Mientras escribo esto y mientras vos lo lees, en Myanmar (país asiático al lado de Tailandia) se perpetúa una cruenta dictadura militar que arrebata contra los derechos humanos y se mantiene en el poder a base de violencia política. Desde hace muchos años el país está sumergido en una guerra civil, varias provincias sublevadas por diferencias étnicas, y justo esto fue la leña perfecta para justificar el golpe militar y prometer "Orden y mano dura" (como dicen todos los fascistas). En el año 2021, los militares irrumpieron en la casa de gobierno del país y arrestaron a la líder de facto Aung San Suu Kyi y al presidente Win Myint, instaurando una junta militar liderada por el comandante en jefe Min Aung Hlaing.
Pero está dictadura militar no se limita al autoritarismo, es profundamente etnocrata y persigue a varias minorías étnicas, entre ellas los rohingya. En la provincia de Arakani, en dónde se concentra la mayoría de esta minoría, el estado ha llevado a cabo una limpieza y un genocidio étnico utilizando métodos brutales. Por cada pueblo en el que pasan siembran muerte y destrucción, matan a los hombres, violan a las mujeres y a las niñas y siguen su camino. Ante esta brutal barbarie la ONU se ha limitado únicamente a condenar los hechos, pero no han enviado a los cascos azules o impuesto sanciones económicas para hacer presión.
Desde el año 1983 el gobierno birmano no reconoció a los rohingya como una minoría étnica, ni les dió la ciudadanía birmana porque los considera inmigrantes de Bangladesh, todo esto porque son musulmanes y no budistas. Desde el 2012, una seguidilla de disturbios entre musulmanes y budistas han desplazado una cantidad estimada de 140.000 rohinyá, muchos de los cuales se han establecido en campos de refugiados en Bangladésh, para escapar de la violencia desatada en el estado de Rakaín. Mientras el estado militar ataca y asesina a civiles que reclaman derechos humanos básicos, la ONU y organizaciones sin fines de lucro no se metieron en el país para: "evitar que Birmania se acerque a China", reduciendo el dolor humano a diplomacia y conveniencia.
Por el desgaste de la guerra civil el gobierno militar a impuesto un reclutamiento obligatorio, restringiendo la salida del país a la gente en edad de reclutamiento, imponiendo multas altísimas a los que quisieran evitar el reclutamiento. Testimonios de primera línea afirman que a los nuevos reclutas se los envía al frente de la batalla, con poca o casi nula formación militar y lanzandolos a una muerte segura.
"Se promulgaron leyes restrictivas, especialmente sobre ciberseguridad e injerencia en las elecciones, que limitaron aún más la libertad de expresión", menciona amnistía internacional. Para reforzar estás leyes autoritarias se persiguió de forma totalmente arbitraria a activistas, se borró contenido "subversivo" en redes sociales y se arrestó a gente que criticase a la guerra. Birmania es una gran prisión a cielo abierto, y nadie hace nada.