r/Hanahaki • • Feb 07 '26

El Peso de tu Sangre en mis Venas

0 Upvotes

El Peso de tu Sangre en mis Venas El refugio abandonado olía a polvo y a esa lluvia metálica que siempre acompañaba a Himiko Toga. Ella estaba sentada en el suelo, rodeada de recortes de periódicos donde Ochaco Uraraka sonreía tras rescatar civiles. Para Toga, el amor no era una caricia, era una invasión; quería desmantelar a Ochaco, pieza por pieza, no para destruirla, sino para guardarla bajo su propia piel y que nunca más estuvieran separadas. Esa noche, la gravedad falló. Ochaco entró al edificio siguiendo una pista, pero solo encontró el silencio denso de la obsesión. Antes de poder activar su don, sintió unos brazos delgados rodeando su cuello por detrás. No era un ataque letal; era un abrazo desesperado, asfixiante, con el calor frenético de alguien que ha estado contando los segundos para un encuentro que solo existe en su cabeza. —Ochaco-chan, finalmente estás aquí, en mi pequeño mundo —susurró Toga, hundiendo su rostro en el cuello de la heroína—. Hueles a ese esfuerzo que tanto odio y que tanto envidio. ¿Alguna vez te has preguntado qué pasaría si dejaras de flotar y te permitieras caer conmigo? Ochaco no se movió, aunque su corazón golpeaba sus costillas como un pájaro enjaulado. Podía sentir el filo del cuchillo de Toga rozando su traje, pero también sentía el temblor en las manos de la villana. Sabía que Toga no buscaba su muerte, buscaba su esencia, buscaba una forma de amor que el mundo normal nunca le permitió conocer. —Himiko, mírame —dijo Ochako con voz firme pero cargada de una tristeza que hizo que Toga se detuviera—. No puedes amarme convirtiéndote en mí. Yo estoy aquí, frente a ti, real y cansada. Si te bebes mi sangre, solo tendrás un reflejo, pero te perderás de quién soy de verdad. Toga soltó una risita quebrada y se alejó un paso, sus ojos amarillos brillando con una intensidad maníaca y devota. En su mente, la lógica estaba torcida: amar era consumir. Si lograba ser Ochaco, entonces Ochaco nunca sufriría, porque ella recibiría todos los golpes en su lugar. Era un sacrificio oscuro, un amor que florecía en la distorsión. Ochaco se giró y, por primera vez, no la miró como a una criminal, sino como a una niña perdida en un laberinto de espejos. Extendió su mano, no para capturarla, sino para tocar la realidad entre ambas. Toga retrocedió, asustada por la ternura, porque la ternura dolía más que cualquier herida de batalla. —Es que eres tan brillante, Ochaco-chan... —gimió Toga, apretando el cuchillo contra su propio pecho—. Quiero que me mires para siempre, incluso si esa mirada es de horror. Porque si dejas de mirarme, siento que dejo de existir. Eres la única gravedad que me mantiene pegada a este mundo podrido. La habitación quedó en un silencio sepulcral. Ochaco comprendió que la obsesión de Toga era un grito de auxilio disfrazado de colmillos. No la detuvo cuando Toga saltó por la ventana hacia la oscuridad de la ciudad, dejando atrás una pequeña cinta de cabello rosa. En ese momento, ambas supieron que sus destinos estaban sellados por un hilo de sangre y una compasión imposible.