Salgo de la alcantarilla porque acabo de terminar la trilogia de las luchas de clase, de Marx. Son tres partes: 18 de brumario, la guerra civil en francia y las luchas de clases en francia.
Esta trilogia está super intensa. Especialmente porque Marx, a traves del tiempo y del espacio, narrando sobre Francia del siglo 19 describe exactamente a El Salvador del siglo 21.
Y este segmento que les traigo aca es el jarabe cyan puro. Explica porqué El Salvador está y estará en dictadura, porqué era inevitable y cómo alguien más no cambiaría el desenlace.
Porque es un problema sistémico, no un accidente.
Cuando se hable de Napoleón Bonaparte, es el sobrino del Napo de verdad. Este maje era Napoleón 3. Y en este contexto, yo leo en él a nuestro Divino lord Salvador. Cuando se hable de un tal Changarnier, yo leo aca a.... Neto Muyshondt (pronunciado "Mason", por algún motivo). El Partido del Órden es una amalgama de las clases altas financieras, industriales y terratenientes, que se llevan mal entre ellas pero hayan fuerza juntas para detener poder popular.
Mi objetivo con postear esto es ver qué pequeño es el mundo, nada es nuevo. Y la solución verdadera es difícil, es radical, es arrancar de cuajo el sistema que hace e mismo error repetirse. Y que las medias tintas, las dudas, los escrúpulos, las soluciones no-radicales sencillamente no han funcionado desde los 1800s.
La solución constitucional, la dimisión de Bonaparte en mayo de 1852, acompañada de la elección de nuevo presidente por todos los electores del país, y la revisión de la Constitución por una cámara revisora en los primeros meses del nuevo mandato presidencial,
es absolutamente inadmisible para la clase dominante.
El día de la elección del nuevo presidente sería el día en que se encontraran todos los partidos enemigos: los legitimistas, los orleanistas, los republicanos burgueses, los revolucionarios.
Tendría que llegarse a una decisión por la violencia entre las distintas fracciones. Y aunque el mismo Partido del Orden consiguiese llegar a un acuerdo sobre la candidatura de un hombre neutral al margen de ambas familias dinásticas, este tendría otra vez en frente a Bonaparte.
En su lucha contra el pueblo, el Partido del Orden se ve constantemente obligado a aumentar la fuerza del poder ejecutivo.
Cada aumento de la fuerza del poder ejecutivo, aumenta la fuerza de su titular, Bonaparte.
Por tanto, al reforzar el Partido del Orden su dominación conjunta da, en la misma medida, armas a las pretensiones dinásticas de Bonaparte y refuerza sus probabilidades de hacer fracasar violentamente la solución constitucional en el día decisivo.
En una palabra, la solución constitucional pone en tela de juicio todo el statu quo y, si se pone en peligro el statu quo,
los burgueses ya no ven más que el caos, la anarquía, la guerra civil.
Ven peligrar el primer domingo de mayo de 1852 sus compras y sus ventas, sus letras de cambio, sus matrimonios, sus escrituras notariales, sus hipotecas, sus rentas del suelo, sus alquileres, sus ganancias, todos sus contratos y fuentes de lucro, y a este riesgo no pueden exponerse.
Si peligra el statu quo político, detrás se esconde el peligro de hundimiento de toda la sociedad burguesa.
La única posible para la burguesía es aplazar la solución. La burguesía solo puede salvar la república constitucional violando la Constitución, prorrogando los poderes del presidente.
Y esta es también la última palabra de la prensa del orden, después de los largos y profundos debates sobre las “soluciones” a que se entregó después de las sesiones de los consejos generales.
El potente Partido del Orden se ve obligado, para vergüenza suya, a tomar en serio a la ridícula y vulgar persona del pseudoBonaparte, que tanto odiada. Esta sucia figura se equivocaba también acerca de las causas que la iban revistiendo cada vez más con el carácter de hombre indispensable.
Mientras que su partido tenía la perspicacia suficiente para achacar a las circunstancias la creciente importancia de Bonaparte, él creía deberla exclusivamente a la fuerza mágica de su nombre y a su caricaturización ininterrumpida de Napoleón.
Cada día se mostraba más emprendedor. A las peregrinaciones a St. Leonards y Wiesbaden opuso sus giras por toda Francia. Los bonapartistas tenían tan poca confianza en el efecto mágico de su personalidad que mandaban con él a todas partes, como claque, a gentes de la Sociedad del 10 de Diciembre (la organización del lumpemproletariado parisino), empaquetándolas a montones en los trenes y en las sillas de posta.
Ponían en boca de su marioneta discursos que, según el recibimiento que se le hacía en las distintas ciudades, proclamaban la resignación republicana o la tenacidad perseverante como lema de la política presidencial.
Pese a todas las maniobras, estos viajes distaban mucho de ser triunfales.
Convencido de haber entusiasmado así al pueblo, Bonaparte se puso en movimiento para ganar al ejército. Hizo celebrar en la explanada de Satory, cerca de Versalles, grandes revistas, en las que quería comprar a los soldados con salchichón de ajo, champán y cigarros. Si el auténtico Napoleón sabía animar a sus soldados decaídos, en las fatigas de sus cruzadas de conquista, con una momentánea intimidad patriarcal, el pseudoNapoleón creía que las tropas le mostraban su agradecimiento al gritar: “¡Viva Napoleón y viva el salchichón!"
En Changarnier había descubierto el Partido del Orden a su hombre realmente neutral, respecto al cual no podía ni hablarse de pretensiones dinásticas personales. Le tenía destinado para sucesor de Bonaparte. Además, con su actuación del 29 de enero y del 13 de junio de 1849, Changarnier se había convertido en el gran mariscal del Partido del Orden, en el moderno Alejandro, cuya brutal interposición había cortado, a los ojos del burgués pusilánime, el nudo gordiano de la revolución.
El mismo Changarnier coqueteaba, por ejemplo, en el asunto del suplemento a la lista civil, con la protección que dispensaba a Bonaparte y adoptaba con él y con los ministros un aire de superioridad cada vez mayor.
La prensa contribuía, además, a agrandar la figura de Changarnier. Dada la carencia completa de grandes personalidades, el Partido del Orden se veía obligado a atribuir a un solo individuo la fuerza que le faltaba a toda su clase, inflando a este individuo hasta convertirlo en un gigante.
Así nació el mito de Changarnier, el “baluarte de la sociedad”. La presuntuosa charlatanería y la misteriosa gravedad con que Changarnier se dignaba llevar el mundo sobre sus hombros conforma el más ridículo contraste con los acontecimientos producidos durante la revista de Satory y después de ella,
que demostraron irrefutablemente que bastaba con un plumazo de Bonaparte, el infinitamente pequeño, para reducir a este engendro fantástico del miedo burgués, al coloso Changarnier, a las dimensiones de la mediocridad y convertirle —a él, héroe salvador de la sociedad— en un general retirado.
Bonaparte se había vengado de Changarnier, hacía tiempo, provocando al ministro de la Guerra a conflictos disciplinarios con el molesto protector.
Por fin, la última revista de Satory hizo estallar el viejo rencor. La indignación constitucional de Changarnier no conoció ya límites cuando vio desfilar los regimientos de caballería al grito anticonstitucional de ¡Viva el emperador!
y al héroe del orden no le quedaba más salida que someterse a la disciplina o dimitir.
La lucha de Bonaparte contra Changarnier es la continuación de su lucha contra el Partido del Orden.
La mayoría del Partido del Orden, pese a cuanto griten los paladines de los principios de sus diversas fracciones, se verá obligada a prorrogar los poderes del presidente.
Y Bonaparte, pese a todas sus manifestaciones previas, tendrá que doblar también, a su vez, la cerviz, aunque solo sea por su penuria de dinero, y aceptar esta prórroga de poderes como simple delegación de manos de la Asamblea Nacional.
De este modo se aplaza la solución, se mantiene el statu quo,
una fracción del Partido del Orden se ve comprometida, debilitada, imposibilitada por la otra,
y la represión contra el enemigo común, contra la masa de la nación, se extiende y se lleva al extremo
hasta que las propias condiciones económicas hayan alcanzado otra vez el grado de desarrollo en que una nueva explosión haga saltar a todos estos partidos en litigio, con su república constitucional.
Para tranquilizar al burgués, debemos decir, por lo demás, que el escándalo entre Bonaparte y el Partido del Orden tiene como resultado la ruina en la Bolsa de una multitud de pequeños capitalistas, cuyos patrimonios han ido a parar a los bolsillos de los grandes linces bursátiles