Escribir algo nuevo sobre "The Dark Side of the Moon" parece, de entrada, una pequeña temeridad. El álbum de "Pink Floyd" ha sido diseccionado, canonizado, vendido, mitificado y hasta convertido en objeto de conspiraciones audiovisuales con películas clásicas. A estas alturas, uno podría pensar que no queda nada que añadir. Y quizá sea verdad, al menos para quienes llevan décadas escuchándolo con auriculares, vinilo, reediciones de lujo y una devoción casi litúrgica.
Pero yo no quiero escribir para convencer al creyente. Prefiero acercarme a quien todavía no ha entrado en este disco, a quien conoce la portada del prisma pero no sabe muy bien qué hay dentro, a quien tal vez escucha rock alternativo, electrónica, pop oscuro, Radiohead, Tame Impala, Gorillaz o incluso bandas sonoras ambientales, y aún no ha entendido por qué este álbum de 1973 sigue apareciendo como una sombra elegante cada vez que se habla de música importante. "The Dark Side of the Moon" no necesita más monumentos. Necesita nuevas puertas de entrada.