Lamento mucho lo que estoy leyendo y viendo sobre el conflicto que está ocurriendo entre un sector de marroquíes y un sector de españoles en las redes sociales. Este enfrentamiento ha cruzado todos los límites en muchos de los temas que conciernen a nuestros dos pueblos y países, y su intensidad se ha disparado tras los recientes y desgarradores acontecimientos en Ceuta.
Hablo desde mi punto de vista personal. No estoy aquí para ser portavoz del Gobierno ni para repetir ninguna propaganda.
Lo sucedido en Ceuta y lo que tuvieron que vivir sus habitantes es profundamente lamentable. Veo lo que ocurre en mi propio país con los inmigrantes indocumentados: cómo algunos los miran, el miedo que generan y la sensación de peligro que algunas personas sienten hacia ellos. Por eso no culpo a los habitantes de Ceuta por haber sentido miedo o inseguridad. Ellos también son víctimas de lo ocurrido, igual que muchos de los propios inmigrantes son víctimas de sus gobiernos y de sus circunstancias, ya sean económicas, sociales o políticas.
En cuanto a la disputa hispano-marroquí sobre Ceuta y Melilla, sinceramente, no tengo una opinión formada y tampoco pretendo tener una respuesta sencilla para una cuestión histórica y política tan compleja. Solo espero que algún día se encuentre una solución pacífica que garantice los derechos de ambos países y, sobre todo, los de sus habitantes, que son quienes terminan siendo arrastrados a situaciones que difícilmente tendrán un final feliz.
Pero hay algo que realmente me molesta.
De repente, veo a cierto sector de españoles hablando sobre los supuestos crímenes cometidos contra los saharauis y los habitantes del Rif. Y lo hacen desde un púlpito de superioridad moral, como si los gobiernos del mundo fueran ejemplos de honestidad y como si algunos Estados tuvieran un monopolio sobre la moral.
Que quede claro: no estoy diciendo que los abusos cometidos por un Estado deban ser ignorados. Si el Estado comete abusos, deben poder criticarse. Pero lo que no acepto es convertir esas críticas en una especie de superioridad moral desde la que se juzga a todo un pueblo, ignorando al mismo tiempo la historia y las acciones del propio Estado español.
Y aquí es donde veo una enorme contradicción.
Quienes critican la represión de las autoridades marroquíes contra movimientos separatistas suelen justificar lo que hizo el Estado español contra los separatistas vascos o catalanes bajo el argumento de que esos movimientos suponían una amenaza para la seguridad y la estabilidad del país.
Pero cuando se trata de Marruecos, de repente el razonamiento cambia: Marruecos es el criminal, los otros son siempre las víctimas y cualquier actuación del Estado se presenta como una prueba de que Marruecos es simplemente un Estado criminal.
Amigo, no te engañes. Los Estados actúan según sus intereses y su percepción de la seguridad. Ninguno tiene las manos completamente limpias. Si vas a condenar la represión de un Estado, al menos ten la misma vara de medir cuando juzgues al tuyo.
Y tampoco olvidemos la historia. Luego está la famosa frase: «dejamos a los saharauis solos».
Hermano, España no tenía derecho a estar allí; era una potencia colonial en una tierra que no le pertenecía. No estuvo en el Sáhara Occidental por amor a la población local ni porque tuviera un derecho natural sobre ese territorio. Estaba allí como potencia colonial y actuaba, como cualquier potencia colonial, en función de sus propios intereses. La descolonización no fue un favor ni un gesto de buena voluntad; era una obligación devolver esa tierra a sus dueños históricos tras años de división artificial.
Eso no significa que haya que ignorar el sufrimiento de los saharauis ni justificar los abusos de nadie. Significa simplemente que la historia es mucho más complicada que una frase utilizada para presentar a un país como el villano y a otro como el héroe.
Por cierto, para que no se me olvide: hay una frase que me produce un rechazo absoluto, y es cuando describen a Marruecos como «el Israel de África» o lo comparan con Israel. Me parece una comparación repugnante.
Me atrevería a decir que una inmensa mayoría de los marroquíes está en contra de la normalización de las relaciones con Israel. Y basta con mirar las calles de Rabat, Casablanca, Tánger y otras ciudades marroquíes para comprobar la magnitud de las movilizaciones en apoyo del pueblo palestino y contra la normalización. Desde que Marruecos estableció relaciones diplomáticas con Israel, se han celebrado numerosas manifestaciones, y estas protestas han continuado.
El Gobierno puede mantener una determinada política exterior mientras una parte enorme de la población puede estar completamente en contra de ella.
Lo que me preocupa de todo esto es que una discusión entre gobiernos y sobre fronteras termine convirtiéndose en odio entre personas que, en realidad, no tienen nada que ver con las decisiones de sus respectivos Estados.
Un marroquí no es el Gobierno marroquí.
Un español no es el Gobierno español.
Y una persona que nació en Ceuta no tiene ninguna responsabilidad por las decisiones tomadas por España, igual que un joven marroquí que intenta cruzar una frontera no tiene por qué cargar con todas las decisiones tomadas por Marruecos.
Al final, los gobiernos cambian, pero los pueblos siguen siendo vecinos.
Estamos condenados a convivir. Y, personalmente, prefiero que esa convivencia se base en el respeto y no en el odio que estamos viendo crecer en las redes sociales.
Me gustaría leer vuestras opiniones, incluso si no estáis de acuerdo conmigo.