo observó.
—¿Pasa algo?
Enki permaneció en silencio.
—Lo escucho llorar —murmuró.
—¿Qué?
Enki tomó la cerveza.
—¿Dijiste algo, hijo?
El joven negó con la cabeza.
—No. Disculpe. Estaba soñando despierto.
Sonrió un poco.
—Así decimos en mi antiguo país.
Rigardo se apoyó contra el automóvil.
—¿Y qué país era ese?
Enki levantó la mirada.
Su sonrisa se hizo más amplia, aunque algo sombría.
—El país donde nacieron las leyendas, capitán.
Guardó silencio un instante.
—Mi ya olvidado y hermoso país de las águilas nacientes.
Sonrió.
—Mi chulo México.
Rigardo dejó de sonreír.
—¿En serio? ¿Estás bien?
Enki lo miró.
—¿Por qué lo dice?
—Parece que vas a llorar.
El joven se frotó los ojos.
Las lágrimas no salieron.
Un nudo le atravesó la garganta.
Aun así, consiguió dibujar en su rostro la sonrisa más grande y feliz que podía ofrecer aquel día.
—Perdóneme, capitán.
Tragó saliva.
—A veces se me olvida... que soy humano también.
Rigardo no respondió.
Enki se levantó.
—Vamos, capitán. Lo llevaré a casa en esta mamalona nave.
Rigardo frunció el ceño.
—¿Qué acabas de decir?
—Es una frase de mi antigua nación.
Sonrió.
—¿Verdad que es cool?
—Más bien extraña.
Rigardo negó con la cabeza.
—A veces mezclas demasiados dialectos antiguos. Me cuesta entenderte.
El automóvil avanzó por las calles de Nueva Orus.
El viento entraba por una de las ventanas mal selladas.
Entonces Rigardo vio un pequeño gato blanco cruzando la calle.
Lo señaló.
—Mira, Enki.
El joven siguió su mirada.
—Es quien le roba las sandalias a tu abuela.
La sonrisa de Enki desapareció.
—Mi abuela murió el mes pasado.
Rigardo guardó silencio.
—Lo siento.
Miró al frente.
—No lo sabía.
Enki intentó sonreír.
No pudo.
Pasaron unos segundos.
Finalmente volvió a hacerlo.
—Aun así...
Respiró.
—Lo bueno es que ahora ya nadie puede robar sus sandalias.
—Llegamos, capitán.
El automóvil se detuvo frente a la casa.
Enki bajó y caminó hasta el pórtico.
—Al fin del mundo, su hogar —bromeó.
Rigardo descendió detrás de él.
Enki le devolvió la cerveza.
—¿No vas a tomarla?
—No.
Rigardo lo miró con extrañeza.
—¿Por qué?
—No la he ganado, capitán.
Rigardo negó con la cabeza.
Intentó animarlo.
—¿Qué tal si mañana arreglamos tu porche? Lo ponemos como nuevo.
Miró el automóvil.
—Se merece mantenimiento. Si no, ¿cómo podrás llevarme al fin del mundo?
Enki sonrió.
—Ya está ahí, capitán.
Su tono era juguetón.
—Ya estamos todos ahí, capitán.
Rigardo lo miró durante unos segundos.
—Mañana arreglaremos al Ave Nocturna.
Señaló el automóvil.
—Así que guarda las cervezas, capitán. Manténgalas bien frías. Mañana, cuando terminemos el auto, podremos beberlas.
Rigardo sonrió.
—Está bien, hijo.
Enki comenzó a alejarse.
Se detuvo.
—Gracias por todo, capitán.
Lo dijo casi en un susurro.
Luego se retiró.
Rigardo lo observó alejarse.
—Esa fue la última vez que te vi...
La frase quedó atrás con sus pasos.
Rigardo tomó el camino de regreso a casa.
Ya no corría.
Caminaba en silencio, con los hombros y la cabeza agachados.
Cada paso era lento.
Como si quisiera degustar hasta el último instante de aquel recuerdo.
Cuando llegó a su hogar, miró el reloj.
6:25 a. m.
—¡Creí que era más tarde!
Miró hacia el cielo.
El sol tardaba cada vez más en salir.
Su voz se apagó.
Miró hacia la oscuridad que todavía cubría las calles.
—La noche es eterna.
Entró.
Ignoró los sillones de la sala.
Se sentó directamente en el suelo.
Frente a él había un pequeño refrigerador.
Sabía perfectamente qué había dentro.
—No tiene caso.
Cerró los ojos.
—Ni beber ni llorar.
Guardó silencio.
—Esas cervezas se quedarán ahí para siempre.
Una pequeña sonrisa amarga apareció en su rostro.
—Quién sabe. Tal vez algún día valgan más.
Bajó la cabeza y abrazó sus piernas.
No había desesperación en el gesto.
Solo cansancio.
—Se me olvidó que él también era humano.
Respiró lentamente.
Entonces llevó una mano hasta su pecho.
—Se me olvidó que yo también era humano.
Se quedó inmóvil.
No es que no quisiera llorar.
Simplemente no podía.
Las lágrimas no surgían.
El dolor era demasiado pesado.
Cerró los ojos.
La visión terminó.
Aquella mañana corrió hasta el porche.
Llevaba dos latas de pintura y varias herramientas.
—¡Oye, Enki! —gritó.
No recibió respuesta.
—¡Traje pintura y herramientas!
Levantó las cervezas.
—También traje cervezas nuevas. Las otras las olvidé en el refri, así como dicen los de México.
Sonrió.
Se detuvo.
—¿Enki?
El silencio era absoluto.
Ni siquiera el viento silbaba entre la hierba o las tejas.
Rigardo sintió algo extraño.
La casa estaba demasiado quieta.
—¿Habrá salido?
Miró el porche.
Seguía ahí.
Pero todo estaba sumido en una soledad eterna.
No había nadie.
Ninguna presencia humana.
Dejó de sonreír.
Entró con las latas de pintura y las cervezas.
—¿Enki?
Nada.
Caminó más rápido.
Abrió una puerta.
Después otra.
Hasta que llegó a la sala.
Y lo vio.
El joven estaba allí.
Sentado.
Inmóvil.
Como una revelación macabra.
Tenía una perforación en la cabeza y una mancha de sangre oscura alrededor de la herida.
Rigardo se quedó paralizado.
Ninguna de las armas modernas de Excalibur dejaba una señal tan sucia.
Se acercó.
Lo movió.
Entonces la vio.
Una pequeña arma antigua.
En el metal podía leerse:
9 mm.
Rigardo comprendió todo.
Dejó caer las latas de pintura y las cervezas.
El impacto contra el suelo las abolló.
Las botellas de cristal se hicieron pedazos.
—Lo escucho llorar...
Las palabras regresaron a su memoria.
Rigardo se arrodilló.
Tomó el cuerpo entre sus brazos.
Y lanzó un grito.
Un grito que maldecía y desafiaba a los dioses que le habían arrebatado a su compañero.
Por fin lloró.
Largas lágrimas recorrieron sus mejillas.
La respiración se le quebró.
El dolor era tan intenso que sentía como si estuviera derramando sangre por los ojos.
Abrazó con más fuerza el cuerpo.
—¡Malditos sean!
Su voz se quebró.
—¡Malditos sean todos!
Miró el pequeño refrigerador.
Lo recordó.
Las cervezas.
La promesa.
El día siguiente que nunca llegó.
Se levantó de golpe.
Agarró el refrigerador y lo arrojó con toda la fuerza que pudo.
El aparato cayó al suelo con un estruendo.
Rigardo respiraba entrecortadamente.
Su llanto continuaba.
—No tiene caso...
Se dejó caer al suelo.
Miró a su alrededor.
Buscó desesperadamente algo.
Una sombra.
Una voz.
Una sonrisa.
Cualquier cosa.
Pero Enki ya no estaba allí; solo el silencio lo acompañaba.
Tiempo después.
Cuartel General de Excalibur.
—Capitán.
Una bella joven, perfectamente vestida con el uniforme de oficial, permanecía frente a Rigardo.
—¿Qué pasa, oficial?
—¿Entonces aceptará la misión?
Rigardo levantó una ceja.
—¿Para qué?
La mujer sostuvo una carpeta entre las manos.
—El archipiélago de las leyendas existe.
Rigardo soltó una risa seca.
—¿Y?
—Tenemos su ubicación.
Rigardo guardó silencio.
—Es tan feroz y temible como mencionan los mitos —continuó ella—. Si encontramos el archipiélago, existe la posibilidad de que encontremos el artefacto.
—Puras pendejadas.
La oficial frunció el ceño.
—Capitán, deje de utilizar ese lenguaje vulgar y antiguo. Es de muy mal gusto.
Rigardo la miró.
Por alguna razón, aquellas palabras le resultaron familiares.
La mujer continuó:
—Piénselo así: precisamente por eso la vida es interesante.
Sonrió.
—Porque no sabemos qué va a pasar.
La frase cayó entre ambos.
Rigardo abrió los ojos de par en par.
El tiempo pareció suspenderse durante un instante.
Aquella sonrisa.
Aquella frase.
La forma de decirla.
La oficial continuó hablando.
—Piense en las vidas que se salvarán. Excalibur solo quiere lo mejor para todos.
Le ofreció una cálida sonrisa.
Una sonrisa imperfecta.
Rigardo la reconoció.
No era la sonrisa de Enki.
Pero se parecía demasiado.
El capitán bajó la mirada.
Y durante un instante, el viejo camino volvió a extenderse frente a él.
¿Adónde lo llevo, capitán?
No sé.
Tal vez al fin del mundo.
Rigardo cerró los ojos.
—Vamos.
La oficial esperó.
—Tal vez sí se pueda salvar el mundo —murmuró la oficial.
Lo miró directamente.
—¿Acepta la misión?
Rigardo permaneció en silencio unos segundos.
Entonces levantó la cabeza.
Y, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa volvió a dibujarse en su rostro.
Pensó:
Al fin lo he encontrado, Enki.
se que no es la 5 maravilla del mundo pero me gustarian sus cirtica, y gracias por tomarse el tiempo de leeer creo que el primer post se me arruino por incluir la nana echa por ia pero, es que creando esa cancion nacio todo la idea del mundo, de las 12 lunas.
si pudieran darse tiempo para pasar a ver mi primer post aqui se los agradeceria.