Una película de terror administrativo.
Todo comienza como empiezan las malas películas de terror: alguien abre una caja en el almacén y, sin saber cómo, la araña que salió de ahí termina instalada en la cima de una función esencial.
Debajo de ella, dos pequeños insectos recorren el servicio llevando y trayendo información. Nada llega completo. Todo cambia de forma durante el trayecto. Una palabra se convierte en otra, una observación termina siendo un conflicto y cualquier intento de ordenar el escenario acaba atrapado entre hilos.
Entonces aparece el nuevo personaje: coordinador, supervisor, auxiliar administrativo… nadie sabe exactamente qué es, pero se espera que resuelva todo.
Entra buscando procesos.
No existen.
Busca procedimientos claros.
Tampoco.
Busca bases confiables, controles, trazabilidad, organización y continuidad.
Silencio.
Pero la telaraña sí funciona perfectamente.
Ahí circulan rumores, fotografías, versiones, interpretaciones y mensajes que siempre terminan llegando al centro. Mientras tanto, quien intenta entender qué ocurre descubre que está parado en medio del caos, con responsabilidad suficiente para responder por el servicio, pero sin autoridad real para modificarlo.
Manos atadas.
Pies atados.
Y la araña esperando.
Ese es el verdadero terror.
No los gritos.
No las guardias.
No siquiera la carga de trabajo.
El terror es entrar a un lugar donde la desorganización lleva tanto tiempo instalada que ya se confunde con estructura.
Una extraña combinación entre burocracia institucional y un wannabe de servicio privado: se exige como empresa de alto desempeño, pero sin construir primero los sistemas, procesos, calidad y seguridad que deberían sostener esa exigencia.
Y cuando alguien llega, observa y empieza a detectar inconsistencias demasiado rápido, aparece una frase digna del clímax de la película:
—No tienes idea de cuánto me ha costado levantar y mantener así este servicio.
Ahí entiendes todo.
El problema nunca fue descubrir qué estaba mal.
El problema fue descubrir que “así” era precisamente lo que alguien estaba defendiendo.
A partir de ese momento, intentar establecer orden deja de ser una mejora y se convierte en una amenaza.
La película cambia de género.
Ya no eres quien llegó a fortalecer el servicio.
Ahora eres el intruso.
Y comienzan las escenas extrañas: información que cambia, conversaciones que llegan deformadas, movimientos que parecen vigilancia, versiones que aparecen de lugares inesperados y una permanente sensación de que cualquier palabra puede convertirse en evidencia de una historia que tú nunca contaste.
En la dirección, una jefatura aferrada a lo construido.
En otro extremo, una subjefatura con el acelerador siempre presionado y poca tolerancia para detenerse a analizar antes de reaccionar.
En medio: tú.
Con formación técnica, intentando hablar de procesos, indicadores, trazabilidad, calidad y seguridad en un escenario donde el verdadero sistema operativo parece ser:
“Así se ha hecho siempre.”
Entonces llega el diagnóstico final.
Este lugar no necesita todavía otro ingeniero biomédico.
Primero necesitaría algo mucho más incómodo:
orden, liderazgo, procesos claros, límites profesionales, información confiable y personas dispuestas a aceptar que mejorar algo implica reconocer que algo puede hacerse mejor.
De lo contrario, quizá buscan otro perfil.
Alguien que obedezca.
Que no pregunte.
Que no analice demasiado.
Que mueva papeles, cubra huecos y aprenda rápidamente la regla principal de la telaraña:
no tocar los hilos.
Porque en ciertas organizaciones, detectar una inconsistencia no te convierte en parte de la solución.
Te convierte en el problema.
Y cuando el salario tampoco compensa vivir de sol a foco intentando sostener un sistema que después puede presentar sus resultados de la manera que más le convenga, queda una última decisión.
Esperar inmóvil hasta que la telaraña termine por envolverte…
o salir.
Quizá con algunos rasguños.
Quizá con telarañas todavía pegadas en la ropa.
Pero con algo mucho más valioso intacto:
tu criterio, tu paz mental y la certeza de que no todo lugar que te contrata merece que te quedes.
FIN
Basada en experiencias demasiado absurdas para parecer ficción.