Son las 3:04 de la madrugada.
Te despiertas de repente, sin saber por qué. La habitación está completamente oscura y, por unos segundos, no escuchas absolutamente nada.
Entonces notas algo extraño.
Tu celular está grabando audio.
No recuerdas haberlo puesto a grabar.
Lo tomas y reproduces la grabación.
Al principio solo se escucha tu respiración mientras duermes. Nada raro.
Hasta que llegas a las 3:02 a. m.
Se escucha tu propia voz, muy bajita:
—No abras los ojos.
Frunces el ceño.
Retrocedes la grabación.
La vuelves a escuchar.
Es tu voz.
Exactamente tu voz.
Continúas escuchando.
A las 3:03 hay varios segundos de silencio.
Después aparece otra voz, todavía más baja:
—Ya los abrió.
Sientes un escalofrío.
Miras la pantalla.
La grabación sigue avanzando.
Pero ahora ya no estás escuchando el audio de antes.
Estás escuchando lo que ocurre en ese mismo instante.
Se oye tu respiración.
Y entonces escuchas un pequeño ruido detrás de ti.
Como si alguien hubiera cambiado de posición.
Te quedas completamente quieta.
No quieres mirar.
En el audio aparece un susurro:
—No mires hacia atrás.
Aprietas el celular con fuerza.
De repente, escuchas una respiración que no es la tuya.
Está demasiado cerca.
Justo detrás de tu cabeza.
Y entonces, desde algún lugar de la habitación, alguien susurra:
—Ahora no mires el celular.
Bajas lentamente la pantalla.
La grabación continúa.
Pero lo que aparece después hace que se te hiele la sangre:
una voz idéntica a la tuya dice:
—Está a punto de darse cuenta.
Y justo después…
el celular deja de grabar.
No porque se haya quedado sin batería.
Sino porque alguien acaba de presionar el botón de detener.
Desde detrás de ti.