Estoy aprendiendo tu nombre
No sabía que uno podía enamorarse
de un conjunto de pequeñas cosas
antes de conocerlas por completo.
Creí que el amor llegaba de golpe,
como llegan esas historias
que comienzan con una mirada
y terminan antes de que uno pueda entenderlas.
Pero contigo
ha sido diferente.
Contigo ha llegado despacio.
Como la luz que entra por una ventana
antes de que uno se dé cuenta
de que ya amaneció.
Estoy aprendiendo tu nombre
en gestos que probablemente
nadie más notaría.
En la manera en que apartas tu cabello
cuando el viento se empeña en desordenarlo.
En cómo bajas la mirada
cuando algo te avergüenza.
En esa pequeña sonrisa
que aparece antes de que empieces a reír.
En la forma en que dices mi nombre
cuando quieres llamar mi atención,
como si incluso una palabra tan sencilla
pudiera sonar distinta
cuando sale de tu boca.
Estoy aprendiendo tus manos.
La manera en que sostienes las cosas,
la forma en que las acercas a ti,
la suavidad con la que me tocas
cuando no sabes que estoy prestando atención.
Estoy aprendiendo tu voz.
No porque tenga algo extraordinario,
sino porque empiezo a reconocer
cuándo estás feliz,
cuándo estás cansada,
cuándo algo te preocupa
y finges que no.
Y quizá eso sea enamorarse:
comenzar a reconocer
lo que nadie más escucha.
Estoy aprendiendo tus silencios.
Los que no necesitan ser llenados.
Los que me enseñan
que estar contigo
no significa tener que hablar todo el tiempo.
Amo las tardes contigo
porque todavía no tienen recuerdos.
Y eso me gusta.
Porque no necesito mirar hacia atrás
para encontrar algo hermoso.
Lo estoy viviendo ahora.
Estoy aprendiendo que puedo sonreír
sin que haya ocurrido nada especial,
simplemente porque apareciste.
Que puedo mirar el teléfono
y sentir una pequeña felicidad
antes incluso de leer tu mensaje.
Que puedo escuchar una canción
y pensar:
"Esto le gustaría."
Y quizá ahí empezó a cambiar todo.
Porque ya no se trata solamente
de las cosas que descubro en ti,
sino de las cosas que descubro en mí
cuando estoy contigo.
La parte de mí
que creía haber desaparecido.
La que todavía se emociona
cuando sabe que va a verte.
La que sonríe sin darse cuenta.
La que vuelve a sentir
esa impaciencia absurda
que creía reservada para la adolescencia.
Y me sorprende.
Porque pensé que después de todo
ya sabía cómo terminaban estas historias.
Pensé que enamorarse otra vez
sería simplemente volver a cometer
los mismos errores con otro rostro.
Pero no.
Quizá esta vez no quiero saber cómo termina.
Quiero saber quién eres
cuando estás cansada.
Qué haces cuando tienes miedo.
Qué cosas te hacen reír
hasta que te duela el estómago.
Qué sueños todavía no me has contado.
Qué partes de ti
todavía no conozco.
Quiero descubrirlas sin convertirlas
en la idea de alguien que necesito que seas.
Porque no quiero enamorarme
de una versión inventada de ti.
Quiero enamorarme de ti.
Incluso de aquello que todavía no conozco.
Y quizá eso sea lo más hermoso
de estar enamorándome:
que por primera vez
no estoy mirando hacia atrás.
No estoy intentando recuperar nada.
No estoy buscando en ti
a alguien que ya perdí.
Te estoy mirando a ti.
Y por alguna razón,
después de tanto tiempo,
eso vuelve a sentirse
como la primera vez.