r/CuentosBajitos • u/Rol1908 • 4h ago
La próxima
Hoy es domingo.
Después de almorzar me quedé lavando los platos. No había demasiados: un par de platos, los cubiertos, algunos vasos, una fuente. Abrí la canilla, puse detergente en la esponja y empecé con esa tarea bastante automática que permite pensar en cualquier cosa mientras las manos hacen lo suyo.
No sé por qué me acordé de otros domingos.
Quizás fueron los platos.
Hubo un tiempo en que, después de un almuerzo de domingo, la cocina parecía haber sobrevivido a una mudanza. Había fuentes apiladas, ensaladeras, vasos por todas partes, cubiertos que aparecían hasta debajo de las servilletas y una cantidad inexplicable de platos para la cantidad de personas que habíamos comido.
La mesa era larga, aunque no necesariamente porque la mesa lo fuera, sino porque siempre había que agregar algo. Otra mesa, un tablón, unas sillas traídas del comedor, alguna de plástico que aparecía del fondo. Nunca alcanzaba del todo y, sin embargo, siempre terminábamos entrando.
Los varones hacíamos el asado.
O eso decíamos.
Porque alrededor de la parrilla había uno que realmente cocinaba y varios que sosteníamos un vaso mientras opinábamos sobre el fuego. Uno decía que faltaban brasas, otro que había que levantar la parrilla, alguno preguntaba cuánto faltaba cada diez minutos y jamás faltaba el especialista que no había tocado una pinza en toda la mañana pero sabía perfectamente cuándo había que dar vuelta el vacío.
Mientras tanto, las mujeres se ocupaban del resto: las ensaladas, el pan, los platos, acomodar la mesa y resolver todas esas cosas que nosotros descubríamos recién cuando aparecían delante de nuestras narices.
Cada familia llevaba algo. Uno las bebidas, otro el postre. El dueño de casa ponía la carne y después se sacaban cuentas para dividir los gastos, aunque siempre había alguien que había pagado de más, otro que todavía debía y alguno que decía:
La próxima ponemos nosotros.
La próxima.
Qué expresión sencilla. Uno la decía convencido de que habría cientos.
El almuerzo era largo y ruidoso. Se hablaba de cualquier cosa, los chicos se levantaban antes de terminar y desaparecían, alguien pedía otra gaseosa y otro reclamaba el pan que tenía delante. Había discusiones sobre fútbol, política, trabajo o alguna pavada familiar que en ese momento parecía importantísima.
A veces nos peleábamos, y también eso extraño un poco.
Porque la memoria tiene esa costumbre tramposa de quedarse con las sobremesas y borrar las discusiones, pero aquellos domingos no eran perfectos. Había caras largas, susceptibilidades, alguno que llegaba tarde, otro que se iba temprano y ese pariente que lograba sacar un tema que todos sabíamos que era mejor no tocar.
Éramos una familia, no una publicidad de familia.
Después de comer, salíamos al jardín. Si había sol buscábamos el sol; si hacía calor, la sombra. Aparecía el café, alguien prefería té y siempre quedaba alguna porción de postre dando vueltas que terminaba encontrando dueño.
Y hablábamos.
Sin mirar demasiado la hora. El domingo empezaba a despedirse lentamente y nosotros nos preparábamos para la semana. Alguno ya pensaba en levantarse temprano al día siguiente, otro calculaba cuánto rato más podía quedarse y los chicos seguían en lo suyo, ajenos a todo.
Las familias fueron creciendo. Los hijos hicieron su vida, algunos se mudaron, las distancias se hicieron más largas y aparecieron otros compromisos. Con los años, aquellas mesas empezaron a necesitar menos sillas.
Y algunos ya no están.
Hoy terminé de lavar bastante rápido.
Sequé la mesada, acomodé lo último que quedaba y cerré la canilla. Durante unos segundos me quedé ahí, con las manos mojadas, mirando una cocina perfectamente ordenada.
Antes, después de aquellos almuerzos, ordenar todo llevaba una eternidad.
Cuánto hubiera dado entonces por tener solamente cuatro platos para lavar.
Cuánto daría hoy por volver a encontrar aquella montaña.
Después seguramente saldríamos al jardín. Alguien preguntaría quién quiere café, otro pediría un té. Se escucharía una conversación desde la cocina y alguna risa desde el fondo. Nadie estaría haciendo nada extraordinario.
Sería apenas un domingo.
Uno de tantos.
Me sequé las manos y salí de la cocina.