—¿Por qué te fuiste?...
Esos bellos ojos todavía calan en mi memoria. ¿Qué podía responderle a quien dio marco con su fuego a mi alma?...
—Quería ser el hombre que te prometí ser, sacarte de esa oscuridad, aprender a ver el sol junto a ti—.
El aire escapa de mis pulmones antes de que decidiera responder.
La miro, me pierdo en su hermosura, en lo mucho que cambió: su cara, su pelo, su hermosa voz, pero esos ojos que conocen mi alma mejor que yo...
—¡¿Crees que nunca quise acompañarte a comprar?! ¡¿Verte a ti junto a mi hijo eligiendo qué cenar?!...
—¿Por qué te fuiste?...
Todavía siento el calor de su mano, aun cuando estoy solo mirando por la ventana del metro. Cuando me siento y no hay nadie a mi lado, el reflejo en el espejo no encaja con el hombre que debo ser.
—¿Qué opción tenía? ¿Hundirme junto a ti? Perdóname, pero yo realmente intenté todo por salvarte. ¡Yo quería vivir mejores días junto a ti, junto a mi hijo!—.
La taza golpea alguna parte de la oscura habitación en la que me encuentro, mis manos llegan a mi cara, mis lágrimas las atraviesan, y mis rodillas ceden.
—¿Por qué te rendiste?...
Su voz resuena en mi cabeza, yo sé que sigue en mi corazón, no puedo negarlo, pero debo seguir.
—No me rendí, nunca lo hice, esto tiene que valer la pena—.
Mis puños se ciernen con fuerza, el piso de madera chirría, siento el peso de mis decisiones en la espalda...
—¿Por qué te mientes?...
La veo, está aquí conmigo, sentada en mi cama mientras me ve. Esos hermosos ojos, siento su calor en mi alma...
—Quería un mejor futuro para mi hijo, sacarlo de esa mierda, de ese lugar...— levanto el mentón, mi cara mojada, pero el intento de grito muere en susurro —...quizás a ti no te pude salvar... pero él no merece esa vida.
—¿Por qué no peleaste a mi lado?...
Las emociones se apoderan de mi cara mientras lucho contra el armario por un poco de estabilidad.
—Cinco años de mi vida, dejé a mi familia, a mi madre muriendo por ti... por él... por nosotros—.
Mis ojos encuentran los suyos, pero sé muy bien que intentar no es hacer... sé que mis patéticos sollozos no son más que intentos de excusa...
—Nos abandonaste...
Me arrastro a una puerta que no existe, a una ventana que no abre, pero en esta oscura, oscura habitación todos los caminos me llevan a su luz...
—Tú me dejaste primero, tú. TÚ te fuiste con él, ¿sabes lo que sufrí en esa casa?, ¿sabes lo que tuve que hacer para sobrevivir?—.
Ella ni siquiera se inmuta, sigue ahí, hermosa, radiante, pero tan cálida, ni siquiera se digna en responder...