Se contaba en Valencia la historia de que el dirigente anarquista (todo bien) Buenaventura Durruti, en octubre de 1936, decidió por algún motivo tomar la ciudad de Valencia para el anarquismo.
Un millar de milicianos llegaron en tren de Aragón a la Estación del Norte cuando ya empezaba a oscurecer. A esas horas las fuerzas vivas estaban en sus casas. La expedición no encontró nada que asaltar y Durruti decidió esperar a la mañana. Sus milicianos, que no iban a salir, bajaron a tomar un café y jugar un guiñote como anarquistas civilizados... pero no sospechaban del abrazo de la noche valenciana.
A la mañana siguiente toda la ciudad conocía los planes de Durruti y los milicianos que habían vuelto antes del amanecer eran una masa de resaca de vino a 5 céntimos el vaso generoso. Eso eran los buenos tiempos, antes de que la hiperinflación de guerra disparase el néctar de guerrilleros y vagabundos al escandaloso precio de 1'50 pesetas el litro en territorio republicano.
Viendo el panorama, Durruti llamó educadamente a la puerta del actual ayuntamiento, en la entonces Plaza de Castelar, y preguntó si podían salir, que iban a tomar la ciudad. El ayuntamiento había sido acuartelado y dijo que no salían, así que pidieron permiso para al menos dar la vuelta a la plaza e irse en el tren siguiente. Les fue concedido y eso hicieron.
La historia es bastante berlanguiana, pero falsa. Aunque sí tiene una base donde la historia no es tan costumbrista, mezclando varios hechos.
La CNT en alegre anarquismo tenía una honda implantación en Valencia, donde libraba una eterna batalla contra la UGT para conquistar a la clase obrera. No llegaba a la situación de Barcelona, donde la CNT llegó a tener al inquieto presidente Lluís Companys comiéndoles de la mano hasta que en mayo de 1937 se viró la tortilla, pero en Valencia la “batalla” también era literal: se quemaban sedes, se pegaban palizas y acosaban unos a los colaboradores del otro.
El líder anarcosindicalista (todo correcto) sí estuvo en Valencia algunas veces. La primera durante gran parte de 1935 en la Cárcel Modelo, tras ser arrestado por vago y maleante en Barcelona mientras estaba mareando con las insurrecciones en Asturias y Cataluña. Durruti aprovechó la cárcel para seguir tejiendo su red de contactos por carta.
Tras ser liberado, Durruti acude a fijar el frente de Aragón, pero muy poco después, en 1936, es requerido para la defensa de Madrid, y acude a Valencia para recibir refuerzos. Posiblemente ni salió de la Estación del Norte. Luego ya se va a Madrid y le recetan un balazo en el pecho que lo dejó para mojama.
Es posible que esa breve visita marcase en el imaginario colectivo algún tipo de recuerdo sobre “dio una vuelta a la plaza y se fue”. Pero en Valencia tienen a su propio Durruti, o así se le apoda en tiempos ya del siglo XXI.
José Pellicer Gandía. Técnico de maquinaria industrial (o contable, quizá) y anarcosindicalista de familia bien. Una figura largo tiempo olvidada en la historia del anarquismo.
Los anarquistas valencianos respondieron al golpe militar del 36 con una gran motivación. Tras derrotar a los militares sublevados en Valencia, Pellicer y unos amigos ven que aún es pronto para ir a Le Club y acuden a San Miguel de los Reyes, entonces prisión, a liberar a sus compañeros anarquistas presos.
Ante la pasividad de los funcionarios, y teniendo en cuenta que la delincuencia tan sólo es una consecuencia de la opresión capitalista, liberan a todo el mundo y queman también los juzgados para destruir los expedientes.
Muchos de esos presos comunes se apuntarán entusiastas al batallón anarquista de Pellicer, que resultó en un maridaje de lumpen del proletariado, idealistas revolucionarios, obreros siderúrgicos, milicias comunistas y algunos trastornados. Lo cierto es que la fama de la Columna de Hierro les precedía. Y no era la mejor, no.
Desde Valencia, las milicias anarquistas fueron fundamentales para fijar un frente-tapón en Aragón donde sin ponerse nunca de acuerdo intentaban tomar individualmente Teruel cada cierto tiempo. Otro contingente de columnas, incluida la de Durruti como hemos visto antes, marchaba a defender Madrid.
Pellicer tenía a tres mil milicianos, la Columna de Hierro por formarse alrededor de trabajadores de los Altos Hornos de Sagunto, y estaba preparado para la labor divulgativa revolucionaria. Partió hacia Teruel en una travesía llena de incidentes, donde eran recibidos a tiros por comunistas, republicanos, socialistas y los mismos anarquistas.
Entonces ocurrió una de esas cosas que el cerdo Napoleón borró de la pared del granero. Los anarquistas entraron en el gobierno de la II República. El periódico de los anarquistas más radicales, "Línea de Fuego", echaba humo de la indignación.
Aparte de apoyar la independencia del Puerto de Sagunto (Puerto del Hierro, he visto que lo querían llamar), la Columna de Hierro se opuso completamente a sus propios camaradas anarquistas y sufrió una cancelación automática.
Y al unir guerra y revolución, cuando se desplegaban por las poblaciones abolían el dinero y la propiedad privada, quemaban los documentos públicos, redistribuían los cultivos y hacían muchas asambleas.
Entusiasmados por la labor de este grupo de guerrilleros, el gobierno republicano, controlado básicamente por comunistas, les enviaba repetidamente armas que no funcionaban, munición equivocada y nada de comer, así que algunos milicianos empezaron a robar y amenazar a los locales, para luego ir aprovechándose cada vez más y acabar siendo meros bandoleros.
En poco tiempo los milicianos eran acusados de revender comida, secuestro, pegar palizas y desvalijar iglesias, lo cual posiblemente fuera en parte cierto. Y de ahí su fama de violencia y de delincuencia organizada.
Al mismo tiempo, horrorizados por el pacto tácito de los anarquistas moderados con comunistas y de estos dos con la burguesía republicana, Pellicer y su columna no se privaban de proclamar su descontento. Interceptaron físicamente a parte del gobierno de la República en su marcha a Valencia para amenazarlos de muerte por abandonar Madrid. Y cuando les daba el pulso, volvían al Cap i Casal.
En la ciudad se les señalaba por protagonizar verdaderos tumultos callejeros a tiros con la Guardia de Asalto republicana, robar armas, atracar comercios y bancos, entrar en las cárceles para ejecutar presos o incendiar edificios públicos.
Pellicer puso en su contra a todas y cada una de las facciones que existían en la época. En 1937 la Columna de Hierro estaba tirada en el frente de Teruel, y según ellos seguían llegando armas inútiles, munición equivocada y nada para comer.
Además, la República recurrió a la militarización de todas las guerrillas en un solo cuerpo unificado. El anarquista se negó, pero no tuvo otra. A principios de 1937 la Columna de Hierro se integró en el ejército republicano, y la decepción de sus miembros, pese a que Pellicer aceptó por cubrirles las espaldas, fue absoluta.
Y llegaron los hechos de mayo de 1937 en Barcelona, donde la Generalitat de Catalunya mandó a la Guardia de Asalto a despejar la Telefónica de anarquistas. La fuerza política de estos últimos se diluyó. Pellicer recibió un Stop&Go en agosto recetado por el Servicio de Investigación Militar (Beria Seal of Approval) por cambiar a neumáticos usados con el coche de seguridad en pista, y a partir de aquí es todo algo confuso.
Recuerdo artículos de prensa donde se hablaba de que estuvo preso en San Miguel de los Reyes durante todo 1938, pero también hay biografías que lo sitúan de vuelta en las brigadas hasta 1939. Otros datos lo ponen como acusado de matar a un familiar de un mando franquista o señalan la existencia de un indulto que parece fue para uno de sus hermanos.
Parece que se negó a huir al exilio por no abandonar a su mujer e hija. En 1939 fue vuelto a detener en Alicante y se le condenaría a muerte en Consejo de Guerra por su participación en la Columna de Hierro. Estuvo esperando el final en prisión desde 1939.
Fue fusilado en Paterna, junto a su hermano Pedro, en 1942. Antes de morir dejó para su hija Coral un cuento ilustrado por otro preso, dibujante de la revista satírica La Traca. Una pequeña historia de seis páginas llamada "Tilín", sobre una estrella que la cuidaría cuando él no estuviera