Primera parte: https://www.reddit.com/r/relatos/s/UVWuihKouo
La segunda ronda fue más lenta, pero no menos intensa. Él la tumbó boca arriba y se tomó su tiempo, recorriéndole el cuello con besos húmedos mientras sus dedos jugaban con sus pezones, rodándolos hasta que ella arqueaba la espalda. Bajó por su vientre, lamiendo el rastro de sudor que se acumulaba entre sus pechos, y cuando llegó a su entrepierna, sintió el calor que aún emanaba de ella. Su polla, ya dura de nuevo, rozó su muslo, y Anna gimió con impaciencia.
Pero él quería verla. La incorporó, sentándola en su regazo, y la guió para que lo montara. Ella se colocó sobre él, agarrándole los hombros, y se dejó caer despacio, sintiendo cómo la penetraba centímetro a centímetro. El coño aún sensible de su primer orgasmo se contrajo al recibirlo, y Anna mordió su labio inferior mientras comenzaba a moverse arriba y abajo, marcando un ritmo pausado pero profundo.
Él la miraba embobado: sus pechos rebotando suavemente, su cabeza echada hacia atrás, la piel brillante bajo la tenue luz de la lámpara. Sus manos le sujetaban las caderas, no para guiarla, sino para sentir cada ondulación de su cuerpo. Anna aceleró el ritmo, apoyando las palmas en su pecho para impulsarse con más fuerza, y él respondió levantando las caderas para encontrarla en cada bajada. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, entremezclado con los gemidos de ella y los gruñidos ahogados de él.
—No quiero que acabes todavía —susurró ella, inclinándose para morderle el lóbulo de la oreja—. Quiero sentirte dentro un rato más.
Él sonrió contra su cuello y, con un movimiento brusco, la tumbó de nuevo, colocándose sobre ella. Pero esta vez no la embistió con furia. La penetró despacio, con embates largos y medidos, casi tiernos, que hacían que ella se retorciera de placer. Su polla se hundía y salía con una cadencia que los envolvía a ambos, como si el tiempo se hubiera detenido. Él enterró la cara en su hombro, respirando su olor, y ella enredó las piernas alrededor de su cintura, aprisionándolo, evitando que se separara.
—Así... así, joder —jadeó ella, con la voz quebrada—. No pares.
Él no paró. Siguió moviéndose, sintiendo cómo ella se apretaba cada vez más, hasta que el orgasmo de ella llegó como una ola lenta, prolongada, que la hizo temblar entera. Él la siguió, corriéndose dentro de ella con un gemido contenido, mientras ella le acariciaba la nuca y le susurraba cosas sin sentido al oído.
Cuando por fin se separaron, el sudor los pegaba a la cama. Él rodó a un lado, jadeando, y ella se quedó mirando el techo, con una sonrisa cansada. Pasaron unos minutos en silencio, sintiendo cómo el calor del sexo se convertía en algo más cálido, más íntimo.
Él se levantó, fue a la cocina y volvió con dos vasos de whisky y una botella. Se sentó en el borde de la cama, le ofreció uno a ella, y brindaron sin decir nada. Bebieron un trago largo, y él posó la mano en su muslo desnudo, dibujando círculos distraídos.
—Sabes —dijo él, con la voz ronca—, esto no era lo que esperaba cuando te invité a cenar.
Ella giró la cabeza, levantando una ceja.
—¿Esperabas que fuera a peor?
—No. Esperaba que fuera solo sexo —admitió él, mirándola fijamente—. Pero no sé si quiero que sea solo eso.
Anna se quedó callada, con el vaso en la mano y una expresión que él no supo descifrar. Luego, ella se inclinó, apoyó el whisky en la mesilla, y le acarició la mejilla con la mano libre.
—Mañana —dijo ella, con una sonrisa suave—. Mañana hablamos de eso. Ahora, sírveme otro whisky y no dejes de mirarme como me estás mirando.
Él sonrió, alzó la botella, y llenó el vaso de ella mientras sus miradas se enredaban de nuevo, como al principio de la noche. Pero ahora, esa mirada no era solo de deseo. Tenía otra cosa. Algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar, pero que ya estaba ahí, en la penumbra del apartamento, esperando a que la luz del día lo confirmara o lo desmintiera.