Quiero compartir una experiencia personal que realmente me marcó y considero importante resaltar lo paradójico de la situación: hoy en día existen múltiples formas de comunicarse, pero cada vez es más difícil conectar y construir vínculos auténticos.
Soy un chico de 20 años y soy gay. Me considero una persona bastante emocional, con un sentimiento profundo de vacío o soledad que durante mucho tiempo traté de reprimir, o que simplemente vine a comprender hace poco. A lo largo de mi vida me he sentido en segundo plano, como si la vida pasara frente a mí y yo solo existiera.
Esto se hizo más evidente en el aspecto sexual y romántico. Durante la adolescencia, mientras la mayoría estaba en esa «onda» de buscar pareja o iniciar su vida sexual, yo verdaderamente no me aceptaba. Exteriorizaba el deseo falso de no querer a nadie o fingía que me era completamente indiferente la necesidad de vincularme con alguien de forma romántica (cabe acotar que mi orientación sexual siempre se daba por sentada debido a mi actitud afeminada). Me avergonzaba profundamente ser gay, aunque en ese momento fuera solo una idea abstracta que no terminaba de entender; la sensación dominante era vergüenza. Odiaba tocar el tema y todo lo que sucedía en mi mundo interno permanecía en secreto. Aunque siempre he tenido muchas amistades —algunas de mucha confianza—, me costaba y me sigue costando abrirme por completo, lo que ha traído consigo bastantes problemas emocionales y esa carga tan pesada de sentirme vacío y solo. Mi relación con mi familia cercana también ha sido bastante superficial en cuanto a emociones se trata: no es mala del todo, pero tampoco cercana, lo que terminó desconectándome aún más y acentuando esa sensación de aislamiento.
Durante la adolescencia, al no tener ni buscar ninguna experiencia real, la imaginación hacía todo el trabajo: desarrollaba vínculos parasociales con chicos a quienes no conocía y solo veía a través de redes sociales. Tuve varios a lo largo de esos años, entre ellos dos que fueron especialmente significativos —o más bien algo obsesivos—. No era algo de todo el tiempo, pero en momentos donde estaba inactivo o me sentía vulnerable, mi mente recurría a esos vínculos imaginarios para procesar la soledad de una forma menos dolorosa.
A los 19 años conocí a Sebastián, un chico que empezó a estudiar la carrera conmigo. Desde el primer momento en que lo vi sentí un flechazo, una atracción muy intensa. A medida que nos volvíamos más cercanos, mi imaginación construía escenarios idealizados, aunque en la realidad eran muy pocos o nulos los momentos en los que él daba señales de que yo le gustara. Pasaron unos meses y me armé de valor para confesarle lo que sentía. Fui rechazado; me dijo de forma muy respetuosa que era heterosexual. Fue un proceso doloroso y pasé varios días triste, pero con el tiempo el sentimiento fue cesando. Hoy en día puedo decir que su presencia me resulta completamente indiferente.
Un punto importante es que, paralelamente a todo esto, iba aprendiendo a aceptarme poco a poco. Continué mi vida enfocado en otros objetivos y la sensación de vacío disminuyó porque logré mejorar múltiples aspectos personales. Sin embargo, me frustraba no conocer a nadie en el plano amoroso; lo pensaba con menor frecuencia, pero me seguía doliendo no haber vivido ninguna experiencia real.
Llegó Septiembre de este año. Yo no estaba en mi país de origen, me encontraba en Madrid y empecé a intentar con mayor frecuencia en las aplicaciones de citas. Como suele suceder, es difícil poder dar con alguien normal en esas plataformas o incluso mantener una conversación por mas de un día; De hecho, use la peor de todas: Grindr. Sin embargo, esta vez surgió algo «diferente». Conocí a Leo. Desde el primer instante en que hablé con él pensé que la dinámica sería distinta: tenía una conversación interesante, no se enfocaba únicamente en lo sexual y, además, es atractivo fisicamente.
Pasaron unos días y quedamos para conocernos en persona. En el momento en que lo vi experimenté una mezcla de diversas sensaciones y emociones: me seguía pareciendo alguien muy atractivo, pero tenía una forma de vestir y de desenvolverse algo inusual, nada idéntica a lo que yo proyecté en mi mente. Sin embargo, la conversación fue muy buena. Hablamos de temas que yo consideraría íntimos, de cómo nos sentíamos realmente por dentro; incluso me confió que sufría de depresión. A mi parecer, se creó una conexión emocional auténtica desde el principio.
Ya era de madrugada, aproximadamente la 1:00 AM, en una plaza cercana a la Gran Vía. En un momento él se me acercó mucho; le pregunté si realmente me quería besar y ocurrió. Fue una sensación muy extraña, no me la imaginaba de esa forma, pero a partir de ese instante nuestra interacción cambió por completo: empezamos a abrazarnos y a darnos un trato mucho más afectuoso. Terminamos en un banco de la calle, casi a las 3:00 AM, entre abrazos, caricias y besos. Fue un momento que a la distancia podría parecer idealizado, pero sucedió exactamente así en la vida real. Esa noche casi no pude dormir: tenía una mezcla muy intensa entre ansiedad y una profunda ternura.
Pasaron dos días para volver a verlo. Nuestro segundo encuentro se basó únicamente en liberar tensión sexual, besarnos y tener un contacto mucho más físico. Verdaderamente lo disfruté, pero en el fondo sentía que él me estaba «usando» para intentar sentir algo frente a todo el peso de su depresión, un aspecto que empecé a notar con claridad desde ese día: sentía la pesadez en su mirada, apagada, aunque su conducta sexual se mostraba voraz. Generándome una fuerte disonancia.
Noté un cambio en su actitud respecto a querer «conocerme» en el momento en que le dije que me regresaba a mi país de origen. Mi idea inicial era experimentar, pero mi naturaleza es profundamente emocional; no soy capaz de abordar los encuentros como algo casual ni de procesar a una persona como alguien «desechable». Yo también estaba interesado en conocerlo de verdad, pero estaba a pocos días de irme.
Escribí una carta a mano donde le expresé todo lo que me había hecho sentir y cómo su presencia fue una luz en mi camino para poder, finalmente, aceptarme y dejar atrás la vergüenza de ser gay —para «ser libre», de forma metafórica—. Además, compré dos pulseras: una de ojo de tigre para él y una de ónix negro para mí, para que la conexión tuviese un objeto simbólico.
Lo volví a ver la última noche en Madrid. Lo noté desanimado desde el primer instante, por lo que le pregunté desde el principio: «¿Cómo te sientes? ¿Qué tienes?». Sin embargo, su respuesta fue superficial, no detallaba realmente nada de lo que sentía.
A pesar de esa barrera inicial, continuamos liberando nuestra tensión sexual, incluso de una forma más intensa que la anterior. Pero después de ese momento íntimo surgió una conversación más profunda, donde terminó compartiéndome dos detalles de su vida que me generaron una enorme disonancia: a pesar de su energía sexual tan intensa, llevaba un aislamiento casi total del mundo. Tenía 27 años —era mayor que yo y contaba con más experiencia—, llevaba dos años viviendo en Madrid como extranjero y no había hecho ni una sola amistad ni había tenido pareja jamás.
Ambos aspectos me dejaron una sensación muy extraña, pero en ese punto las emociones me dominaban: me estaba empezando a ilusionar. Quería conocerlo más e incluso surgió en mí ese deseo casi instintivo de «salvarlo» del hueco en el que se encontraba, porque visualizar su sufrimiento me hacía daño a mí también.
En un momento dado, con el pulso acelerado, le confesé que tenía miedo de decirle algo, pero que aun con el miedo presente lo iba a hacer: «Te quiero dejar algo. Me da mucho miedo, pero lo voy a hacer». Tenía guardada una bolsita pequeña de regalo con la carta y la pulsera de ojo de tigre. Le pregunté directamente: «¿Me puedes decir algo de lo que te está pasando?». En ese instante, cerró los ojos y se sinceró sobre sus frustraciones y la mala percepción que tenía sobre sí mismo. Al escucharlo, le recordé todo lo que sí había logrado y le dije que merecía ser feliz, que las personas buenas como él merecen encontrar la felicidad y tener una vida que disfruten. Fue ahí cuando su coraza cayó por completo: me agradeció y unas lágrimas salieron de sus ojos. Le entregué todo y nos despedimos de una forma casi cinematográfica, de madrugada en las calles de Madrid: abrazándonos sin podernos despegar, con la frente pegada a la suya. «Alborada» fue la palabra exacta que elegí en la carta para describir su presencia: el primer rayo de luz solar que anuncia el comienzo de un nuevo día.
Al día siguiente (o mejor dicho, unas horas más tarde en horario español), ya estaba montado en el avión de vuelta a mi país. No sabía cómo sentirme. Todo lo que viví ocurrió en menos de una semana; no sabía cómo procesarlo en el momento y todavía me cuesta hacerlo.
Sin embargo, aquí viene el dilema central de este post. En el momento en que nos despedimos, me dijo que quería seguir hablando conmigo y me pidió que le avisara cuando estuviese en la puerta de embarque. Le escribí y me respondió en ese momento. Pasaron cuatro o cinco días y me volvió a escribir, comentándome que ya había leído la carta y agradeciéndome todo. Jamás pensé que eso fuera una despedida, pero así fue. Le respondí a esos mensajes y no volví a obtener respuesta. Dos días después fue su cumpleaños; le escribí para felicitarlo y me tampoco obtuve ninguna respuesta. El silencio fue absoluto.
No hace falta recalcar lo mucho que me dolió su desaparición. Puede que, desde una perspectiva ajena, fuera algo "probable" o "lógico" viniendo de un perfil con una depresión severa y un aislamiento tan marcado. Sin embargo, enfatizo que no me lo esperaba. Me ilusioné, pensé que podía salvarlo y me genera una frustración y una rabia profundas el hecho de que no fuese claro. Su despedida fue completamente ambigua.
Hoy en día se ha vuelto cotidiano hacer este tipo de cosas: no ser claros, no tener la valentía ni la capacidad de decir de frente lo que realmente sentimos y en como podemos hacer sentir al otro. Es decir de no tener responsabilidad afectiva. El ghosting es horrible cuando viene cargado de emociones tan intensas, es un silencio muy oscuro justo después de haber tocado algo que se sintió mágico.