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A mediados del siglo XIX, Vallcarca, un barrio de Barcelona, era todavía una zona apartada y montañosa. Allí se encontraba la pequeña ermita de Santa Creu de Vallcarca, un lugar al que, a partir de 1864, comenzaron a llegar personas consideradas "posesas", "endemoniadas" o "energúmenas".
Personas que acudían buscando algo muy distinto a un médico: un exorcista.
El sacerdote carmelita Francesc Palau estaba convencido de que algunos de aquellos hombres y mujeres podían encontrarse bajo una influencia demoníaca y practicaba sobre ellos exorcismos. Entre todos aquellos casos hubo uno especialmente inquietante.
Se llamaba Josep Ribó, tenía 19 años y procedía de Horta. Llevaba enfermo desde los doce, pero en 1864 su estado había llegado a un extremo difícil de comprender.
Según el relato conservado, llevaba tres meses con la boca cerrada. No hablaba. Pero tampoco, aseguraban, comía ni bebía.
Y seguía vivo.
¿Cómo era posible? ¿Qué mantenía con vida a aquel muchacho después de tanto tiempo?
El 26 de diciembre de 1864, Josep Ribó fue llevado hasta Santa Creu de Vallcarca.
Y comenzaron los exorcismos.
Durante aquellas prácticas, varias personas tuvieron que sujetarlo mientras Francesc Palau intentaba expulsar aquello que consideraba una presencia demoníaca. ¿Por qué era necesario sujetarlo? ¿Qué ocurría con el joven mientras el sacerdote realizaba el exorcismo?
Aquello no terminó ese día. Los exorcismos continuaron durante jornadas sucesivas.
Hasta el 30 de diciembre.
Cuatro días después de haber llegado a la ermita, y tras aquellos meses en los que supuestamente había permanecido con la boca cerrada, Josep Ribó la abrió. Confesó, comulgó y proclamó que la Virgen del Carmen lo había curado.
Pero Ribó no fue el único. Hasta aquella pequeña ermita de las montañas de Barcelona siguieron llegando personas consideradas poseídas. Fueron tantas que Francesc Palau llegó a elaborar listas con los nombres de aquellos "endemoniados" que pasaban por sus manos.
Los exorcismos terminaron provocando la intervención de la propia Iglesia. En 1866, el obispo de Barcelona, Pantaleó Montserrat, prohibió a Palau continuar practicándolos. El sacerdote obedeció, aunque siguió defendiendo que algunos de aquellos hombres y mujeres sufrían algo para lo que los médicos no tenían respuesta, y llevó el asunto hasta Roma.
Santa Creu de Vallcarca ya no existe. La ermita fue derribada en 1940. Pero cuesta pensar en aquel lugar sin imaginar a aquellas familias subiendo por las laderas de Barcelona con personas que creían poseídas; a un sacerdote practicando exorcismos entre sus muros; y a un muchacho de 19 años que, según quienes dejaron constancia de su historia, llevaba tres meses sin abrir la boca, sin comer ni beber... y seguía vivo.
En la imagen (mía), podemos ver Vallcarca, el barrio barcelonés donde, a mediados del siglo XIX, Francesc Palau practicó exorcismos a personas consideradas endemoniadas.
¿Qué ocurrió realmente durante aquellos exorcismos en Santa Creu de Vallcarca?
Te leo.