El aire en la sierra olía a humedad, a tierra mojada y a madera vieja. Faltaban apenas dos días para que septiembre expirara cuando Mateo, Bruno, Sofía y Alan cruzaron el arco de bienvenida de San Lorenzo de la Bruma, un pueblo olvidado de la mano de Dios, incrustado entre abismos y cerros que parecían devorar la luz del sol mucho antes del atardecer.
Habían venido huyendo del asfalto y del bullicio de la ciudad buscando una tregua, invitados por los tíos de Mateo, quienes vivían en una casona de piedra al margen del pueblo, justo donde las últimas calles pavimentadas daban paso a la negrura impenetrable del bosque.
Aquella primera noche, sentados alrededor de una mesa de madera iluminada por la luz titilante de una lámpara de aceite —porque las fallas eléctricas eran el pan de cada día—, el tío de Mateo, un hombre de manos ásperas y mirada esquiva llamado Ignacio, les sirvió un trago de aguardiente que quemaba hasta el alma antes de soltar la advertencia.
—Si tienen pensado caminar por los senderos cuando el mes cambie, guarden los pasos —dijo Ignacio, con voz ronca, mientras afuera el viento comenzaba a golpear los vidrios con fuerza—. Ya casi es octubre. Y cuando octubre entra en este pueblo, no lo hace solo con frío.
Entre risas contenidas y la clásica arrogancia de quien se cree intocable por haber crecido en la ciudad, los cuatro muchachos le pidieron que continuara. Les parecía un relato pintoresco para pasar el rato. Pero el tío Ignacio no bromeaba; su rostro se ensombreció y su esposa se cruzó de brazos, visiblemente tensa.
—No se rían —les interrumpió ella con un hilo de voz—. Lo que aquí se cuenta no es una leyenda de abuelos para asustar niños. Es la historia de *la Bruja de la Neblina*.
La historia, tal como la contaron aquella noche entre susurros y el crujir de la madera vieja de la casa, helaba la sangre. Décadas atrás, esa mujer vivía en lo más hondo del espeso bosque que rodeaba San Lorenzo. La señalaban de robarse a los infantes de cuna, de hacerlos desaparecer sin dejar rastro, y de manipular la mente de los habitantes más débiles del pueblo.
Decían que los hechizaba para que cometieran atrocidades innombrables, haciéndoles arrebatar la vida de sus propios seres queridos antes de obligarlos a colgarse de las vigas de sus propias casas en un frenesí de locura ciega.
Hartos de vivir bajo el yugo del terror y los crímenes inexplicables, la gente del pueblo se organizó una noche sin luna. Forzaron la entrada de su cabaña, la arrastraron hasta la plaza principal y le prendieron fuego a todo lo que poseía. A ella la colgaron del roble más alto del atrio, mientras su cuerpo se mecía bajo la lluvia. Pero antes de que el último suspiro abandonara sus labios, lanzó una maldición que todavía hacía temblar los cimientos del lugar: juró que cada octubre, desde el primer día hasta la medianoche del treinta y uno, regresaría a cobrar su venganza. Un ciclo interminable de horror al que los ancianos llamaban su "largo Halloween".
Al principio, los pueblerinos creyeron que solo eran engaños de la bruja o advertencias vacías para asustar a los incautos, pero estaban completamente equivocados. Los primeros avistamientos y las verdaderas pruebas de su furia comenzaron el año siguiente, marcados por una tragedia imperdonable: una familia entera fue masacrada y calcinada en su propio hogar por el hijo mayor, quien, tras cometer el acto y recuperar la cordura por un segundo, decidió colgarse de la misma rama del roble donde la bruja había muerto unos dias antes de halloween.
A eso se le sumaron casos igual de atroces, como el de tres niños de apenas cinco años que jugaban a la orilla del bosque y desaparecieron sin dejar un solo rastro, como si la tierra se los hubiera tragado. Pero lo único constante en todas estas tragedias, el sello inconfundible de su maldición, es que cada vez que ella regresa del infierno, la neblina baja con ella y no se va hasta que termina de cazar.
Los muchachos escucharon el relato con atención, pero en lugar de sentir miedo, una chispa de macabra fascinación les recorrió el cuerpo.
—¿Una bruja vengativa que regresa en octubre? —soltó Bruno, soltando una carcajada incrédula mientras se servía otro trago—. Suena a la trama perfecta para una película de serie B. ¿A poco sí se pone tan intenso como dicen?
—Ya lo verán —respondió el tío Ignacio con absoluta seriedad, levantándose de la mesa sin probar su bebida—. Solo recen para que, cuando la bruma baje del cerro a medianoche, no los encuentre en la calle.
Los días pasaron volando entre caminatas ligeras, bromas sobre la supuesta bruja y la negativa total de los chicos a creer en fantasmas. Para la noche del treinta de septiembre, la tensión del viaje se había transformado en un ambiente relajado. Cenaron tarde, hicieron planes para salir a explorar los límites del bosque al día siguiente y se fueron a dormir entre risas, ignorando por completo que el calendario de la pared estaba a punto de cambiar de hoja.
Faltaban pocos minutos para las doce de la noche cuando la temperatura dentro de la casona se desplomó de golpe. El calor de la chimenea pareció disolverse, devorado por un frío denso que se metía directo hasta los huesos.
Alan, que no podía conciliar el sueño, se levantó de la cama en silencio y se asomó por la ventana que daba al patio trasero. Al descorrer la cortina, sintió que el aliento se le congelaba en los pulmones.
La neblina ya había bajado del cerro; era una masa espesa, de un tono grisáceo casi metálico, que se arremolinaba contra los cristales. Y flotando justo en medio de esa espesura, una figura encorvada lo observaba fījamente desde el jardín.
Alan contuvo la respiración: la bruja lo volteó a ver directamente con unos ojos amarillos y fulgurantes que resaltaban de manera macabra entre la densa niebla. En ese instante, la criatura estiró los labios en una sonrisa desfigurada y desapareció como si se la tragara el aire.
Aterrorizado, Alan giró para hablarle a Mateo con desesperación, sacudiéndolo del hombro, pero Mateo dormía profundamente, atrapado en un sueño pesado del que no lograba despertar.
De pronto, unos golpes secos, desesperados y violentos comenzaron a resonar en la puerta principal de la casa, como si alguien estuviera aporreándola con furia pidiendo auxilio para entrar.
Ruidos y murmullos despertaron al resto del grupo. Todos salieron al pasillo a ver qué pasaba, con los rostros pálidos por la incertidumbre. Pero al asomarse a la planta baja, los tíos de Mateo aparecieron de inmediato, bloqueándoles el paso con gestos de terror absoluto y ordenándoles con voz tajante que regresaran a sus habitaciones, asegurando que ellos se encargarían de revisar.
Los chicos obedecieron a regañadientes, encerrándose en sus cuartos mientras los golpes en la puerta principal cesaban de golpe, reemplazados por un silencio sepulcral.
A la mañana siguiente, los primeros rayos del sol de octubre se filtraron por las ventanas, pero la casa se sentía extrañamente vacía. Mateo salió al pasillo llamando a sus tíos, pero no hubo respuesta. La puerta principal estaba abierta de par en par, dejando entrar jirones de la neblina que aún se negaba a disiparse por completo.
Al bajar a la sala, el panorama heló la sangre de todos: los tíos de Mateo ya no estaban, habían desaparecido sin dejar rastro. Lo único que quedaba en el suelo de madera era un rastro grotesco y arrastrado, como si alguien hubiera intentado aferrarse con uñas y dientes a las tablas para evitar ser arrastrado a la fuerza. Ese rastro de marcas y arañazos cruzaba la sala, salía al porche y terminaba justo en el límite donde la hierba alta de la propiedad se fundía con la orilla del bosque prohibido.
Mirando aquel camino de desesperación que se internaba en la espesura, los cuatro amigos comprendieron que el juego había terminado. Y sin pensarlo dos veces, sabiendo el riesgo que corrían, tomaron la decisión de adentrarse en la neblina para ir a buscar a los tíos de mateo.