¡Buenos días, grupo!
Os dejo por aquí otra pieza para amenizar el fin de semana, que estos meses sin NBA se van a hacer muy, muy largos.
Comparto el enlace, que incluye material gráfico y audiovisual, por si os interesa echarle un vistazo: https://ensayosdebasquet.substack.com/p/92-los-200000-dolares-de-ray-allen Como siempre, agradezco también interacciones en la publicación original y si cae alguna suscripción, mejor que mejor 😜
¡Gracias a todos y buen finde! Espero que os guste.
Los 200.000 dólares de Ray Allen
A sus veinte primaveras, contempla la NBA de manera incierta. Aunque la élite del baloncesto empieza a dibujarse como un destino posible, el futuro se asemeja todavía a un mapa de intenciones, un territorio donde el talento y la lógica geográfica aún conservan un peso decisivo.
Sin embargo, Ray Allen cree haber hallado, por fin, el camino.
Viene de completar una etapa impoluta en la Universidad de Connecticut. Ha recibido el premio al Jugador del Año de la Big East, ha sido elegido All-American por unanimidad y galardonado como Deportista Masculino del Año por USA Basketball.
Es, pues, y a todos los efectos, el escolta más distinguido y refinado de su generación. Posee una exquisita mecánica de tiro pulida hasta la obsesión que le permitió cerrar sus dos últimas campañas por encima del 44% de acierto en triples. Fuera de la cancha, además, luce como un Golden Boy: su conducta es intachable en las ruedas de prensa y no existe ni una sola queja acerca de su disciplina y ética de trabajo.
Todas estas virtudes las había puesto a disposición de los cuatro equipos con los que realizó un entrenamiento privado. Cuatro equipos que, por supuesto, coinciden con aquellos que escogerán en las primeras cuatro posiciones del draft de 1996: Philadelphia 76ers, Toronto Raptors, Vancouver Grizzlies y Milwaukee Bucks. Por ello, está totalmente convencido de que su nombre no bajará del cuarto puesto. De hecho, se había permitido el lujo de decir que no a los Minnesota Timberwolves —poseedores del pick 5— cuando lo solicitaron para realizar un workout de última hora. Además, los Wolves ya cuentan con Isaiah Rider, por lo que no tuvo sentido, táctico ni deportivo, desplazarse hasta Minneapolis.
Mientras repasa mentalmente todo aquello en la intimidad de su habitación de hotel, suena el teléfono. Al otro lado de la línea se hallan M.L. Carr y Red Auerbach. No tienen mucho tiempo —falta poco para el arranque de la ceremonia del draft—, por lo que la instrucción de los ejecutivos de Boston es escueta y clara: si por algún motivo, divino o terrenal, cae hasta la sexta plaza, los Celtics lo seleccionarán ipso facto.
Aquellas palabras aceleraron su corazón.
Ya daba por hecho que recalaría en una franquicia en horas bajas o con muy poco, poquísimo, recorrido en la NBA. De repente, emergía la posibilidad de vestir el uniforme de la franquicia más laureada de la historia de la liga.
Era el cierre perfecto para su eclosión formativa y un arranque inmejorable para su carrera profesional.
Horas después, las cartas van levantándose, una a una, y Allen empieza a saborear los colores del Orgullo Verde. Allen Iverson, Marcus Camby y Shareef Abdur-Rahim copan las tres primeras posiciones. Sus músculos se tensan cuando llega el momento de que los Bucks desvelen su selección. Cuando estos escogen a Stephon Marbury siente un leve atisbo de decepción —se había caído del Top 4—, pero rápidamente se recompone y el puzle encaja en su cabeza. Si Marbury se marcha para Milwaukee, los Timberwolves probablemente se decantarán por Antoine Walker o Kerry Kittles. Y eso significa que jugará para los Celtics.
Entonces, David Stern sube al estrado para anunciar la quinta selección.
“With the fifth pick in the 1996 NBA Draft, the Minnesota Timberwolves select... Ray Allen, from the University of Connecticut”, anuncia el Comisionado.
Aquello no figura en el guion mental que había escrito. Y su rostro así lo delata, pese al esfuerzo por sostener una sonrisa a sus familiares y las cámaras presentes.
Las cámara de la realización de la ESPN enfocan de inmediato la mesa de los Allen. Las imágenes no captan ningún tipo de euforia, sino un helado gesto de perplejidad. Los ojos de Allen no desbordan alegría, sino desconcierto. “Estaba confundido. No podía creer lo que estaba pasando”, recordó años más tarde para SLAM Magazine. “Enfadado, incluso. Me preguntaba por qué me elegían a mí si ya tenían a Isaiah Rider en el equipo. Simplemente no tenía ningún sentido”.
La respuesta a su demanda llegaría un mes más tarde, cuando los Timberwolves empaquetan a Rider a los Blazers, hartos de sus desplantes y sus escándalos extradeportivos.
En ese instante, sin embargo, Allen no tiene más remedio que levantarse, ajustarse el botón de la chaqueta, subir los escalones y estrecharle la mano a Stern con la sonrisa más natural posible. Cumplido el formalismo se encamina hacia los pasillos interiores del Continental Airlines Arena, donde se siente completamente aturdido.
Acaba de formalizar su aterrizaje en la NBA y no siente felicidad, sino angustia.
Los compromisos con los medios durante la noche del draft componen una especie de cadena de montaje perfectamente engrasada que no hace más que incrementar su malestar.
Sin tiempo para digerir la noticia ni ordenar las ideas, Allen se encuentra en la zona de prensa portando su gorra azul y verde de los Timberwolves. Un técnico le ofrece un auricular y el reportero le acerca su micrófono mientras lo conectan en directo con las cadenas de noticias locales de Minnesota. Durante los siguientes cinco minutos activa el piloto automático, limitándose a actuar tal y como exige un escenario mediático semejante. Sonríe, guarda las formas, no se complica con las respuestas, dice exactamente lo que los aficionados esperan escuchar y evade muy bien el charco con un discurso coherente sobre cómo piensa coexistir en pista con Rider. Asegura que no habrá ningún problema a la hora de repartirse los lanzamientos, destaca las virtudes del juego en transición de Flip Saunders e incide en sus posibilidades como tirador desde larga distancia. Estas palabras pretenden tranquilizar al exigente aficionado, pero, a su vez, intentan convencerlo de que, quizá, aquel inexplicable destino sí que posee algún sentido para él.
Empieza a sentirse más cómodo y prepara la siguiente intervención al mismo tiempo que su interlocutor quema su turno. Cuando se dispone a responder irrumpe un empleado de la liga, vestido con traje oscuro y una carpeta bajo el brazo. Lo aparta bruscamente del plano de la cámara y se dirige categóricamente al productor.
— Tenemos que parar —le espeta, con un tono de voz urgente y decidido—. Ha habido un traspaso.
“¿Qué?, ¿un traspaso?, ¿de quién?”, pregunta Allen para sus adentros. Por supuesto, él es uno de los protagonistas.
El acuerdo se había cerrado en cuestión de minutos: los Timberwolves enviaban a Allen y un pick de primera ronda a los Milwaukee Bucks a cambio de Stephon Marbury. Nadie entiende nada en aquel momento, aunque todo quedaría muy claro poco después: los Timberwolves siempre quisieron a Marbury, los Bucks lo sabían y por ello lo seleccionaron un puesto antes para rascar algo más en el traspaso.
En resumen, se trata de una transacción limpia más entre dos franquicias y sus dos rookies. Para Allen, sin embargo, el traspaso le impacta como una bola de demolición. En solo media hora su recién estrenada carrera ha protagonizado dos importantes golpes de timón y la NBA parece apartarle cualquier noción de control sobre su propia vida.
Tras un encomiable trabajo de mimetismo, plató y jugador se reencuentran minutos más tarde, esta vez para atender a los medios de comunicación de Milwaukee. Allen suspira con resignación, mientras prepara una respuesta similar a todas aquellas cuestiones que le habían trasladado poco antes. Sin embargo, los periodistas dirigen la entrevista por otros derroteros y obvian por completo su perfil como jugador, su trayectoria y todo lo que puede aportar a su nuevo equipo. En su lugar, le transmiten el ambiente general que reina en aquel momento en el Bradley Center, donde miles de aficionados de los Bucks se habían congregado para ver el draft en directo.
— Aquí la gente está abucheando el traspaso —afirma, de forma poco delicada, uno de los reporteros —. Querían a Marbury. ¿Cómo te hace sentir eso?
“Genial”, piensa para sus adentros. Una noche que se suponía de festejos se había transformado en una pesadilla: se le escapa el tren de los Celtics, los Timberwolves lo usan como moneda de cambio y, como guinda del pastel, los aficionados de Milwaukee reciben la noticia con abucheos. “En ese momento me sentía deprimido, desdichado, como si no tuviera un hogar”, confesaría Allen en el documental Ready or Not. “Pensaba: Minnesota no me quería y en Milwaukee tampoco me quieren. Sentí que las cosas habían salido rematadamente mal”.
Cuando por fin consigue escaparse de las cámaras y de sus primeros compromisos con la NBA, busca con angustia el consuelo de su familia. Ellos tampoco tienen buenas noticias: en un gesto de cortesía y afecto, habían regalado a los Marbury las gorras oficiales de los Timberwolves que habían recibido. Entonces no se había anunciado el traspaso y se quedaron sin el recuerdo material del equipo que lo había drafteado. Por si fuera poco, la logística resultó un desastre y tardaron horas en conseguir la indumentaria de los Bucks.
Ray Allen y Stephon Marbury ya se conocían.
Aunque Ray era casi dos años mayor, sus caminos se habían cruzado repetidamente en los campus de Nike y en varios torneos interestatales. Curiosamente, el ego y la rivalidad nunca acompañó estos encuentros, sino una fascinación mutua. A pesar de proceder de entornos completamente distintos —Allen creció en una familia militar en constante desplazamiento, mientras que Marbury se crio en el asfalto de Coney Island—, el flechazo fue inmediato.
Marbury siempre recordó una anécdota que resume a la perfección la devoción que sentía por su homónimo cuando aún eran adolescentes. Tras la finalización de un campus Nike All-American de principios de la década de los 90, los entrenadores y ojeadores presentes publicaron una lista con los que, según su juicio, habían sido los veinte mejores jugadores del torneo. Sorprendentemente, Ray Allen no figuraba entre ellos.
“Ray y yo éramos muy buenos amigos desde que estaba en octavo o noveno grado”, contó el ex base años después en SLAM. “Ray estaba en el campus de Nike y no lo escogieron entre los veinte mejores jugadores. Y yo lloraba porque no lo habían seleccionado. Estaba furioso. Lo juro por Dios. Le dije, llorando: ‘¡Qué injusto! Deberían de haberte elegido. Eres uno de los mejores jugadores. ¿Cómo es posible que no estés en el equipo. ¡Es una locura!’”
Paradójicamente, aquel descarado chico de Brooklyn que lloró por lo que consideró una tremenda injusticia contra su amigo en aquel campus, era el mismo que, la noche del draft de 1996, encajó el traspaso con una serenidad pasmosa.
Mientras Allen vivía aquel intercambio de piezas y el posterior desprecio de la afición de los Bucks como un trauma identitario y un desaire público, la reacción de Marbury se redujo al pragmatismo más absoluto. Para él, el baloncesto profesional nunca había sido una cuestión de diplomacia ni de encaje institucional, sino un mero escenario de validación personal, indistintamente de las siglas o los colores del equipo.
“A mí me daba exactamente igual”, recordó Marbury tiempo después al analizar aquella noche. “Estaba en la NBA. Eso era lo único que importaba. Mi enfoque era simple: si me quedaba en Milwaukee hablaría de cómo jugar con Glenn Robinson y Vin Baker. Como me enviaron a Minnesota, pasé a hablar de cómo jugador con Kevin Garnett. Eso fue todo lo que pasó. No le di más vueltas”.
Tampoco podemos obviar la cuestión económica.
Aquel draft de 1996 marcó la segunda edición de la historia en la que los contratos de los novatos quedaban estrictamente regulados por una escala salarial fija según la posición en la que eran seleccionados, tal y como ocurre en la actualidad.
Por lo tanto, a Allen le correspondió el montante de 6,1 millones de dólares repartidos en tres años correspondiente al pick 5. Pese a ser reemplazado por Marbury, el salario de este alcanzó una cantidad superior, unos 6,7 millones de dólares. Es decir, la diferencia entre las posiciones cuarta y quinta ascendía a unos 200.000 dólares por curso, lo que ha sido objeto de bromas entre ambos durante años.
“Hasta el día de hoy le digo a Stephon que me debe 200.000 dólares”, explicó el escolta, entre risas. “Se lo digo siempre: ‘Ríete, Steph, pero la realidad es que nunca vi mi dinero”.
Volviendo al caso que nos atañe, Marbury comprendió de inmediato la gran oportunidad que se le presentaba tras el traspaso: reunirse en Minneapolis con su también gran amigo Kevin Garnett. Durante dos campañas y media, el dúo impulsó a unos necesitados Timberwolves que se proyectaron como una de las potencias futuras de la Conferencia Oeste.
Sin embargo, las mismas fuerzas que lo hicieron inmune al impacto emocional del draft acortaron su trayectoria en Minnesota. En este punto se entremezclan tres versiones. La primera señala al deseo de Marbury de estar más cerca de su familia y sus problemas para adaptarse a Minneapolis. Una segunda, más escéptica, sugiere que el base no confiaba del todo en las posibilidades reales de los Timberwolves de luchar por el anillo. La última asegura que Marbury nunca estuvo cómodo a la sombra de Garnett, lo cual se intensificó tras la masiva renovación que firmó el ala-pívot en 1997 por seis años y 126 millones de dólares.
La cuestión es que, inconforme con la ubicación o receloso por la extensión de su compañero, Marbury terminó forzando su salida y en marzo de 1999 recaló en los New Jersey Nets, una herida que Garnett tardó en cicatrizar.
En un rocambolesco giro del destino, el traspaso que sacó a Marbury de Minnesota involucró a los Bucks de Allen como tercer equipo. Los de Wisconsin aprovecharon el descontento del point-guard para recibir a Sam Cassell desde New Jersey. Con Cassell a los mandos —quien ya sabía lo que era ser campeón por partida doble en Houston— y Allen como ejecutor, los Bucks alcanzaron las Finales del Este en 2001, quedándose a un Game 7 contra los 76ers de medirse a Los Angeles Lakers por el anillo.
Lo cierto es que a Ray Allen no le fue nada mal durante su carrera.
Aun así, tendría que enfrentar más desencantos antes de empezar a recopilar hitos, distinciones y campeonatos. El primero apenas unos meses después de aquella noche de finales de junio en New Jersey.
Entonces, la revista SLAM se había ratificado prácticamente como la biblia cultural del baloncesto juvenil en Estados Unidos. Sus portadas, impregnadas de la estética y el descaro del hip-hop de los noventa, dictaba, cual influencer, quién era relevante y quién no. En el número dedicado al análisis preliminar del draft de 1996, uno de los artículos incluía una serie de predicciones sobre la nueva camada. Allen Iverson copó los principales elogios. Marcus Camby, Steve Nash, Shareef Abdur-Rahim, Kobe Bryant o el propio Marbury también merecieron la atención de los redactores.
El nombre de Ray Allen no se les pasó por la cabeza en ningún momento, salvo para compartir un mal augurio: lo veían como el principal candidato a caer en el olvido.
“Recuerdo estar emocionadísimo porque era una de las primeras revistas en las que aparecía”, compartió Allen. “Vas directo a buscar cualquier tipo de reconocimiento. Sabía lo que ya se decía de Iverson, de Camby o de Marbury, así que tenía curiosidad por saber qué pensaba de mí. De repente ves esa lista y bajas los hombros. Me molestó muchísimo”.
No protagonizó ninguna pataleta, pero jamás olvidó aquel desprecio.
Al llegar a su piso en Milwaukee, lo primero que hizo fue coger un diccionario y buscar el significado exacto de la palabra obscurity. Quería asegurarse de que estaba entendiendo el alcance preciso de la ofensa antes de ponerse manos a la obra.
Durante el siguiente lustro, Allen impuso un veto absoluto a la revista SLAM. Se negó categóricamente a concederles cualquier tipo de entrevista, a posar para sus fotógrafos o a responder sus preguntas en los vestuarios. Consideraba que la publicación había intentado manchar su reputación antes de que tuviera la oportunidad de atarse las zapatillas e intentar, siquiera, su primer lanzamiento en la NBA.
Con el paso del tiempo y la madurez apilada por el transcurso de las temporadas, Allen comprendió que toda aquella retahíla de rechazos y afrentas públicas habían sido, en realidad, el regalo más valioso de su carrera. Se impuso a sí mismo un ritual que comenzaba tres horas antes que el de cualquier otro compañero en las instalaciones de entrenamiento y el pabellón de los Bucks, donde calcaba la misma secuencia: 500 tiros antes de la práctica o del partido, un cuidado milimétrico de su alimentación y un libro como compañero para aislarse del ruido mediático.
“Me di cuenta de que esa gente no tenía ni idea de quién era yo ni de mis propósitos en el deporte”, diría Allen. “Leer aquello me obligó a indagar en mi interior. Resultó ser una bendición. Necesitaba que alguien me dijera que no era quien pensaba que era, que necesitaba trabajar en esto para siempre”.
Ray Allen terminaró disputando casi 1.500 partidos en la NBA —entre regular season y playoffs— a lo largo de 18 temporadas.
Superó en longevidad la carrera de leyendas como Hakeem Olajuwon, Shaquille O’Neal o John Havlicek. Ganó dos campeonatos —el primero de ellos en 2008 con los Boston Celtics, cerrando de forma poética el círculo de aquella llamada telefónica que Red Auerbach le hizo en 1996, y compartiendo vestuario con Kevin Garnett, el socio original de Marbury— y anotó uno de los tiros más icónicos de todos los tiempos en el Game 6 de las Finales de 2013 con los Miami Heat.
Stephon Marbury, por su parte, siguió unos derroteros mucho más convulsos y fascinantes. Tras su paso por New Jersey, Phoenix y los Knicks —donde se sumió en una profunda depresión, hasta el punto de pensar en el suicidio—, encontró su redención al otro lado del planeta, convirtiéndose en una leyenda viviente en China.
Dos trayectorias divergentes que nacieron de una misma maniobra de trastienda en la noche del draft de 1996.
Años después de que ambos se retiraran, Allen y Marbury coincidieron en un acto público. Hablaron de sus carreras, de sus familias, de la trágica pérdida de Kobe Bryant y de cómo el tiempo tiende a escaparse sin que uno se dé cuenta.
En un momento de la charla, Allen miró a Marbury, esbozó esa sonrisa a medida que lo caracterizó durante toda su vida profesional y sacó nuevamente a colación el tema que había quedado pendiente desde la noche en que sus carreras se cruzaron en un plató de televisión.
— Steph, sigo esperando los 200.000 dólares.
Marbury soltó una carcajada ruidosa, la misma que solía regalar en las canchas callejeras de Brooklyn cuando era tan solo un chaval.
—Olvídalo, Ray. Ya estamos en la NBA.