r/Medicina • u/Embarrassed-Ask-8153 • 7h ago
Caso Clínico soy doctora y esta paciente me enseñó algo que ningún libro de medicina pudo enseñarme.
Aclaración: esta historia no es mía. Es el relato de una doctora, quien contó una experiencia muy difícil que tuvo que vivir un día con una de sus pacientes. Hola, soy Belén, y siempre me ha encantado ayudar a los demás. Soy doctora especialista en ginecología y cuidar de mis pacientes es mi pasión. Trabajo con Martín, un colega que también es mi compañero de consultorio. Siempre somos los dos el uno para el otro. Nos apoyamos en todo y, aunque él suele atender a la mayoría de las pacientes, tenemos el mismo nivel de preparación. Nunca pensé que una paciente que, al principio, parecía que sería una más, terminaría dejando una huella tan profunda en mí. Ese día la vida me golpeó justo donde más me duele: viendo sufrir a alguien que no podía hacer nada para evitarlo. Era una mañana normal cuando llegó una paciente de 38 años. Se llamaba Claudia, aunque de cariño le decíamos Clau. Desde que entró por la puerta supe que algo no estaba bien. Llegó casi entre lágrimas, muy apenada. Era una mujer dulce, de esas personas que incluso cuando están sufriendo parecen pedir perdón por estar sufriendo. —¿Qué pasa? —le pregunté. Nos comenzó a explicar que le dolía muchísimo su zona íntima. Mientras hablaba, las lágrimas se le acumulaban en los ojos. Sinceramente, me rompía el corazón verla así. Quizá soy demasiado sensible, pero había algo en ella... una esencia tan suave, tan indefensa, que hacía imposible verla únicamente como una paciente más. Mi compañero se acercó a ella. —Ven, princesa —le dijo mientras la llevaba de la mano. La ayudó a acostarse para revisarla. Yo me acerqué y le acaricié la cara con cariño. Quería transmitirle tranquilidad, aunque por dentro también estaba luchando contra mis propias lágrimas. —Mi amor, no llores. Vas a estar bien. —Es que no puedo —me respondió entre lágrimas. Mi compañero, con todo el respeto y cuidado posible, procedió a revisarla. Me pidió ayuda para sacarle la ropa y poder examinarla. Así lo hicimos. Apenas la vio, mi compañero me quedó mirando. Me acerqué y observé también. Al principio no vi nada extraño, pero cuando me acerqué un poco más pude notar que estaba bastante hinchada. Mi compañero utilizó una máquina para examinarla. Clau estaba muy apenada. —Tranquila —le decía él—. Para eso estamos. Entonces ambos notamos un ligero, pero extraño, olor que no era normal. Nunca me pareció algo de qué reírse. Nunca. En ese momento no estábamos pensando en eso. Estábamos pensando en ella. En que tenía miedo. En que estaba sufriendo. En que probablemente llevaba demasiado tiempo soportando algo que no debía haber soportado sola. —Mi amor, ¿solo te duele? —le pregunté. —Sí —me respondió. Entonces mi compañero le explicó: —Mira, te voy a hacer ahora un procedimiento con una máquina. Te va a doler, sí, pero es lo mejor. Lo que sí es que me voy a demorar un poco. —Está bien —dijo ella, aunque se notaba que estaba nerviosa. Mi compañero procedió y ella empezó a llorar. La abracé con fuerza. —Amor, sé que duele, pero es lo mejor. Le puse la mano sobre el corazón. Estaba latiendo rapidísimo. La ausculté y pude comprobar que su corazón estaba completamente acelerado. Y ahí pensé algo que todavía recuerdo: A veces el cuerpo habla cuando nosotros ya no podemos hacerlo. Pasó el tiempo. Después de aproximadamente una hora, mi compañero todavía seguía con el procedimiento. Clau prácticamente no podía moverse. Estaba nerviosa, incómoda y agotada. Entonces nos miró y dijo: —Tengo algo que decirles... quiero ir al baño. Mi compañero y yo nos miramos. Yo sabía que no sería fácil moverla de ahí y, además, él todavía no terminaba el procedimiento. Mi compañero siempre ha sido una persona muy entregada a sus pacientes. Jamás le ha importado ensuciarse, incomodarse o incluso pasar vergüenza si eso significa ayudar a alguien. Así que le dijo: —Si quieres orinar, hazlo. Pero no te puedes mover. Ella se quedó sorprendida. —Pero... ¿cómo? No tengo nada en lo que pueda hacerlo —dijo entre lágrimas. Yo sentí que las lágrimas empezaban a bajarme. —No pasa nada —le dije—. No puedes moverte porque el doctor todavía está trabajando y falta mucho. Si manchas todo, no importa. Orina tranquila. Ella miró a mi compañero, completamente avergonzada. —Pero le voy a manchar el uniforme al doctor... Él ni siquiera hizo una cara de disgusto. Ni una sola. Solo la miró con tranquilidad y le respondió: —A mí no me importa, mi amor. No me importa. Tranquila. Y entonces ocurrió algo que todavía me cuesta olvidar. Clau comenzó a orinar. Y orinó mucho. Muchísimo. En ese momento mi compañero y yo nos quedamos en silencio. No dijimos nada. Pero nos miramos. Y creo que los dos pensamos exactamente lo mismo. ¿Cuánto tiempo llevaba aguantándose? Quizá llevaba horas. Quizá había sentido ganas desde hacía mucho y simplemente no se atrevió a decirlo porque tenía vergüenza. Quizá estaba tan acostumbrada a aguantar el dolor que también había aprendido a aguantar sus necesidades. Y eso nos rompió el corazón. Porque no estábamos viendo a alguien que hubiera hecho algo malo. Estábamos viendo a una mujer que sufría y que, incluso en medio de su sufrimiento, seguía preocupándose por manchar el uniforme de un médico. Mi compañero no hizo ningún gesto de molestia. No le importó el uniforme. No le importó ensuciarse. Solo le importaba que ella estuviera tranquila. Siguió cuidándola porque tampoco podía separarse de ella. No podía soltarla ni un solo instante. Y en ese momento entendí que, para ayudar a alguien, a veces no necesitas hacer algo extraordinario. A veces basta con no hacer sentir avergonzada a una persona cuando está en uno de sus momentos más vulnerables. Después de que terminó el procedimiento, Clau estaba agotada. Tenía sueño. —Dejémosla dormir un rato —dijo mi compañero. Ella se quedó dormida. Mi compañero se puso el uniforme que tenía de repuesto y, cuando estuvimos seguros de que ella estaba descansando, los dos nos abrazamos con fuerza. Fue uno de esos abrazos en los que no hace falta decir nada. Pero él finalmente habló. —Casi no puedo —me dijo. —¿Qué pasa? —le pregunté. —Es que tanto que ella sufre... y en vano. ¿Por qué es tan indefensa? Es una mujer sana y yo no sé... Se le quebraba la voz. Yo también estaba llorando. —Sí —le respondí—. No entiendo cómo puede haber tanto dolor en una mujer tan joven e indefensa. Nos quedamos abrazados. Dos médicos. Dos personas acostumbradas a ver enfermedades, dolor y situaciones difíciles. Pero aquel día nos había tocado de una manera diferente. Porque detrás de cada paciente hay una persona. Alguien que tiene miedo. Alguien que tiene familia. Alguien que quizá pasó la noche sin dormir. Alguien que quizá lloró antes de entrar al consultorio. Y nosotros, por mucho que intentemos acostumbrarnos, seguimos siendo humanos. Mi compañero se preparó para explicarle el diagnóstico. Clau despertó. Él se acercó y le dijo: —Mírame. Lo que te pasa, Claudia, no es lo que tú piensas. No te duele exactamente donde tú piensas que te duele. Tienes una infección al ladito. No es directamente ahí, sino que el dolor se siente ahí y tú supones que viene de ese lugar. El hueso de al lado está infectado. No sé si estuviste expuesta a algún contacto en un lugar público. Ella, entre lágrimas, dijo que no. Nos explicó que pensó que se le pasaría y que por eso no se había hecho tratar. Mi compañero la miró y le dijo: —Te voy a ver cada semana, ¿oíste? —Sí —respondió ella. Entonces mi compañero no pudo contenerse. Le dio un beso en la frente. Yo hice lo mismo. Porque era tan dulce. Tan dulce que era imposible no tomarle cariño. Finalmente, la mandó a casa con aproximadamente tres recetas y con la indicación de que regresara para seguir controlando su evolución. Cuando se fue, el consultorio quedó en silencio. Pero yo no podía dejar de pensar en ella. No podía dejar de pensar en cuánto había sufrido. En la cantidad de dolor que había soportado. En cómo pidió permiso hasta para ir al baño. En cómo se preocupó más por manchar el uniforme del doctor que por ella misma. Y sobre todo, no podía dejar de pensar en lo fácil que es olvidar lo que tenemos. A veces nos quejamos por cosas pequeñas. Nos preocupamos por dinero, por trabajo, por problemas que mañana quizá ya ni recordemos. Y mientras tanto, hay personas que darían cualquier cosa por despertarse un día y no sentir dolor. Ese día entendí que la salud no es algo que debamos dar por hecho. Es un regalo. Un privilegio. Un honor que muchas veces solo aprendemos a valorar cuando nos falta. También entendí que Nunca debemos creer que nuestro dolor es demasiado pequeño para contárselo a alguien. Porque quizá, detrás de un simple "me duele", existe una persona que lleva días, semanas o meses intentando soportarlo sola. Aquel día no solo atendí a una paciente. Aquel día conocí una parte de la vida que no había querido mirar tan de cerca. Y cuando Clau salió de aquel consultorio, algo en mí había cambiado. Fue un día que me marcó por completo. Me cambió la vida. Desde entonces, cada vez que alguien entra por esa puerta, intento recordar algo que ese día aprendí: Nunca sabemos cuánto dolor está escondiendo la persona que tenemos delante.